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Miguel Aponte 

Si en política no se tiene proyecto no podrá concebirse nada nuevo, que sea, de verdad, otra cosa. Por tanto, se es capaz sólo de reformas y nunca de cambios reales. No se trata de un talento especial ni esoterismo, sino de estricta lógica: si usted no concibe aquello que busca, no será capaz sino de cambiar detalles aquí o allá, permitiendo que, en sustancia, la totalidad que está allí permanezca. Se cae en este reformismo por ausencia de proyecto, por pérdida de perspectiva o por enanismo político; descartemos la mala fe, aunque existe, porque en este caso a quien debe excluirse es a la persona.

El reformismo trabaja trágicamente y aunque no quiera, a favor de lo instituido y del presente que se adversa; y en última instancia conviene a quien ejerce el poder. Por eso es tan peligroso en política. No es que toda reforma sea mala y que nunca quepa, sino que no se sepa distinguir cuando no aplica, como es el caso de Venezuela hoy. Gandhi no recomendaba a los ingleses cómo hacer más viable su dominación, les pedía que se fueran, punto; y no colaboraba: era un pacifista, pero no un reformista, tenía clara su visión y la procuraba sin pausa.

El antídoto formal contra el reformismo es el proyecto. Para nosotros, el proyecto de país es el “Proyecto Democrático”. Ahora, esté claro, su elaboración supone un momento que es teoría, planteamiento, conocimiento y propósito, dar cuenta de los fines que se proponen. Y esto porque la política no puede ser sólo activismo. Para que el hacer político cobre sentido tiene que ser búsqueda consciente de algo y ese “algo” es, repetimos, el proyecto.

No hay que confundir proyecto con plan, actividad, objetivo o programa: “El plan es un momento técnico: con saber suficiente se ordenan medios y fines”. La actividad se fija, mientras el proyecto no. ¿Cómo fijar el “Proyecto Democrático” de una vez para siempre? Hoy no votan los menores de 18, pero, ¿mañana, por qué no? En el siglo pasado no votaban las mujeres, luego sí, ¿entonces? Los objetivos toman la forma de programas. El programa es una composición parcial, provisional, del proyecto. Los programas pasan, pero el proyecto queda. El político responsable no subestimará toda esta reflexión, porque cuando él mismo y a diario plantea cualquier acción, lo único que permite saber si ésta tiene sentido es que responda al proyecto. Si no, beneficiará al adversario o tendrá valor nulo. El problema del reformismo es que no se pregunta por el todo, no apunta a nada: carece de proyecto. Se sabotea a sí mismo y termina sirviendo al poder que enfrenta; si además el poderoso carece de escrúpulos democráticos, entonces el reformista estará trabajando para su propia destrucción. Si usted nota en todo esto parecidos con la política venezolana hoy, no es casualidad.

http://eltiempo.com.ve/opinion/columnistas/venezuela-politica-y-proyecto-democratico/191328

http://www.petroleoamerica.com/2015/08/venezuela-politica-y-proyecto.html

http://lacabraloca.com.ve/?p=480

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