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Miguel Aponte

Con la misma fría e indolente ignorancia y brutalidad ideológica que un Stalin o un Mao, Maduro somete al venezolano a una penuria completamente absurda, injustificada y, en nuestro caso, hasta ridícula. Hay quien piensa que esto es parte del proyecto de dominación del régimen y que, entonces, para ellos, es necesario mantener al pueblo a la vez con hambre y esperanza en que las cosas cambiarán cuando las fuerzas del mal resulten vencidas por la gloriosa revolución. Extravagante estrategia que solo puede ser comprendida, si acaso, con la ayuda del psicoanálisis. Acá la economía, nuevamente, no explica nada. ¿Cuáles fuerzas de cuál mal?

Siendo Cuba la escuela de la “revolución bonita” venezolana, había que buscar entre sus escombros a la vez la ilusión y las explicaciones; todo antes de que, como tenía que ser, ocurriera lo inevitable: el fracaso del proyecto revolucionario. Así, para el régimen cubano el fanatismo norteamericano brindó la mejor excusa: el bloqueo económico. Bloqueo que, por cierto, tuvo sus efectos, aunque ninguno de los buscados, si es que se creyó que con él se derrumbaría la dictadura. Otro error político sustentado en argumentos económicos. No se vio, no se entendió, que el fracaso cubano no entraba por ahí y que el bloqueo avivaría aquella esperanza.

El símil venezolano que el régimen decidió emplear para engañar mientras se lo permitan, no podía ser menos original: la guerra económica. Se mantiene así la reflexión, si pudiera hablarse de tal, en el camino del determinismo económico tan propio del marxismo. ¿Funcionó? Sí, mientras se mantuvo la farsa financiada por el mercado petrolero y capitalista mundial. ¿Quién puede negar que el socialismo del siglo XXI vive zombi gracias al capitalismo que lo hipoteca?

Ahora bien, no se crea que la revolución que fracasa, se entrega, reconoce, hace autocrítica, ventila su propia pestilencia, eso jamás ocurrió ni ocurrirá. Hay que sacarla, con votos y con política democrática, con gestos claros en todos los ámbitos de nuestra actuación civil, con nuestros vecinos y compañeros de trabajo, en la escuela y la universidad, con los argumentos y con la paz que, guste o no, es lo único que hará posible el final de este vergonzoso episodio. El chavismo probó a los venezolanos que el poder total y absoluto -dinero, secuestro de poderes e incluso popularidad- no bastan: hará siempre falta coherencia y ciudadanos, algo que el marxismo y sus hijos despreciaron muy pronto. El chavismo ha degradado hasta lo impensable sus propios antecedentes teóricos y políticos: un país con los recursos de Venezuela que, por estupidez de sus gobernantes, se debate exclusivamente entre evitar que lo asalten o lo maten y ver qué comerá hoy, no podrá venderse nunca ni como bonito, ni como revolución.

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