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Por Miguel Aponte

Sumario:

  1. Antecedentes e introducción
  2. El racionalismo y la filosofía
  3. El racionalismo y Descartes: el método
  4. Dios y el pase a la realidad: el gran comodín
  5. ¿Inconsistencias del método?: la imposibilidad de una ética no provisional
  6. Las turbulencias del método de Descartes: la ética como residuo marginal y la antipolítica
  1. ANTECEDENTES E INTRODUCCIÓN

Descartes negó el vacío. Para él todo estaba lleno de materia. En términos más contemporáneos diríamos equivocadamente que fue materialista, pero esto sería erróneo. Fue un racionalista y, seguramente, el más importante de todo ese movimiento que se dio en el siglo XVII. Este fue un periodo de crisis de certezas y de pensamiento. ¿Por qué? Pues porque desde hacía un tiempo se conmovía la significación central que había sostenido la llamada Edad Media: la certeza divina. Hasta entonces la naturaleza y el mundo, incluido el mundo humano y su sociedad, se habían entendido y tomado como creación fuerte de Dios, en todas sus partes. La realidad era así pues “disposición divina”, la realidad estaba santificada.

Esta santificación conducía a un confortable fatalismo: si lo que está allí está puesto por Dios, entonces está bien; y, si está bien, no se  discute. Y, no solamente, sino que es lo mejor, es lo perfecto.  Hoy puede parecer esto simple represión o ausencia de libertad; pero resulta que si esta significación imaginaria es admitida como certeza absoluta, entonces el mundo humano adquiere sentido y es ésta composición de sentido lo que justifica todo. Esta racionalidad divina otorga todo lo que en el fondo requiere el ser humano: dar sentido a su vida. Que todo esté explicado y justificado, que todo tenga una respuesta. Aunque las respuestas estén soportadas finalmente por algo que no se pueda explicar, que no tenga explicación humana. Esto es Dios. Decimos esto, además, para mostrar, dejar asentado, como ni siquiera la libertad –ese valor que algunos de nosotros creemos el bien más preciado– podría considerarse “idea innata”. ¿Existen estas figuras? Es parte de la discusión que propone Descartes y que a continuación intentaremos seguir en este papel elaborado como requisito del Profesor Alfredo Vallota desde la Cátedra de Filosofía Moderna.

El siglo XVII es complicado. Hay guerra, la Guerra de los Treinta Años, que al comienzo fue guerra religiosa y luego por el poder político. Conmoción pues de ambas instancias. En el mundo del pensamiento hay también problemas y muchas dudas, es pues una era escéptica y de crisis intelectual. Es un ambiente desorientado. Ya no se cree en el teocentrismo, ha surgido un humanismo renacentista. Se ha renovado el interés por el mundo griego pero no se le ve ya como fuente de argumentos al servicio de la fe religiosa –cristiana— en la típica visión medioeval; Copérnico y otros habían sometido a crítica también a la física aristotélica y esta visión racionalista, crítica, no parará: Galileo, Kepler, Newton. Con todo esto viene un gran cambio de significaciones: ya la ciencia no se entendió más como antes.

Ahora bien, ¿va a quedarse el hombre en la duda escéptica para siempre sin recomponer unas coordenadas válidas de sentido? Imposible. Descartes fue uno de aquellos que no se conformó e intentará mostrar un nuevo modo de articular todo. Y todo lo hará desde la postura racionalista. Ahora bien, ¿qué es este racionalismo?

  1. EL RACIONALISMO Y LA FILOSOFÍA

Si el hombre es un ser racional y si, por otra parte, el mundo es racionalizable, entonces todo debe converger hacia una única razón y hacia un conocimiento racional único. Lo nuevo es que la razón ahora quiere ser autónoma, quiere centrarse en sí misma. Estos son los puntos de vista racionalistas y esto es también Descartes. En tales circunstancias era de esperar que el método para los racionalistas debía marcar el camino hacia esa convergencia y por eso se convierte en el requisito fundamental para conocer.

Ahora bien, el problema del conocimiento y el método no es lo único que preocupa a Descartes, sino que también apunta a otros asuntos fundamentales de la filosofía: el hombre y su relación con ese mundo que se conoce; y la sociedad. Todo está allí aunque no todo lo haya desarrollado. En esta monografía intentaremos implicar cómo el pensamiento del filósofo y su método, en tanto elemento cuya importancia es fundamental para él mismo, pudieron servir de base para establecer una ética y más allá una idea de la política. Esto independientemente de que Descartes ni concluye su ética definitiva ni se interesó especialmente por la política.

Volvamos a la razón, ¿por qué decimos que todo debe converger en la razón y en una sola razón? Todo tiene que ver con el ideal de ciencia que se fabricó para sí mismo el pensamiento del siglo XVII como reacción a la crisis de pensamiento antes aludida. Acá no está sólo Descartes: Leibniz, Spinoza, Malebranche y otros están con él. Para estos científicos hacer ciencia tenía que ver con la tentativa de crear un sistema de conocimiento basado en un método. ¿Por qué un método? Porque para ellos no conocer no es una posibilidad real: el mundo está allí y se puede conocer; así las cosas, todo conocimiento y el conocimiento de todo, son posibles. Por lo tanto, lo que queda es diseñar el dispositivo para lograr este propósito, es encontrar el método apropiado.

Hay algo más, y es que si el hombre “es” un ser racional, si esto es lo que lo distingue del resto de lo vivo, entonces esa razón tiene que ser universalmente humana, esto es, condición de todo ser humano; y así, si nadie es –porque no puede ser— más humano que otro, nadie será más razonable que otro. Por lo tanto, si usted alcanza mejores resultados que yo, esto no puede ser sino porque su método es mejor que el mío. Así, el método pasa a ser el problema central. La invitación a la matemática es más que obvia. Entra así por la puerta grande el método matemático-deductivo en la escena filosófica del siglo XVII. Se trata de que a partir de premisas básicas, podamos deducir el resto de los conocimientos.

Ahora bien, ¿dónde van a estar esas premisas básicas, principios o verdades primeras? Bueno, para el racionalismo esto va a ocurrir en la mente humana, en el entendimiento humano en donde aquellas, además, son innatas y connaturales al ser humano. Así el círculo racionalista se cierra en una misma clausura con el determinismo. Está claro que esta no es la única manera de entender las cosas: está el empirismo. Para este todo va a estar en la experiencia que dan los sentidos. La pareja racionalismo-empirismo enfrenta pues dos maneras de captar el conocimiento humano.  Ahora bien, a pesar de las diferencias, una cosa es clara, nos parece: tanto el racionalismo como el empirismo pueden adoptar la deriva determinista y este hecho es central para  situar y entender toda la época y sus consecuencias.

  1. EL RACIONALISMO Y DESCARTES: EL MÉTODO

Para el racionalismo todas las ciencias y todo el conocimiento es “sabiduría y conocimiento humano”, independientemente de que se aplique a diferentes ámbitos u objetos. Por lo tanto, todo conduce a una sola ciencia –es unitarismo –. En consecuencia, ya lo dijimos, el método no puede ser sino Uno. El racionalismo en sí mismo es o se inspira en el método matemático: se parte de principios y se deduce; es ordenado; hay primacía de lo simple y lo complejo se divide; el ámbito de la razón es de necesidad absoluta y lo que de acuerdo a sus leyes se establece no puede ser sino así; se da máxima importancia a lo racional y se menosprecia la experiencia. Esto es válido para todos los racionalistas y, por supuesto, también para Descartes. Pero en detalle el método de éste contiene distinciones esenciales y que explican por qué hay que destacar la obra de este filósofo.

Descartes, gran matemático, parece que se impresionó siempre mucho y desde su juventud por cómo la matemática no había sido más utilizada en el ejercicio filosófico. Si concedemos algún crédito a esto, se entiende con facilidad su aproximación a todo el asunto. Descartes va a buscar un primer principio y a partir de allí va a deducir todo su sistema filosófico. Todo como un excelente matemático. Así que para Descartes el trabajo comenzó reivindicando estos dos momentos fundamentales del razonamiento matemático: el establecimiento de premisas o primeros principios y la deducción derivada de las mismas. ¿Cómo define Descartes su método? Veamos:

“Unas  reglas ciertas y fáciles, gracias a las cuales todos los que las observen exactamente no tomarán nunca por verdadero lo que es falso y alcanzarán sin fatigarse con esfuerzos inútiles el conocimiento verdadero de todo aquello de lo que sean capaces”.

Nótese el énfasis de la definición. No tienen que ser muchas reglas y tampoco deben ser difíciles. Deben impedir que me engañe y deben además permitir alcanzar lo verdadero sin confusión y sin cansarse inútilmente; y, por último y esto es fundamental, deben conducirnos a conseguir conocimiento nuevo. Nótese la ruptura con la mentalidad medioeval que sólo admitía la interpretación.  El método de Descartes tendrá cuatro reglas: la evidencia, el análisis, la síntesis y la comprobación. Expliquémoslas muy brevemente.

La primera regla es la evidencia, se trata de demostrar que algo existe y que es “imposible” dudar. Punto. Ahora bien, a ésta captación no se llega con un trabajo deductivo, sino que se trata de verdades innatas o connaturales a la esencia pensante del ser humano. Se tienen en forma clara e incuestionable y distinta o distinguible de cualquier otra cosa afirmada. La segunda regla es el análisis y consiste en el trabajo de dividir la complejidad hasta alcanzar la simplicidad; se regula por la idea de que hay una “primacía ontológica de lo simple”. La cosa trabaja más o menos así: tengo una intuición y la examino buscando ideas innatas a través del análisis de lo complejo hacia lo simple. Así, llegamos a la tercera regla, la síntesis, que es un ejercicio deductivo. Todo esto, finalmente, se comprueba y esa comprobación es la cuarta regla: vemos que todo cuadra y está en su sitio. Preguntémonos ¿dónde está la experimentación en todo esto? Respuesta: en ninguna parte, porque no hace falta. El experimento cuando haga falta está siempre en un segundo nivel de importancia respecto a la razón. Nos parece que aquí Descartes se mantiene en una clara reminiscencia platónica.

Todo lo anterior es, ni falta hace decirlo, confianza absoluta en la razón. Ahora bien, Descartes sabía que la razón puede extraviarse y por eso precisamente es que hay que guiarla; y, otra vez, ese es el papel del método. Ahora bien, con el reconocimiento de que la razón se confunde entra la duda como aspecto central del método: como sin método puedo estar equivocado y mal guiado, el primer paso es y será siempre poner en duda todo; y, otra vez, aquí: todo es todo. Por qué poner todo bajo la tela de la duda. Pues porque será el único “método” de alcanzar aquello verdadero.

Ahora bien, atención con los malentendidos, Descartes no es un escéptico. Su duda es metodológica y no es que él crea en la irrealidad de todo; sino que sólo poniendo en duda todo, una especie de cuarentena de todas las creencias y aparentes certezas, se hace posible conseguir la evidencia que Descartes se exige. La duda es “un momento del método”. Y, atención de nuevo, no habrá un único nivel de cuarentena o duda, sino que serán varios niveles de duda, cada vez, si se nos permite la expresión, más exasperantes e insólitos. Veamos.

Primer nivel, Descartes nos pide que dudemos de los sentidos; esto es fácil de aceptar pues todos sabemos que los sentidos nos engañan. Segundo nivel, quiere que dudemos de nuestras ideas de la vigilia y el sueño pues puede ser que no seamos capaces de distinguir entre ellas. Acá el asunto se hace más agudo, pues lo que nos está diciendo es que no sabemos si cuando creemos que estamos despiertos, estamos en realidad dormidos. Cuesta aceptarlo, pero es verdad que puede ser: cualquiera que haya sentido la realidad de un sueño, tendría que aceptar que es posible que esté soñando y no ha despertado. En el tercer nivel de duda Descartes nos pide considerar si acaso no sería posible la existencia de un “genio maligno”. Es duro aceptar esto, pero ¿por qué no podría existir un agente así que nos manipulara siempre y nos hace creer que estamos en lo correcto cuando no lo estamos? Y, en el máximo extremo, que nos haga creer que este mundo existe y es real cuando realmente no existe. ¿Por qué no? Así nada se escapa de la duda metodológica del filósofo que nos conduce a tener que reconocer que lo sensato es dudar de todo.

Estamos en una situación sorprendente: nada es como creo y, en el límite, nada existe. Lo que veo, lo que creo, lo que pienso. Veo las cosas como no son, razono como no hay que razonar e incluso veo lo que no está allí. Pero, en tal situación, si yo no existiera, ¿a quién se estaría engañando? ¿A nadie? Necesariamente hay que pensar que si me engaño es porque a alguien se está engañando, tiene que ser que al menos yo que me engaño, existo. Este es el cogito cartesiano: pienso, luego existo. No puede ser de otra manera. Esta es la primera verdad evidente. Ahora bien, atención con esto, que yo exista no garantiza que otra cosa exista. Podría ser que no exista nada más. Puede ser que yo sea una cosa que piensa incluso sin cuerpo. Estamos dentro de la burbuja del pensamiento. Hace falta superar la duda acerca del resto de la realidad, porque puede ser que no exista.

  1. DIOS Y EL PASE A LA REALIDAD: EL GRAN COMODÍN

Para continuar avanzando Descartes propone distinguir entre tres tipos de ideas: adventicias, que provienen de los sentidos; facticias, que son construidas por mi mente; y, las ideas innatas, que no vienen de la experiencia sensorial ni las construyo yo, sino que son naturales en mí. Son las únicas fiables. Por el momento y para empezar ya tenemos dos: pensar y existir. Son innatas porque son evidentes por sí mismas, claras, distinguibles y no las puedo poner en duda. Como vimos, todo el proceso de cogito cartesiano nos llevó ya a estas dos. Y lo que ocurre es que, como también dijimos, estamos en una burbuja que impide asignar realidad a nada más que a ese ser pensante pero despojado de todo lo demás. Es necesario hacer ingresar a “todo lo demás”, ¿cómo hacer?

Entonces, ¿cuál podrá ser aquella “idea innata” que permita darle lugar de existencia al mundo y poder así salir de la burbuja pensante? ¿Dónde está esa ficha o pasaporte? Descartes decide que esa idea es la idea de Dios, que el percibe como infinito. El infinito, dice, es una idea innata y es Dios. La idea de Dios va a ser esa súper idea innata que hará posible todo lo demás. ¿Por qué? Porque su existencia es la que va a garantizar que no pueda existir aquel genio maligno que antes habíamos comentado. ¿Por qué? Bueno, muy simple, porque Dios es bueno y, siendo así, ¿cómo podría engañarme? No podría. Es fácil ver lo problemático que puede resultar sostener la idea de infinito como idea innata: ¿por qué el infinito iba a ser idea innata? ¿Por qué lo innato no es más bien lo finito, que por negación da lugar a lo in-finito? Así que se percibe una deficiencia de origen en la idea innata misma que va a permitir asegurar la imposibilidad del genio maligno y a permitir la existencia del mundo. Es un asunto gravemente problemático. Veremos.

De tal forma que si yo creo que el mundo existe es que tiene que existir. Punto. Así salimos de la burbuja. Como se ve, Descartes está probando la existencia de Dios a partir de la idea de Dios. Existe un doble argumento a favor de la existencia del infinito y de Dios: 1°) el argumento ontológico de San Anselmo: si tengo la idea de Dios infinito y perfecto, este tiene que necesariamente existir porque si no existiera habría, tendría que haber, uno más perfecto que completaría al primero que imaginé, pero esto es sencillamente imposible ya que dijimos que aquel ya lo era. 2°) el argumento de causalidad proporcional, que dice que aquello que las ideas representan tiene que tener una causa proporcional a su propia existencia; y si Dios es infinito, la causa que lo puso en mí no pude crearla yo como ser finito, sino que tuvo que ponerla un ser infinito: ese es, tiene que ser, Dios.

Acá una aclaratoria importante: lo que Dios garantiza es la existencia de un mundo provisto de “extensión y movimiento o reposo”; pero aquellas cualidades que yo percibo como color, olor, sabor no está garantizado que estén en el mundo y de hecho Descartes las asume como subjetivas. Lo que Descartes está haciendo es “geometrizar” el mundo, la realidad. ¿Por qué y para qué? Porque así podrá luego aplicarle leyes físicas y matemáticas a su estudio como si se tratara de un mecanismo que resulte completamente legislable. Descartes está “espacializando” la realidad que va a quedar como espacio tridimensional. En este encuadre, ¿dónde está, por ejemplo, el tiempo? En ninguna parte: será para siempre un acompañante. ¿No es este un mundo platónico?

  1. ¿INCONSISTENCIAS DEL MÉTODO? LA IMPOSIBILIDAD DE UNA ÉTICA NO PROVISIONAL

Descartes era perfectamente consciente de la importancia de una teoría ética y, por otra parte, de su obligación de postularla. ¿Cómo evadir el mundo ético en una filosofía que afirma simultáneamente que el mundo existe, que es cognoscible, que es uno; que afirmó, en fin, la unidad del método? Imposible. Tanto es así que para avanzar en la elaboración de su método postuló una moral provisional. ¿Era indispensable este paso previo? Bueno, nos parece que sí, porque de cara a la realidad el sujeto cognoscente no está solo y tiene que asumirlo. ¿Cómo derivó entonces esta moral provisional? Asumió que responde a cuatro reglas, son las siguientes. LA PRIMERA, es necesario obedecer las leyes y costumbres de un país. LA SEGUNDA, hay que pensar mucho las decisiones que tomamos, pero una vez tomadas no hay que dudar, hay que actuar. LA TERCERA, antes de intentar cambiar el orden del mundo hay que intentar vencerse uno a sí mismo. LA CUARTA, dedicar la vida al cultivo y estudio de la razón. Así, decide vivir él mismo acorde a estas máximas, mientras construye su moral definitiva. Usamos aquí los términos ética y moral como equivalentes. Antes de proponernos un cuestionamiento de este diseño veamos qué tenemos.

Podemos resumir las conclusiones de la duda metodológica. Para Descartes existen tres cosas: Dios, el alma y la materia, donde incluye el cuerpo. Se trata de tres sustancias: sustancia infinita, Dios; sustancia pensante, Alma; y sustancia extensa, Materia o Cuerpo. Como quedó claro, Dios no requiere de nada más para existir, mientras el Alma y el Cuerpo requieren a Dios, como también vimos. Ahora bien, el detalle importante es que para Descartes alma y cuerpo no se requieren entre sí para existir. Él las separa completamente y postula lo que se conoce como dualismo. Lo que se está diciendo es que alma y cuerpo son innatas como en un segundo grado –porque requieren a Dios— pero que entre ellas mismas no hay nada que encontrar, son completamente ajenas. Están separadas infranqueablemente.

Pero, ¿cómo se puede asegurar esto? Bueno, en realidad no se puede asegurar y el mismo Descartes dudó o vaciló frente a su propia afirmación. Pero, ¿por qué quiere Descartes que estén separados alma y cuerpo? ¿Por qué Descartes quiere que el alma salga del mecanismo determinista al que va a conducir toda su filosofía? Respuesta: Descartes quiere que el alma conserve el libre albedrío. La necesita libre. Pero, ¿por qué la necesita libre? Respuesta: porque es la única posibilidad que ve para sostener la posibilidad de una ética donde el hombre pueda y tenga que responder a sus actos y salvarlo del determinismo. Pero, ¿por qué quiere una ética no determinada? No vemos respuesta para esto, más allá de que haya decidido afiliar toda su edificación filosófica al libre albedrío cristiano. Pero, ¿por qué empleó este recurso si ha podido por ejemplo validar el pasaje a la libertad presentándolo simplemente como una concesión divina?, por ejemplo. No sabemos. En todo caso, la preocupación de Descartes es legítima porque si el alma no es libre, ¿cómo diseñar una ética?

Volvamos a las objeciones al método de Descartes: primero, ¿es el infinito realmente una idea innata? Segundo, ¿puede sostenerse la idea de una separación radical entre cuerpo y alma? Advirtamos también que las cosas se pueden complicar aún más para Descartes, porque si aceptáramos que cuerpo y alma estén tan radicalmente separados, tenemos que resolver otro grave problema derivado: ¿cómo aplicarles el mismo método? No podríamos. Y, si no podemos hacerlo, ¿cómo afirmar el unitarismo requerido para que exista una sola sabiduría y un solo método? No podríamos. El proyecto unitario y determinista de la filosofía cartesiana queda pues comprometido en todas las alternativas que vemos.

Lo cierto es que la fisura en el razonamiento y el dualismo resultante conducen a que el ser humano está partido. Descartes decía que el hombre es el alma y no el cuerpo. Descartes proponía la existencia de una glándula “pineal” que era como un puente. Leibniz fue más lejos y postuló que Dios tendría una armonía preestablecida: todo estaría pensado y diseñado; y desecha así la idea de libertad. Todo, hasta los sueños, puede calcularse. Ahora bien, si el alma no es libre, entonces cómo argumentar una ética o moral para el alma. Todo sería necesariamente como Leibniz dijo: cómputo y cálculo. Problema resuelto. Pero entonces estaríamos admitiendo que todo el universo, incluyendo al hombre, es una gran maquinaria; cosa que Descartes no quiso aceptar. En todo caso, a nosotros nos parece que, más allá de nuestro desacuerdo con Leibniz, este fue más coherente que Descartes en esto.

  1. LAS TURBULENCIAS DEL MÉTODO DE DESCARTES: LA ÉTICA COMO RESIDUO MARGINAL Y ANTIPOLÍTICA

Volvamos, para terminar esta reflexión, al comienzo de este papel. Al inicio afirmamos que Descartes negaba el vacío como posibilidad. Todo para él está lleno de materia. Pero si todo está lleno de materia, dónde está Dios. Pues necesariamente está más allá de la materia. Es la sustancia primera porque no requiere nada más para ser, para existir. Pero porqué hace falta Dios. Pues porque, recordemos, es el expediente que nos permite salir de la burbuja pensante al que la duda cartesiana nos había llevado. Porque debemos presumir su bondad y poder infinitos que anulan la posibilidad de existencia del genio maligno y nos “garantiza” que el mundo que creo que existe, exista. Si no fuera por este comodín, la duda metodológica nos llevaba a una aporía, un callejón sin salida. ¿No es así? Porque, ¿cómo iba a superarse la burbuja pensante?

Ahora bien, si Dios es un comodín sobrevenido a partir del supuesto carácter  innato de la idea de infinito –supuesto que, como vimos, también es discutible— y el pasaporte del mundo a la realidad depende de este comodín sobrevenido, ¿cómo plantear una ética conectada lógicamente con el resto? Y si no está conectada, ¿cómo explico que el método es unitario y que soporta a una sabiduría unitaria? Por último, ¿cómo sostener que el Ser es Uno? Nos parece que es imposible. Pero si el ser no es uno, no solamente no podemos explicar un Dios Uno, sino que no podemos sostener la unidad de la ciencia y todo el proyecto cartesiano se cae. Todo el proyecto determinista deviene arbitrario. El racionalismo como proyecto de pensar por una vez el cosmos es imposible y más imposible aún si pretende incluir allí el alma  y la ética.

Así pues estamos de cara a una formulación ética de la filosofía de Descartes que no alcanza un cierre satisfactorio, por decir lo menos, y que se halla en plena turbulencia; y este movimiento desestabilizante en el argumento parece provenir desde muy alto. La idea de Dios hace falta para alcanzar abarcar la totalidad, pero su inducción como recurso filosófico desarticula todo. Sin Dios no podrá abarcar la Unidad pero con Él descuadra el sistema. Así, Descartes no pudo explicar al ente humano precisamente por estar constituido por alma y cuerpo, unidos de una manera misteriosa y que Descartes no pudo descifrar. Descartes al afirmar que podía hacerse ciencia de lo corpóreo y de lo pensante, si se lo veía separadamente, pero que, respecto a la unión de los dos, no había nada que hacer, está admitiendo la imposibilidad para siempre de un solo método y de todo el proyecto racionalista.

¿Qué hacer entonces frente al hombre? Bueno, parece que todo quedó reducido para Descartes en los buenos consejos de la experiencia: nos tenemos que olvidar de la ciencia  y sirviéndonos de la vida y de las conversaciones habituales, uno va conociendo al ente humano: uno lo entrevé viendo a la gente en su actuar cotidiano. Se trata pues de una moral subjetiva y desarticulada del proyecto inicial. La última moral cartesiana consistió en una reivindicación de saber, resolución y firmeza como modos de alcanzar la felicidad. Como se ve, un final más bien modesto para una filosofía que aspiraba dominar la naturaleza y dictar sus reglas integrales. Por último, la moral provisional y nos parece que igualmente este resumen en el cual quedó lo que podemos deducir como su ética final, son alegatos contra la acción política como actividad institutiva e instituyente de la sociedad, porque ¿cómo entender de otra forma esa intención estoica de querer cambiarse siempre a sí mismo antes de cambiar la sociedad?

Bibliografía:

Notas de clase: Profesor Alfredo Vallota, Universidad Simón Bolívar, Filosofía Moderna, Programa de Filosofía, enero-junio 2014

Descartes, René (1983), Discurso del método. Reglas para la dirección de la mente, Ediciones Orbis, S.A., Barcelona, España

Héroes del Pensamiento, en la web: https://www.youtube.com/watch?v=FjyMsBHIbBM

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