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25La correspondencia entre la postura filosófica de Cornelius Castoriadis y la investigación científica del biólogo Francisco Varela es sorprendente. El giro que ha tomado la investigación bio-lógica yendo desde las posturas holísticas y reduccionistas originales del siglo XIX, hasta la noción de “autopoiesis” de Maturana y Varela, 1971, tal como explica el propio Varela en la bibliografía de la referencia, casi se podría decir que confirman, si no estuviéramos obligados a ser prudentes con este término, reflexiones que se hallan en la filosofía griega no platónica y que Platón condena con su  círculo psicología/cosmología/ontología. Círculo que, por lo demás, desde entonces domina la corriente principal de la filosofía hasta el siglo XX, cuando Castoriadis la hace estallar a partir de su original reencuentro con la alteridad y la creación.

Desde el título mismo del ensayo de Varela, Autopoiesis y biología de la intencionalidad, se hace ver cómo lo vivo requiere y es requerido por esa “intención” que, incluso, al final del ensayo se siente tentado a llamar “deseo” y que, entendemos, termina engarzando con las significaciones imaginarias de Castoriadis. Todo comienza con la noción de autopoiesis como modo de captar lo “mínimo vivo” y que no se conforma con definir lo vivo como nada más que moléculas, sino que es sobre todo, organización auto-productiva y creación de un entorno con el cual ese organismo se relaciona activamente a partir de su identidad fundamental: es un para-sí.

Varela trabaja “la relación entre autopoiesis y percepción”, como dice desde el principio: de allí el título, enfatiza. Es claro que detrás de la idea de percepción está inmediata la necesidad de comprensión o postulación de una teoría del conocimiento. Ahora bien, ¿cómo concebir una teoría del conocimiento sin una filosofía  u ontología acerca del sujeto y el objeto y sobre la relación entre ambos? Es este un tema central en toda la historia de la filosofía y que Castoriadis va a cuestionar: la filosofía heredada va a postular el ser como determinidad. Se trata, en el fondo, de una determinidad requerida por el racionalismo que le sirve de significación imaginaria central; entonces, contra ambos –determinidad y racionalismo– van a ir las reflexiones de Castoriadis.

La hipótesis de base del biólogo es que lo “mínimo vivo” se hace capaz de constituir una “unidad distinta y limitada”. Pero lo que se destaca es el papel del “proceso” y no las “materialidades”, ni la “enumeración de propiedades” que la constituyen. Lo vivo es proceso y relación y no cosa que aparece y vive. Por lo demás, es, otra vez, proceso co-determinado. Lo vivo es visto como una clase de existencia universal, existencia que para ser comprendida no debe referirse a sus componentes materiales como lo esencial. Esta es la perspectiva autopoiética. Lo autopoiético es sistema y no materialidad: es “un esqueleto bio-lógico” que permite comprender. Está, por otra parte, clara, la analogía con el principio de “campo” de Mach.

Por esta condición lo  vivo no es y no puede ser sin su entorno: ser, entorno y sus relaciones se co-determinan y co-originan; por lo tanto, primero, así entendido, lo vivo no es sólo molécula o estructura, éstas serán condiciones comitentes aunque indispensables, pero –atención– no causas suficientes. Segundo, hay que reconocer identidad entre lo vivo y su entorno. ¿Cómo ocurre esto? Pues porque aquella identidad primaria es luego acción, choque, que origina un “mundo propio”: origina, crea, lo que será su entorno. Una parte del mundo que ahora deviene pertinente. El mundo, como exterioridad, siempre excederá al ser vivo por todas partes, pero el entorno es creación de significado por y para lo vivo. No es y no puede ser sin lo vivo. A la vez, lo vivo será ese entorno auto-creado y engarzado.

La autopoiesis caracteriza lo vivo porque sin lo vivo allí el entorno queda reducido solamente a fenómenos físico-químicos. El ejemplo de Varela es claro: es el acoplamiento entre bacteria y entorno lo que hace que el gradiente de azúcar exista como “significatividad alimenticia”: es perspectiva de la bacteria como unidad. Este entorno, pues, que hace nacer lo vivo es “excedente de significación” precisamente; y es, para Varela, “la madre de la intencionalidad”.

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Ahora bien, ¿qué ve el observador? Ve una entidad actuando desde un centro y con coherencia. Es lo intuitivo. Sin embargo, pregunta Varela, ¿es así? ¿la percepción inicial del observador es correcta? Su respuesta: no. No, porque en realidad todo es completamente contra intuitivo y lo que se percibe no es lo que es. Hay, contrario a lo que parece, muchos “yoes”. Además, con una complicación doble o adicional, porque resulta que en el exterior no hay información: hay algo, sí, una cosa, cosas, hay realidad, pero ésta realidad no informa al ser vivo, sino que es in-formada por lo vivo mismo, desde dentro de lo vivo. Es in-formada por y para un yo. Es inventada. Es creada. Todo esto desmiente desde su raíz todas las teorías del conocimiento basadas en la distinción objeto-sujeto y exige una nueva filosofía de la creación.

La realidad exterior a lo vivo no es algo esperando ser recolectado por el sistema: es invención o, mejor, creación autopoiética: creación de lo vivo. Lo vivo primero se acopla con el exterior a través del entorno que co-crea; luego aparece aquel excedente de “significatividad” desde la perspectiva de la acción global del organismo.

La operación cognitiva de los organismos celulares complejos va a ser para Varela continuación de ese proceso básico inicial. El sistema nervioso se desarrolla, hasta convertirse en red inter neuronal. Neuronas que interconectan otras capas de neuronas que se distribuyen constituyendo conductas mediadas, pero diferentes: diversas áreas neuronales. Son redes. Redes que cooperan o no: hay “ráfagas de cooperación”, dice. La vida cognitiva “no es un flujo constante”. No hay cualidad centralizada de la actividad cognitiva y no hay agente cognitivo. No hay “un” yo cognitivo del sistema nervioso. Ese yo cognitivo es aparente y es resultado de subredes y redes. “Aparece” como distinguido y, a la vez, aparece como acoplado, pero no tiene sede única, por así decir: emerge de un proceso distribuido y complejo, y no tiene ningún parecido a un lenguaje de programación, funcionamiento maquinal y menos aún con el comportamiento lineal. Todo es, en cambio, azaroso y contingente. Entonces, resumiendo, todo es azaroso, contingente y sin supervisión central.

Sorprendentemente, es verdad, la coherencia emerge, pero lo hace gracias a muchos yoes o componentes locales separados, en forma contingente y sin jefe central ni localizado. Aún así, el todo “se comporta como una unidad” y se le aparece “al observador como si hubiera un agente virtual coordinándolo todo desde el centro”. Ahora bien, ¿qué es el entorno que, como vimos, termina engarzándose con lo vivo para co-formarse? Varela afirma: “es aquello que se presta”. Y ¿a qué se presta? Se presta a “un excedente de significatividad”.

Entonces, si, como dijimos, en el exterior no hay información, la implicación de todo esto es que el mundo es ese “mundo sin sentido” que precisamente por eso permite la infinitud de sentidos que lo vivo es capaz de darle, incluidos los “monos parlantes”, incluidos nosotros que respecto a este fin no tendríamos ningún privilegio trascendental. Una tesis, como sabemos, muy cara a Castoriadis. El color, por ejemplo –y es un ejemplo que también usa Castoriadis–, es para Varela el resultado de un “diálogo” y no algo que está ahí y que vemos y mucho menos que todos los seres vivos van a ver y que si ven lo verán de la misma manera. No está en el exterior sino que es formado para cierta particularidad de seres vivos.

Así, pues, lo que hay es extrema subjetividad, tan extrema que da origen a una extrema posibilidad de objetividad: si una especie o género ve siempre o con suficiente regularidad algo que “no es” aparece la posibilidad paradójica de la objetividad. En ver lo que no es se apuntala el “saber” lo que sí es. Es, pues, objetividad que se sustenta en la subjetividad total de lo vivo. Ésta perspectiva sorprendente es de Castoriadis y ahora resulta ratificada por la investigación de Varela.

Surge pues “un mundo convincente”, pero éste es creado. Y remata Varela: no hay “representaciones” ni “modelos” del mundo pues hay exterioridad, pero, repetimos, ésta no dice nada. Dice Varela, “es mejor utilizar el mundo como su propio modelo”. Entonces, ¿qué es una representación? Pues es “la unidad de abstracción errónea a la hora de construir el grueso de un sistema inteligente”. Todo, como ha dicho, completamente contra intuitivo.

Todo esto sugiere una doble dialéctica del organismo. El organismo es central para la ciencia cognoscitiva, porque después de todo es mundo y es, a la vez, quien conoce el mundo. El organismo es, pues, tanto el sujeto como el objeto de la evolución. Es una paradoja co-determinada sustentada en la indeterminación de todo.

Surge el mundo de lo vivo para cada ser vivo, para cada para-sí aparece un “acoplamiento” que es “su” mundo: “leyes físico-químicas para el mundo celular, propiedades físicas macroscópicas para la conducta cognitiva, interacción molecular para el yo inmunológico, intercambio sociolingüístico para nuestros yoes subjetivos.” Sin embargo, no debe deducirse de esto una línea evolutiva y menos aún determinidad.

En este contexto, podemos enumerar aspectos de coincidencia entre ambos autores: las ideas de autonomía, mundo propio, para-sí, clausura, autopoiesis, auto-creación, auto-organización, significatividad y significación: todo entra en el sistema de interpretación del para-sí, sea célula  o sociedad, desde la perspectiva de ese para-sí, “capaz de dar sentido a lo que no son más que masas de objetos físicos”. Hay pues creación de un mundo imaginario “en el sentido fuerte de la palabra”. Esto es, para Castoriadis, representación; siempre, de paso, acompañada de deseo e intención. Además, no hay un ego solo, sin sociedad. Finalmente, el arraigo de lo imaginario con la corporalidad, es algo que ambos comparten y estudian.

¿Dónde ver diferencias o discrepancias entre ambos pensamientos? Pues Varela puede admitir la posibilidad de “objetos técnicos” con emoción. Parece que Castoriadis no. Tampoco están de acuerdo en la noción de emergencia, Varela la cree relativamente formalizable sin conceder nada a lo aleatorio estadístico. Castoriadis no.

Sería  interesante profundizar las referencias que muestran las afinidades y diferencias entre ambos autores: la lectura de un filósofo y un científico coincidiendo en reflexiones de tal trascendencia teórica es un privilegio poco común.

Bibliografía

ES1986C (en línea): Entrevista a Francisco Varela por Ágora International en Cerisy la Salle. 1990 (en francés): http://vimeo.com/27745421.

Sesión de SICA 1 del día 4 de noviembre de 2009, bajo el titulo La sociedad como creación y la noción de obra institucional. En Guía de autoformación de la CICC, en: http://www.agorainternational.org/cicc.pdf.

Castoriadis, C. ES2002A (Conversación entre Cornelius Castoriadis y Francisco Varela, con Katharina von Bulow…p.87).

Castoriadis, C. ES1986B (El descubrimiento de la imaginación).

FR1978B (en línea); Maturana y Varela, La autopoiesis de Maturana (y Varela): ¿Seres sociales o seres individuales?: http://www.johndeweycollege.cl/cms/UPIMGS/archivos/CON_172/_VARELA.pdf.

Autopoiesis y Biología de la Intencionalidad. Francisco Varela. Junio 2003: http://sindominio.net/~xabier/textos/traduccion/varela.pdf.

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