Etiquetas

, ,

Miguel Aponte

¿Hay comparecencia segura entre lo que aparece y los juicios? Antes del escepticismo la filosofía había ya transitado por doscientos años este problema; y los filósofos más importantes habían detectado la precariedad de esta relación. Entonces, ¿qué es lo que se funda con Pirrón en el año 365 a.C.? Pues podemos decir que con el Pirronismo o Escepticismo se admite la inaprehensabilidad del mundo por la sensación, el intelecto y el lenguaje, buscando sus consecuencias últimas. Esta postura “ontológica” de los escépticos va de la mano de otra perspectiva muy griega: todo es convención, doxa, opinión. Las consecuencias de esta doble posición son enormes.

Los Epicúreos y los Estoicos habían argumentado que sí era posible un conocimiento objetivo del mundo: el “preconcepto” y la “impresión cognoscitiva”, respectivamente, hacían según ellos al hombre capaz de alcanzar afirmaciones verdaderas. Los filósofos de la Academia y los peripatéticos habían promovido tanto un movimiento a favor del conocimiento objetivo como otro escéptico con el cual, por cierto, no se sintieron sucesores de Pirrón, sino de los propios Sócrates y Platón.

Los escépticos postularon que, si se investiga o especula suficientemente cualquier afirmación, si se lleva a cabo la “skepsis”, encontraremos que es imposible afirmar nada debido a que consigo lo que se me aparece pero no eso que se me aparece. Decretaron que afirmar cualquier cosa es error y que para evitar ese error era preciso, primero: suspender el juicio; y, segundo, como consecuencia, liberarnos de la inquietud que supone creer que se tiene la verdad del mundo cuando, en verdad, ésta es inaprehensible.

Para los escépticos el fin de la filosofía es servir al hombre para alcanzar el estado de imperturbabilidad o no ansiedad, o no inquietud. Usaron la filosofía y la teoría del conocimiento con fines éticos y para promover la felicidad humana, así entendida, por cierto, buscando la misma meta epicúrea y estoica. Sintetizaron esta postura en la confección de tres preguntas: a) ¿Cómo son realmente las cosas? O ¿Cómo son las cosas por naturaleza?; b) ¿Qué actitud debemos adoptar frente a ellas? O ¿Qué actitud debemos tomar hacia ellas?; y, c) ¿Cuál será la consecuencia de tal actitud? O ¿Qué ventaja sacaría quien así está dispuesto? Evaluemos estas tres preguntas y su alcance.

¿Cómo son las cosas por naturaleza?

La primera pregunta es la cuestión epistemológica y por el conocimiento, es ontológica, fundamental de la filosofía heredada que podemos resumir en la expresión “x es y”. Al añadir la frase “por naturaleza” se va más allá del uso subjetivo y no técnico y en realidad se pregunta si esta naturaleza es “aprehensible”. Esta pregunta muestra el linaje filosófico de los escépticos y es una postura que va a la “skepsis” -la investigación y la indagación- y que trabaja el objeto. Ahora bien, como para el escéptico esta pregunta esconde su propia respuesta, esto es, que la naturaleza de la cosa no es aprehensible, se deriva para él la segunda pregunta.

¿Qué actitud debemos tomar hacia ellas?

Es una pregunta híbrida entre la ontología y la actitud ética, porque es claro que, si la respuesta a la primera pregunta fuese que sí es posible captar las cosas por naturaleza, este resultado fáctico desata un correspondiente programa de investigación. Pero, de no serlo, ¿entonces? ¿Qué actitud tomar hacia un mundo cuyas cosas no captamos? Una postura factible es sin duda el abandono de todo programa de investigación, pues, ¿para qué intentar conocer si no es posible conocer? Los escépticos, sin embargo, no es esto lo que hacen. Si admitimos la posición ontológica escéptica -la realidad no es aprehensible- y a la vez nos negamos al abandono, entonces, ¿qué?

¿Qué ventaja sacaría quien así está dispuesto?

Las mayores consecuencias se encuentran en esta tercera pregunta. Todo lo relativo a la posibilidad de liberar al ser humano de la ansiedad y permitir un programa ético se deriva de aquí. Si no puedo conocer por naturaleza, no debo entonces dejarme perturbar por eso. Se trata de una actitud, con desprendimientos éticos. No afirmo nada y me libero de ansiedad.

La posición, además de la consecuencia ética, encuadra con una psicología y con una teología. Tanto la actitud escéptica como la consecuencia teológica son fundamentales. La primera es un despliegue subjetivo que puede estar o no; la segunda es la admisión de que tampoco hay conexión ontológica entre los dioses y los hombres, de que los dioses no están ahí para ocuparse de nosotros.

El escepticismo da para mucho más, porque como quiera que su posición abarca a todo ser vivo, entonces, la consecuencia directa es que existirán tantos mundos como seres vivos, mundos subjetivos, mundos de cada para-sí. Ahora bien, si todos estos seres vivos, incluyendo al ser humano, logran vivir en este mundo sin negarlo y a la vez sin aprehenderlo por naturaleza con sus propias herramientas, esto sólo  puede ser posible porque el mundo mismo no tiene un sentido; el mundo es capaz de admitir los distintos sentidos que los diferentes seres vivos le asignan y la medida de esto es su continua más o menos exitosa reproducción.

El conocimiento no es descubrimiento, no es aprehensión, entonces, ¿qué es? Una posibilidad es que sea creación, invención, imaginación en acción. ¿Cuánto de lo que ponemos en el mundo está realmente allí y cuánto lo pone esta imaginación radical? Seguramente no tenemos la respuesta, pero lo más importante sería admitir la imaginación no como reproducción de un mundo incaptable sino como la disposición de nuevas determinaciones sobre ese mundo: creaciones en sentido radical.

Anuncios