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26.10.2014 05:40 AM Ahora bien, si acaso puede discutirse si la lástima conviene o no en el plano individual, el asunto es mucho más radical en la política

Miguel Aponte

Desde Caracas.- Nos preguntan cómo podemos llamar al encuadre autoritario del régimen chavista “Economía de la Compasión”, ¿cómo aplicar el término “compasión” al “autoritarismo”? ¿Cómo conectar términos tan divorciados? Vamos con esto. La compasión tiene, es verdad, una deriva aparentemente positiva, aquella que nos llama a solidarizarnos con quien padece. Esto es válido, quizá, en el plano individual. La compasión es la base de la filantropía. Nuestra crítica a tal cosa es que muchas veces esconde el velado propósito de mantener lo que la motiva. Se basa en un oscuro sentimiento de falsa superioridad que no compartimos. Es todo. La prueba de fuego para demostrar que tal sentimiento de compasión o lástima es ilegítimo consiste en preguntarnos ¿nos gustaría producirla? Seguramente no. La única lástima sana es la que desea eliminarse junto con lo que la causa. Otra cosa es la solidaridad o la amistad, aquello que los griegos llamaron “philía”. Esta se entendía como sentimiento entre “iguales”.

Ahora bien, si acaso puede discutirse si la lástima conviene o no en el plano individual, el asunto es mucho más radical en la política. Cuando la lástima invade este campo empezamos mal porque la filantropía sustituye a la política y el político deviene en “salvador”. Entonces la degradación es inevitable. En nuestro medio latino, muchos políticos pasados y actuales basan su actuación en un discurso populista de “amor al pueblo”, lo que ha justificado los peores destrozos a nuestras sociedades, ¿o no es esto lo que estamos viviendo con este socialismo del SXXI? Pero atención, la costumbre de besar viejitas, cargar niñitos y de “amar a los pobres” no vino solamente con Chávez y Maduro, es una tradición. Tampoco en esto este “socialismo” innova nada. Nuestra opinión es que esta vergonzosa tradición debe superarse si deseamos algún día aspirar a la modernidad. Lo que debemos fomentar es la solidaridad entre iguales y esos iguales son “ciudadanos”; que sean pobres o no, por ejemplo, es una contingencia que  la política se tiene que proponer superar. A la pobreza, la injusticia y la desigualdad las vemos como asuntos políticos y no de buenos sentimientos o intenciones. Jaume Perich lo dijo genialmente: “La caridad es la única virtud que precisa de la injusticia”.

El Socialismo del SXXI dice “amar” a los pobres, pero ese supuesto amor esconde en realidad una vil estafa. Todo su discurso se monta en la idea de hacer que los pobres sigan allí para siempre mientras “sus líderes” confiscan el poder, también para siempre. Para nosotros, en cambio, la verdadera política no consiste en “cuidar” a los pobres, éstos, como cualquier adulto sano, saben cuidarse y superarse a sí mismos. Se trata, en cambio, de promover la democracia en la decisión de los asuntos públicos y la mayor participación y movilidad social de los ciudadanos; y de trabajar para que todos podamos tener un proyecto de vida y la oportunidad real de realizarlo responsablemente sin miedo ni tutelajes de nadie. Fin de la serie. Próxima: Economía Política de la Democracia.

TAGS: Las profesiones imposibles

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