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Miguel Aponte

El populismo y el autoritarismo cuentan entre los mayores peligros que enfrenta la sociedad hoy y su alianza no es casual, por eso importa ver cómo las ideologías contribuyen a tales enfermedades y concluyen como variantes pseudoreligiosas de las “doctrinas de salvación”. ¿Cómo liberalismo y marxismo -o lo que queda de ellos- terminan como parte de la codicia antidemocrática? El populismo se vende como la única fórmula política “válida” de derecha a izquierda porque expresa un doble imaginario sustentado en mitos, a la vez contradictorios y complementarios.

Por un lado, la idea premoderna -feudal, bastarda, antipolítica, fanática- que niega la autonomía individual y social y presume que la comunidad política no existe o siempre será inmadura y no merece respeto. Se basa, en forma consciente o no, en la falsa sustitución del padre individual por otro, masivo, social, que termina en la aceptación ciega, irracional, de “ídolos”, fetiches, que convienen al despotismo.

Por otro lado, el populismo aprovecha el abandono de la política por el ciudadano, complejo que responde al mito liberal -torpe y falso- de que la política es cosa de profesionales y especialistas y que el ciudadano debe “retirarse” a su vida “privada”, mientras aquellos se ocupan de los asuntos públicos. Trabaja igualmente contra el proyecto de autonomía, porque abona el terreno para que “lo público” se privatice en las manos del déspota.

En vez de ilustrar a los ciudadanos sobre sí mismos, sus metas individuales y colectivas y ofrecerles los instrumentos políticos apropiados, ambos mitos sugieren que una fuerza ajena, dejada de su cuenta, trae la salvación de la sociedad: el “líder eterno” o “el mercado”. Aquí no hay verdadera contradicción, sino pugna por imponer un modelo de dominación u otro; por eso, dadas las circunstancias, se alían en el autoritarismo.

Este paradójico enlace de mitos, impone a la sociedad el pago de significaciones centrales de la verdadera Modernidad y la Ilustración: la libertad y la democracia. Pero, piénselo, como consecuencia se lleva también por delante a la política y a la economía, ambas esferas muy implicadas. La política, como ámbito de creación humana donde emerge lo público como asunto de todos, muere. La economía, como campo de creación material de la sociedad, muere también; y termina como simple instrumento de dominación: pagar la instalación del modelo social. Resumiendo: con el populismo, la sociedad entrega de un sólo tajo libertad, democracia, política y economía.

Los venezolanos vivimos -curioso privilegio- este macabro proceso casi hasta el paroxismo y luchamos por superarlo; pero no habrá aprendizaje completo hasta comprender aquello que lo origina: negar la libertad, negar la comunidad política, negar la democracia.

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