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Miguel Aponte @DoublePlusUT

El chavismo expresa la experiencia máxima del populismo que inevitablemente enferma de poder y se corrompe, corrompiendo todo lo que toca. En toda sociedad y todo individuo existen dos ámbitos en tensión permanente que no pueden eliminarse: lo público y lo privado; y, por tanto, conviven valores distintos que no siempre están en armonía, pueden oponerse, no solo entre sí, sino, eventualmente, cada uno de ellos incluso consigo mismo. Es por esto que la vida humana es compleja e interesante.

El chavista reduce a nada toda esta complejidad y con ella las exigencias de la diversidad propia de la sociedad; crea un mundo falso donde deliberar, reflexionar, cuestionar e incluso dudar es imposible, dado que solo le importa él y su discurso. El chavista revisa y reconstruye los valores de la comunidad, del país y, eventualmente, los valores universales, a imagen de sus propios delirios ordenadores y enfermos. Piensa, ridículamente, que si él se va a ocupar de todos, un ciudadano autónomo, con criterio propio, es un estorbo.

La racionalidad reductiva del chavista forza la realidad y se coloca fuera del mundo humano para divinizarse, encimarse sobre todos los demás y parecer moralmente superior. Entonces, todo mundo debe someterse o deja de ser “sensato” a los ojos del chavista. Se pierde así el derecho a ser “particular” y a pensar con “argumentos individuales” sobre los “asuntos universales” que aquel impone. Para el chavista quien discrepa está desviado o enfermo, debe ser corregido o curado; y, si esto no resulta, debe expulsarse o eliminarse.

Por eso su lenguaje se fanatiza e identifica perversamente conceptos diferentes como, por ejemplo, que él “es” el Gobierno, el Estado, la Patria y el mismísimo futuro. Quiere convencer a todos de que es “indispensable” y que quien lo cuestione, viola valores sagrados y, por tanto, es indigno, antipatriota y enemigo. Gracias a esta ceguera gobernarían muy bien en el desierto, pero jamás en una sociedad real y concreta. Son unos fracasados.

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