Miguel Aponte

Venezuela, un pequeño país de 30 millones de habitantes, con recursos -incluyendo ese “desafío” que es el petróleo-, una población privilegiada por su mezcla cultural y racial, en buena parte formada; y en todo deseosa de ver cómo la realidad de los hijos mejora la de sus padres, ¿por qué este país no va a poder crear otra realidad? La historia, nadie lo dude, debe tomarse en cuenta, no para renegar sino para aprender y, de verdad, no repetir lo indeseable. Pero no basta revisar la historia para superar la repetición. Entonces, ¿qué más falta para lograr el verdadero aprendizaje y no repetir? ¿Por qué no encauzamos el país? ¿Qué lo impide? ¿Un enemigo externo? ¿Factor racial? ¿Incapacidad cultural? Comencemos por rechazar estos argumentos: es falso que no superemos nuestros problemas por culpa de “otros” o que seamos cultural o genéticamente incapaces. Creer eso sí que nos vuelve incapaces, como han demostrado, esperemos que por última vez, estos 17 años que, en realidad, enlazan con el largo ciclo populista, caudillista y militarista venezolano. Un ciclo que debemos y podemos ahora cerrar. ¿Por qué no?

De hecho, lo ocurrido el 6D-15, ratificado el 5E-16, no fueron actos de repetición protocolar de lo mismo: ocurrió allí la emergencia de una situación políticamente nueva, otra en verdad, que va mucho más allá del cambio de unos políticos por otros: ese mismo país que muchos consideraron incapaz, perdido, irrecuperable, vendido al populismo y rendido al miedo, dijo: NO. Incluso quienes votaron por el oficialismo, excluyendo la minoría burocrática y corrupta, lo hicieron bajo protesta y quieren también un cambio; y peor para los “jefes” chavistas si no lo ven. Toda esa comunidad política no compró más el discurso disociado, autoritario y populista, porque comprendió que constituye la misma estafa. Ocurrió nuevamente la emergencia democrática: oportunidad tangible de dar espacio y tiempo real a otro país. ¿Por qué no?

Ahora bien, si subordinamos esta oportunidad a viejos mitos y a la misma desconfianza en la capacidad del pueblo, vamos a repetir sobre algo nuevo creencias viejas y, con toda seguridad, se volverá a fracasar. Para responder al 6D, hay que vencer ideas atrasadas y falsas, creer que el país sí puede cambiar y cambiarse; el pueblo hizo lo suyo y ahora el desafío es para los dirigentes democráticos. Este cambio requiere pensar ese “otro” país, hablar claro y completo, confiar en la capacidad nacional de entender y participar en los problemas y sus soluciones, aunque sean difíciles y precisamente porque son difíciles; y, finalmente: sobre todos los egos, mientras la conducta del régimen continúe esquizofrénica, defender y trabajar todos en, por y con la unidad estratégica de los factores democráticos. ¿Por qué no?

 

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