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“Desde Empédocles se sabía que “para hablar, los hombres de una comunidad no pueden utilizar cualquier palabra ni inventarse un vocabulario personal: hay palabras que se imponen, y el lenguaje es una ley (…)

A mediados del siglo v (…) va a tomar toda su amplitud la famosa pregunta: ¿el lenguaje es physei, por naturaleza, o thesei, por posición, nomo, por ley o institución-convención (Guthrie). Su maduración, ciertamente, debió comenzar mucho antes de Arquelao y de los textos hipocráticos.

Las Tres Gracias, Rafael Sanzio (1483-1520)

Las Tres Gracias, Rafael Sanzio (1483-1520)

(…) la crítica del lenguaje debía desembocar forzosamente en el problema de (la convencionalidad del lenguaje) y de su naturalidad. Cuando un filósofo decía: se da tal nombre a tal cosa, aunque, de verdad, no habría que llamarla así, la implicación era que hay un nombre verdadero para cada cosa, por lo tanto, (se suponía) una correspondencia natural.  Pero al menos desde el siglo viii, los griegos viajaban, y sabían muy bien que otros pueblos llamaban, digamos “itou” a eso que ellos llamaban “mesa“. ¿Cómo pretender que la lengua griega fuera la única verdadera?

(…) Esta discusión, pues, muy probablemente estuvo presente a partir del siglo vi y, en mi opinión, la mejor prueba de esto es la respuesta clara y definitiva en favor del nomo que aporta a esta cuestión el inmenso Demócrito, en un fragmento que vamos a comentar brevemente.

Demócrito es casi contemporáneo a Sócrates, y podemos situar su madurez entre los años 450 – 440. El fragmento que va a ocuparnos en primer lugar nos fue transmitido por Proclo (en su comentario sobre el Crátilo de Platón. Para Proclo, la posición de Demócrito era cercana a la de Hermógenes en este diálogo). Este informa que, según algunos -entre ellos, Pitágoras-, los nombres tienen una correspondencia natural con los seres que designan. Sin embargo, Pitágoras sabía que las palabras son creaciones humanas, impuestas a las cosas. ¿Contradicción irresoluble? No, porque según decía, sólo puede nombrar las cosas el hombre sabio, quien, por el pensamiento, conoce su verdadera naturaleza. Hay por lo tanto un legislador humano que establece para cada ser el verdadero nombre que le corresponde. Y es una idea que no podría apartarse con un encogimiento de hombros. Recordemos lo que ha podido escribirse sobre el privilegio que tiene el poeta para nombrar las cosas -Mallarmé en La tumba de Edgar Poe: “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”; y Rilke: “el poeta da sus nombres a las cosas…”-. Después de haber expuesto así la concepción pitagórica del lenguaje por naturaleza, physei, Proclo prosigue presentando la argumentación opuesta, la de Demócrito, entonces. Sobre este punto les aconsejo que retomen el Crátilo de Platón, ese diálogo sobre la convencionalidad o naturalidad del lenguaje que explicita y critica las dos posiciones, pero sin llegar a ninguna conclusión. Sin embargo, es un diálogo de la madurez, no es un ejercicio de retórica, aunque permanece problemático y aporético. Como el Teeteto, además, que trata sobre la episteme, sobre el saber verdadero, pasa revista a las diferentes definiciones, las refuta y luego se cierra sobre un “trataremos de hacerlo mejor la próxima vez”. Por el contrario, tal como la presenta Proclo, la demostración de Demócrito es exhaustiva y definitiva. Los argumentos que presenta sobre la convencionalidad del lenguaje me parecen, dicho sea de paso, más ricos y fecundos que los de Saussurre, quien, en su Curso de lingüística general, para introducir el principio de “lo arbitrario del signo” se contenta prácticamente con observar que aquello que en Francia se llama “boeuf” (buey), más allá del Rin, se llama “ochs“. Además, el último argumento de Demócrito es una refutación anticipada del estructuralismo… Pero retomémoslos uno por uno.

Comienza por la homonimia: si dos cosas diferentes tienen el mismo nombre, ¿cómo este último podría ser por naturaleza? Para que el lenguaje sea physei, haría falta por lo menos un nombre por cosa. Y no haría falta más que uno: tenemos aquí el segundo argumento: la sinonimia, que Demócrito -o tal vez Proclo- denomina polionimia. Aquí, otra vez, la naturalidad del lenguaje debería excluir que varios nombres se apliquen a una sola y misma cosa. Vemos ya la fecundidad de estos dos primeros argumentos, que se refieren a la ausencia de correspondencia bi-unívoca, de correspondencia término a término, entre los nombres y las cosas, pero que pueden generalizarse para todo el lenguaje: una misma descripción puede aplicarse muy bien a varios procesos, y un solo encadenamiento de hechos puede describirse de una cantidad indeterminada de maneras. Además, sin esta universalidad del lenguaje no podríamos hablar: si la misma palabra, la misma descripción, no pudiese aplicarse a ocurrencias indefinidas, tendríamos que inventar sin cesar nuevos complejos de palabras para describir un acontecimiento inédito o un acontecimiento idéntico en otro lugar. Se introduciría aquí la derivación sofística de esta argumentación, como en los megáricos: este seminario del 9 de marzo de 1983 no es el seminario del 2 de marzo, por supuesto, pero tampoco es el mismo que el de hace un cuarto de hora; y en diez minutos será aún otro seminario. Queriéndolo definir, haciéndolo entrar en la universalidad del término “seminario”, hemos eliminado su realidad propia, que era este seminario en este momento, conclusión de los filósofos que se interesan por las sustancias de las cosas -y no en la erística, aunque todo esto no es solamente controversia: puesto que nunca podemos hablar más que en términos universales, hay que admitir que el individuo es inefable, que nunca puede decirse el individuo verdaderamente-. El tercer argumento contra la naturalidad del lenguaje, que Demócrito -o Proclo- llama la metáthesis onomaton, el desplazamiento de los nombres, es lo más ordinario: simplemente, que podemos cambiar el nombre de una cosa sin cambiar en nada esta cosa. Podemos entonces decir Aristócles Platón y Tirtamos Teofrasto -dos ejemplos que no pueden ser de Demócrito, ya que ambos autores vivieron en el siglo iv-, y no cambiar en nada la naturaleza de estos personajes: es evidente que estamos en plena convención.

El cuarto argumento, modestamente titulado ek tes ton homoin elléipseos, a partir de la falta de semejantes, llega, de hecho, mucho más lejos de lo que parece. ¿Cómo puede ser, se pregunta Demócrito, que al sustantivo phrónesis, el pensamiento justo, el juicio, la prudencia, etcétera, corresponda el phronéin, juzgar correctamente, estar en todos sus cabales, etcétera, pero que ningún verbo derive del nombre dikaiosyne, justicia? En un caso, tenemos un vínculo lógico y orgánico, inherente al pensamiento y a la cosa misma, entre un proceso, una acción, y una propiedad categorial; y en el otro, no. ¿A qué naturaleza puede corresponder semejante incoherencia? ¿Dónde está la lógica en este asunto? En ninguna parte. Tales disimetrías y anomalías sólo se deben a decisiones, a posiciones humanas.

Ven, entonces, por qué este argumento tiene mayor alcance de lo que parece, y, de hecho, es una refutación por anticipación del estructuralismo y de todo el logicismo.”

Castoriadis, Cornelius (2006), Lo que hace a Grecia. De Homero a Heráclito. Seminarios 1982-1983. La creación humana II, FCE, Argentina, págs. 298-305.

 

 

 

 

 

 

 

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