Etiquetas

, ,

Miguel Aponte

Es moda adjetivar la democracia: “representativa” para liberales o “participativa y protagónica” para los socialistas del siglo XXI, quienes nos interesan porque se ofrecieron como la “panacea universal” para venir a fracasar estrepitosa y hasta ridículamente, repitiendo y empeorando todo lo que encontraron, pero ese sería otro artículo. Los adjetivos denuncian su falta, decimos. Ninguna democracia que se precie los requiere y cuando se usan es para disminuirla a conveniencia. La democracia sin adjetivos, simple, como régimen y no como procedimiento es lo único que podemos llamar tal. Lo demás es manipulación, ocultamiento y simulación ideológica. Ganas de dominarlo a usted y a mí.

La democracia tiene al menos dos grupos de adversarios, que incluso se confunden: primero el ideológico, liberales y marxistas incluidos; ¿por qué? Porque aquella apunta hacia la autogestión política y económica del ciudadano, siendo esto lo contrario de lo que interesa a estas ideologías. Luego están quienes sostienen que la democracia es imposible o que como fue inventada en una sociedad donde hubo esclavitud, no debe defenderse, no es legítima, no es pura. Se trata de una curiosa crítica, para nosotros inválida y caprichosa. ¿Es que acaso debemos esperar la teoría perfecta y mientras tanto no hacer nada? ¿Acaso tal “teoría perfecta” es posible?

La democracia surgió como germen y no como modelo; se trata de una praxis en construcción, elaboración y elucidación permanente. Es un “hacer” entre ciudadanos, entiéndase, entre pares, que se autoinstituyen y son capaces de cuestionar en forma explícita el origen de su institución cada vez que haga falta. Que hubo esclavos no nos gusta, pero a la vez no es lo relevante hoy. Lo importante es si podemos tomar ese germen y desarrollarlo, sin esclavos obviamente, mediante la praxis social de seres humanos libres; o si debemos acallarlo, suprimirlo, reducirlo a cero. Pero al decir esto último, debemos estar conscientes de las implicaciones. Dicho de otra forma, la democracia trata del poder y la soberanía de una colectividad libre. Punto. Si los antiguos lo lograron más o menos, se puede discutir; pero lo que vale es si vamos a afirmar o negar esa máxima como norte y orientación de nuestro proyecto político; y, si la negamos, qué vamos a poner en su lugar que no sea el despotismo.

No es casualidad que liberales y marxistas de cualquier pelaje usen siempre la democracia como falsa carta de presentación. Al indagar, hágalo y verá, vamos a encontrar también siempre que ambos están designando en verdad cosas muy diferentes a una colectividad libre y autónoma. Pero, el pero que importa, es si podemos hacer otra historia y si la democracia puede reivindicarse por sí misma y no como instrumento de las ideologías fracasadas y mediocres de hoy.

Anuncios