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Miguel Aponte

A la democracia hay que defenderla por ella misma, como fin de sí misma; esto no solo porque nada la garantiza, sino porque es el único medio de hacer posible la libertad humana individual y colectiva. Piense usted, cualquier otro modo de asentar la relación social implica la imposición “legalizada” de unos sobre otros. Solo en democracia, aunque el problema entre dirigentes y ejecutantes no se resuelve automáticamente, se abren las posibilidades para su superación.

Ahora bien, siendo que la pugna entre la democracia y los modos no democráticos de organización social, se resuelve en el terreno político, es esta actividad -la política- el aspecto esencial de lo humano; y no la economía, como equivocadamente terminó imponiéndose en la modernidad positivista que domina las significaciones imaginarias sociales.

El hombre moderno creyó que la economía determina su libertad -materialismo vulgar-, siendo que es justo al revés. Esta confusión conduce y es, en efecto, determinismo. Así, tanto el liberal como el marxista, reducen toda la complejidad social a un sólo y mismo aspecto: la economía, que toman como causa primera cuando en realidad solamente acompaña a otras en la realización de lo social. Es como “tomar parte de la verdad y sustituirla a la verdad completa” que, a la vez, tampoco se conoce. Absurdo total.

Este desplazamiento del asunto social desde su verdadero centro -la libertad, la política, la democracia- hacia una sola de sus expresiones parciales -la economía- es, en efecto, un trastorno de la visión que impide comprender y, por tanto, lleva a falsas explicaciones y acciones equivocadas. Es por ello que, dejada de su cuenta la desigualdad aumenta y no disminuye -error liberal- y que la intervención compulsiva -error marxista- termina igualmente aumentándola, con el agravante de que arrasa con la economía y todo vestigio democrático. Marx lo sabía y por eso su utopía incluía la abolición del Estado, resultado que para él sería consecuencia necesaria de la abolición de la propiedad privada. Un error lógico y político tras otro pues usted puede suprimir la propiedad privada, pero esto no elimina la propiedad que entonces termina en manos del déspota de turno. El destino de todo esto es la pérdida de la libertad y la democracia.

La psicología sabe que la enfermedad se esconde tras el desplazamiento del “problema” hacia “el síntoma”, que luego se expresa como repetición neurótica: el neurótico repite para no pensar. La psicología social debería respondernos si las ideologías dominantes no son en el fondo más que neurosis ampliadas y por tanto caminos sin salida, que hay que mirar con otros ojos para encontrar opciones verdaderas a los trastornos modernos. En cuanto a la política y la economía académicas, ¿tendrán algo que decir?

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