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Vayamos al aspecto más estrictamente lógico, ontológico, de la necesidad de surgimiento del “sujeto” como realidad psíquica, como condición de posibilidad previa para que solo posteriormente pudiera surgir algo como la religión y su hermana de cuna, la filosofía, ambas por cierto envueltas en poesía.

Miguel Aponte

La filosofía se inicia en Grecia como el ejercicio de indagación de una reflexión que se reflexiona a sí misma: pensamiento que se piensa y que lo hace en forma incesante e indetenible. No acepta la orden de detenerse.  Como tal creación no es “saber” como producto terminado. Se trata más bien un ejercicio de alteridad permanente. No es amor por lo que se sabe sino por el ejercicio mismo del saber. Tal proyecto no emergerá en forma solitaria ni aislada, presupone condiciones que comienzan con la religión y la poesía y aún más. Veamos.

Luis Mariano González The slit Vía 500px

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En sus orígenes, tanto religión como filosofía requirieron la emergencia previa del pensamiento; pero he aquí que esta habría sido imposible, a su vez, sin un “yo”, “sujeto”, capaz de “volcar sobre sí su capacidad cognoscitiva” (Deniz, 2013:39). Que en sus comienzos esta capacidad no hubiera registrado una definición precisa del asunto, es irrelevante: la cosa existe antes de hacerlo su voz lingüística, es decir, antes de que surgieran las primeras expresiones -comprensión crítica, conocimiento íntimo- de este campo semántico. Los aspectos lingüísticos del problema primigenio y nuclear de la aparición del sujeto como noción y sus testimonios como término preciso de “consciencia” se rastrean desde Eurípides con Orestes; Aristóteles y su Ética a Nicómaco; Hiérocles, con Los elementos moralia, como puede verse en el estudio de la referencia (Deniz, 2013:39).

Vayamos al aspecto más estrictamente lógico, ontológico, de la necesidad de surgimiento del “sujeto” como realidad psíquica, como condición de posibilidad previa para que solo posteriormente pudiera surgir algo como la religión y su hermana de cuna, la filosofía, ambas por cierto envueltas en poesía. El asunto conduce a que la pregunta, ¿cómo surge el pensamiento?, quede sometida a la pregunta previa, ¿cómo surge ese “yo” que realiza la pregunta por el pensamiento? Esta consideración es el punto de partida de la reflexión que se plantea. La concatenación silogística es: surge el sujeto, surge el pensamiento, surge en forma hermanada la pareja religión-filosofía. El desprendimiento posterior de todo esto es inherente a la historia y fundamento de lo que conocemos hoy como Occidente: el legado combinado de filosofía, política y democracia, con su asiento “natural”, la polis, es decir, la ciudad; y su protagonista: el ciudadano.

¿Qué hubo antes de la emergencia del sujeto? Nuestra hipótesis de base es que sin sujeto no hay vida humana. Por tanto, identificamos esta etapa prehumana con el estado animal, si se quiere protohumana: modo de vida de un ser vivo, clausurado sobre sí mismo, razonante e incluso imaginante, pero en el cual la conexión unívoca entre pulsión y representación no se ha fracturado, para dar lugar a la capacidad imaginante característica del ser humano. Es esta la importancia que encontramos en la reflexión acerca de la emergencia del sujeto como tal, no tanto por encontrar el inicio histórico del pensamiento como por constatar aquellas condiciones que lo hicieron posible.

Ahora bien, esas condiciones requirieron de la reflexividad, que es más que mera capacidad de representación, aunque todavía no es consciencia plena, no es volcarse sobre sí, sino sobre los pares (Deniz, 2013:45) y, añadimos, al mundo. Con el sujeto, es decir, con la reflexividad, nacerá pues la consciencia y con este entendimiento la responsabilidad moral. Según Teofrasto, Alcmeón entendía ya que el hombre comparte la capacidad de percibir con los animales, esto es, “paridad epistemológica”, capacidad de copercibirse, ser sensible de sí. Pero he aquí que el ser humano se distingue, primero, porque es capaz de “consciencia crítica”: aquí yace la triple emergencia: copercibirse, comprensión crítica, consciencia.

Cuando el hombre capta aquellas partes del mundo que “no ofrecen certidumbres y exigen deliberación” encuentra también, eventualmente, la comprensión crítica o capacidad o facultad crítica y la consciencia: aquello que lo coloca ante la disyuntiva de “qué es necesario hacer o no hacer”: nace entonces el conflicto moral y con éste de plena manera el ser humano y sus creaciones. Los animales se perciben a sí mismos; que el ser humano entienda esto lo coloca como capaz de comprensión crítica; y al volcarse hacia sí mismo hace nacer el imperativo moral (Deniz, 2013:51). El silogismo es: ser testigo, ser consciente y tener consciencia de sí.

Entonces, a partir de este momento emerge la “reflexividad”, como “punto focal de coordinación” de esa “cosa nueva”, no garantizada, sólo factible, que es el sujeto reflexionante. No es un animal apenas capaz de copercibirse. Es más. El tercer desprendimiento sería el nacimiento de una comunidad de pares y con ella la idea de lo público, el espacio público y la noción de ciudadano: ha nacido la política. El camino está pues de esta manera abierto para que surgiera la religión y su hermana de sangre: la filosofía; y, con el tiempo, si antes no se destruye o anula a sí mismo, la posibilidad de autonomía.

Bibliografía:

Aristóteles, Metafísica

Castoriadis, Cornelius (2006), Lo que hace a Grecia, FCE, Buenos Aires

Deyviz Denis, Con-saber-se y co-percibir-se: voces y construcciones lingüístico-semánticas en la génesis, articulación y tematización del problema de la conciencia en la antigüedad, Revista del Instituto de Filosofía N° 33, junio 1973, Caracas, Venezuela

Hans-Georg Gadamer, El inicio de la filosofía occidental, Paidós, 1995, Buenos Aires

Jean-Pierre Vernant, Los orígenes del pensamiento griego, Paidós, 1992, Barcelona, España

Olof Gigon, Los orígenes de la filosofía griega, Gredos.

 

 

 

 

 

 

 

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