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Miguel Aponte

Entre vosotros y yo, ¿quién lleva la mejor parte?, Sócrates

Con esta frase termina Sócrates su famosa defensa cuando ya conoce el resultado del juicio: tendrá que morir. En realidad, fue una decisión suya, completamente libre, pausada, razonada y, si hemos de creer el relato de Platón, feliz. Antes, en plena defensa, había dejado claro todo aquello que hizo de él posiblemente el más grande personaje de la antigüedad clásica griega y, posiblemente, de la historia: vivió para la sabiduría, la belleza y la justicia. Sócrates decide morir para conservar de sí la imagen que prevalecerá cuando ya no esté. Muere, pues, por algo que no es para él, sino para los que quedan y los que vendrán. A la vez todo es muy paradójico, porque esa sabiduría para él mismo “no es nada”. Tampoco la belleza y la justicia. Vive por y para ellas y, a la vez, nada son y nada valen. O nada valen, sin la verdad. Ahora bien, ¿cuál es esa verdad? Pues Sócrates no sabe ni sabrá jamás. Tampoco sus contemporáneos, tampoco tú, que lees esta nota, tampoco yo. Así pues, la verdadera sabiduría es saber que nada sabemos.

Bayo Liar

Bayo Liar

¿Cuál es el semblante biográfico-filosófico de un hombre así? ¿Cómo interpretar e intentar comprender este talante? “No lo sabemos”, parece ser la respuesta más apropiada; y no lo sabremos. ¿En qué territorio está un conocimiento que sólo puedo aprehender reconociendo que no lo tengo? Algo que no se puede definir nos está exigiendo comprensión y a la vez esa comprensión exige renuncia. Eso es lo que nos propone –tal como entendemos— Sócrates. Estamos frente a una doble dificultad: entender lo que plantea e intentar un semblante de ese ser humano. Doble dificultad doblemente imposible. Pues, ¿cómo definir a un hombre cuya esencia es proclamar que aquello que importa y por lo cual muere, no se sabe o es no saber? Dos veces imposible.

La vida y la muerte de Sócrates, incluido su juicio, está toda en el territorio de la tragedia. La única salida habría sido ser declarado inocente lo que habría validado completamente su autodefensa: él es el hombre más valioso e importante de la Polis. A la vez, postula que nada sabe, nada vale, ni él ni sus semejantes y, por tanto, tampoco la Polis que lo habría salvado. Pero, si nada vale, nada tiene sentido. En consecuencia, ¿cómo mantener las investiduras? Pues ocurre que ninguna sociedad y mucho menos la ciudad democrática puede vivir aceptando que todas las doxas son falsas, que todos los doxai son inútiles. ¿Va a vivir acaso la ciudad hundida en la aceptación de que es una realidad incoherente? Imposible. Así pues, el tribunal que lo juzga tiene razón. Ahora bien, Sócrates también tiene razón. No hay certezas y la sabiduría consiste en saber que no sabes, ¿entonces?

Ocurre que, aun sabiendo que no sabes, en la polis democrática estás obligado a dar la doxa y vivir de acuerdo a ella, a defenderla. Una sociedad no puede ir más allá. Sólo la sociedad democrática puede llegar hasta aquí, pero no más. La Polis democrática se abre así hacia su propia alteridad, pero ¿cómo aceptaría su propia disolución en la incoherencia? La libertad de morir es como la libertad de estar loco; que, si usa, todo pierde sentido. No es por tanto verdadera libertad. Por eso la libertad también es un asunto trágico. La tengo y no es nada, pero tengo que quererla, aunque no sea nada. Este es el punto. El problema es que Sócrates demuestra constantemente que todo el mundo se equivoca y no sabe nada; y hasta aquí está bien. Pero, ¿qué hacer? Sócrates no sólo no lo dice, sino que ridiculiza y desinviste de sentido a todo y a todos y, además, todo el tiempo. Y es esto lo que no puede admitir la polis.

La ciudad no puede aceptar que no haya ningún sentido válido y esto, aunque ninguno sea verdadero. Por eso acusa a Sócrates. A la vez, Sócrates no puede aceptar que se le libere de su culpa haciéndolo ceder, pues ya no sería dueño de la imagen que tiene de sí. ¿Por qué tiene sentido morir por una imagen de sí que no es nada? ¿Hay una incoherencia nuclear en la postura del filósofo? ¿Como si le faltara lógica, humor o ironía? No. El hombre que reseña Platón abunda en humor y buen carácter. Su evaluación de la muerte no puede ser más irónica a la vez que lógicamente implacable. No podemos acusarlo de falta de lógica, falta de ironía o incomprensión.

Sin embargo, parece que para darle la razón a Sócrates debemos afirmar que se equivoca. Tampoco parece que pudiéramos negar las razones de la polis: se trata de reconocer la ironía de que, aunque nada valga, es preciso hacerlo valer. ¿Quién lo hará valer? Pues el ciudadano y su Polis. Dos artefactos que, nadie lo dude, no valen nada. Para que sea trágica la situación requiere que ambas partes tengan razón y a la vez estén equivocadas. No puede ser un acontecimiento maniqueo entre buenos y malos.

La operación parece no tener salida. Ambos tienen razón, ambos se equivocan. Fue Pindaro –si no recordamos mal—quien dijo: “vive como mortal, vive como si fueras inmortal”. Siempre nos ha parecido que la salida de Pindaro es la que necesitaba la Polis. Así, parece que nunca sabremos quién llevó la mejor parte y quizá no sea esto lo importante, sino cómo hacer para aprender del evento trágico, para no perder la captación trágica del mundo.

 

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