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Miguel Aponte

La diferencia entre el reformista y el político estriba en que el primero nunca tiene idea de la totalidad que enfrenta, cree que su deber es complacer los “estudios y encuestas” de opinión y termina haciendo lo que le hacen creer que cree su electorado, sintiéndose eximido de tener una visión integral de país y un proyecto definido que proponer sin ambigüedad. Estamos frente a una invasión indebida de la racionalidad mercantil en el ámbito de la política que terminó sustituyendo la acción política genuina por el arribismo.

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Las consecuencias son múltiples y muy perjudiciales para la política, la economía y la sociedad; el destino de esta degradación es el “todo vale” y -al final- la muerte de la democracia representativa, por su propia culpa. A esto nos ha traído la idea suicida de que el ciudadano debe retirarse a sus “asuntos privados” mientras unos supuestos profesionales y especialistas de los asuntos públicos -¿profesionales de la política, la sociedad y la democracia?- se ocupan de todo.

Aúne usted a lo anterior la idea de que todo lo público debe privatizarse y tendrá la llave que abre la puerta para que ante el fracaso de la antipolítica llegue algún civil o militar -¿por qué no un “cívico-militar”?- con un discurso vulgar revestido de baratijas ideológicas y convenza a la gente -pobres y ricos- de que la causa del fracaso y la frustración social se encuentra y es culpa única y exclusiva de algún enemigo interno o externo que, por lo tanto, debe ser eliminado de raíz para lograr automáticamente la ansiada “felicidad social, como consecuencia racional y lógica de todo el “proceso” que él, como mesías salvador, conducirá.

Si el enemigo es otro y nunca el origen de la degradación se encuentra en nuestras propias ideas e instituciones, entonces el alegato contra un “otro” siempre va a tener cabida en el discurso: los inmigrantes, los judíos, los políticos, los empresarios, los comunistas para los liberales y los liberales para los comunistas, etc, etc. Aguas arriba, sin embargo, la cosa es de muy vieja data y se inició a partir del momento en que la política se “profesionalizó” alejando al ciudadano de los asuntos públicos.

Por esta costosísima falla de origen de la democracia representativa prosperan en el mundo los Berlusconi, Putin y Trump y también los Chávez, López Obrador e Iglesias; por eso el repugnante híbrido comunista-capitalista chino y el que están organizando para Cuba -¿y Venezuela?; y no se sorprenda por las coincidencias. Después de que las “grandes ideologías” han fracasado en su propio absurdo reduccionismo racionalista y han cedido lo último al pragmatismo economicista, todas buscan solamente el mejor método de control social: nada que ver con la democracia y, por supuesto, tampoco con la libertad.

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