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Miguel Aponte

Los chavistas -los jefes y su burocracia, se entiende- han privatizado todo. El país hoy, aunque ya por poco tiempo, les pertenece con la excusa de que así, en virtud del mito comunista de la eliminación de la propiedad privada, “pertenece a todos”. En realidad, abusan de los bienes comunes de la sociedad venezolana, usándolos en su muy privado provecho, sin autorización de sus legítimos dueños, los ciudadanos, usted y yo. Han usurpado lo privado y lo público; confundiendo y diluyendo su enorme irresponsabilidad e ignorancia tras consignas fracasadas, necrófilas e incluso completamente cursis y estúpidas.

Lo que el régimen quisiera, su sueño eterno, es lograr que usted y yo, que todos los venezolanos, “voluntariamente” matemos en nosotros mismos nuestro propio “yo opositor”, ese elemento de la imaginación radical que no se suprime y que se manifiesta para siempre: el derecho inalienable de estar en desacuerdo y querer cambiar, sobre todo, a quien sea que detente el poder. Eso pretenden.

El método chavo-comunista que emplean para lograrlo es tan viejo como inútil, pero como es el único que tienen, los comunistas lo usan psicóticamente cada vez que acceden al poder: la alternancia entre la caricia y la amenaza y, cuando usted reclama, entre el desprecio y el engatusamiento y, cuando esto ya no les funciona: el terror generalizado. Los que se someten, terminan por perder la visión de su propio destino. La secuencia comunista consiste en generar en usted y yo indiferencia, cansancio, escepticismo y entrega, aquel estado miserable de “servidumbre voluntaria”.

Los comunistas jamás comprendieron que la libertad no es un estado, sino un afán constante, quieren algo imposible: que muera ese afán, la disconformidad indispensable para vivir y progresar. Son mezquinos y crueles y a la vez superfluos y estúpidos. Olvidan que, aunque haya fanáticos y tontos útiles, habrá siempre mucha más voluntad opositora, germen de la libertad; y, contra este germen, que se olviden, nunca podrán.

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