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08.06.2014 05:09 AM 
“La democracia o está en manos de la gente, nosotros, este colectivo anónimo que somos los ciudadanos; o resultará embargada por los miedos, el comunitarismo esencialista”

Miguel Aponte

Desde Caracas.– La democracia es el régimen de la reflexión colectiva. Dado que en política no hay “verdades absolutas” ni tampoco genios de la totalidad social, la democracia confía y reposa en la capacidad de todos de participar en los asuntos de todos. ¿Existe ese territorio que denominamos “lo público”? Si la respuesta es sí, entonces, ¿quién va a ocuparse de “eso” si no es la “comunidad política”? Cualquier alternativa conduce a justificar la vocación autoritaria que también existe y siempre está allí. Medítelo y verá. Entonces, el problema que enfrenta la sociedad moderna es cómo articularse sin socavar la democracia. ¿Por qué? Porque pegada a la democracia está el «mayor bien de todos»: la libertad.

Ahora bien, la democracia y la libertad están en peligro siempre. Fíjese usted en las recientes elecciones parlamentarias europeas. Sólo crecieron las tendencias extremistas antidemocráticas, antieuropeas, anticosmopolitas, nacionalistas, xenófobas, fascistas e incluso pronazis, populistas, narcisistas, excluyentes y “patriotistas.” ¿Cuál es el núcleo de sus tesis? Nosotros, dicen, estaríamos bien si no existieran los “otros.” La conclusión es de una simpleza eichmanniana: eliminemos a los otros. ¿Cómo es que la gente termina en este protofascismo?

Pues bien, la cosa comienza con la antipolítica, el empeño en la representación cuando esta no cabe, la burocratización de los profesionales de la política y el desplazamiento y exclusión de la comunidad, el pretendido afán por privatizar lo público. Cuando empezamos a querer sustituir la política por la administración y la gerencia, a confundir la política con la ciencia y la técnica. Cuántas veces no hemos dicho: ¡Lo que falta es un buen gerente! Y, nunca falta quien añada: ¡Con carácter! Pues bien, confundimos y pretendemos una sustitución imposible si además deseamos mantener la democracia y la libertad que le es consustancial. Nos engañamos. La democracia o está en manos de la gente, nosotros, este colectivo anónimo que somos los ciudadanos; o resultará embargada por los miedos, el comunitarismo esencialista y provinciano que se niega siempre a verse en el gran contexto, que prefiere la reducción fanática. Por eso la democracia es una Paideia, educación ciudadana acompañada de amor por la libertad. Y el problema es que esta Paideia no está garantizada. Al contrario, Freud mostró que la tendencia humana es a permanecer en la identidad y la repetición.

El problema es prepolítico e incluso psíquico. El ser humano puede acceder a la autonomía, pero tendrá que aprenderla ejerciéndola. Tal ejercicio requiere afecto porque fabrica el hábito de la libertad a través del esfuerzo continuado; la libertad necesita pues ser querida, deseada, amada. El problema moderno de la democracia y la libertad reside en que nos hemos convencido de que ambas consisten en que cada uno se retire a atender   sus “propios” asuntos; y este “combo ideológico” se ha completado con la falsa idea de que lo público no existe o es un estorbo del que sólo especialistas deben ocuparse. Continuará.

http://eltiempo.com.ve/opinion/columnistas/la-democracia-lo-publico-y-lo-privado/141752

 

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