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10.08.2014 05:15 AM

Debemos ver la política como aquella actividad de todos que reflexiona sobre sí misma y los asuntos colectivos de la sociedad

 

Miguel Aponte

Desde Caracas.- La representación es esencialmente no democrática y, en cambio, es oligárquica, pues de acuerdo con “su” lógica se elige al “mejor”. ¿No es así? El hecho de que a la larga el “mecanismo” conduzca a elegir al peor es precisamente lo que hay que discutir. El asunto es complejo: ¿en verdad se postulan los mejores? ¿Por qué se degrada este proceso y la representación termina en manos de cualquiera? Aquel que desarrolla los mejores talentos para “ser elegido”, ¿están desarrollando los que se requieren “para gobernar”? ¿Todos los recursos son igualmente válidos: demagogia, adulancia, etc? Todo esto es muy problemático, ¿no le parece? Nuestra opinión es que la representación, donde sea inevitable, tiene que replantearse porque es insuficiente y peligrosa: hay que cuestionarla.

Aquí es indispensable otra consideración y es que no hay que ver la política como una actividad que sólo sirve para la intriga de “políticos“, “intelectuales” o “expertos”. Esto es un grave error. Debemos ver la política como aquella actividad de todos que reflexiona sobre sí misma y los asuntos colectivos de la sociedad. Es, por tanto, trabajo de todos.

Ahora bien, si es acción colectiva, ¿cómo dejarla para siempre en manos de los mismos? El problema es que la representatividad “profesionaliza” la política, la hace asunto de “especialistas” y si, además, como hicimos en Venezuela, permitimos la reelección indefinida, la desgracia se ha completado. El verdadero desafío de la democracia en este siglo es superar la representatividad. Es necesario encontrar mecanismos mediante los cuales la gente se auto-gobierne y haga política: de esto es de lo que se trata.

Es indispensable que el ciudadano se ocupe de sus asuntos, reaprenda y reaprecie la política. Hemos diabolizado la cosa pública. Nuestra idea de lo que “es” político es un desecho lamentable, no la política sino nuestras ideas sobre ella. Las acciones surgirán de seguro si se replantea el asunto y confiamos en la comunidad. Lo primero a vencer, por tanto, es el prejuicio contra la política y luego vencer la idea, propiamente antipolítica, de que la representatividad es insuperable. Esto nos lleva a la educación. En el nivel que estamos planteando el asunto, la educación ciudadana es indispensable: se trata de formar ciudadanos dispuestos a aprehender y defender la libertad individual y colectiva.

La diferencia está en que la libertad no se enseña como la aritmética, sino que se aprende ejerciendo actos libres. Nadie puede tomar un curso de “autonomía” para después “ser” autónomo, nada de eso: se aprende mientras se hace. Se hace en la acción individual y colectiva y la acción colectiva es cosa pública. Es a esa comunidad activa a quien corresponde crear las condiciones de esa acción. No se trata de eliminar toda representación –algo, por lo demás, imposible– sino de superar la creencia funcionalista e ingenua de que ella resuelve todo y someterla a reglas de revocación, rotación y sustitución, entre otras, basadas en la actuación ciudadana y no en supuestos profesionales. Continuará.

http://eltiempo.com.ve/opinion/columnistas/la-representacion-no-representa/149821

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