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Es moda hoy adjetivar la democracia: es “representativa” para los liberales o “participativa y protagónica” para el llamado Socialismo del Siglo XXI (SSXXI), que nos interesa particularmente porque en algún momento se vendió como la “fórmula” socialista para el nuevo siglo y, sobre todo, porque por ahora se vive en nuestro país, Venezuela. La etiqueta denuncia su falta, decimos. Un análisis de los antecedentes de esta problemática está tratada en este aporte. Se trata de ver cómo significaciones que creemos “eternas” son realmente engaños modernos y cómo lo moderno no necesariamente es desarrollo. Veamos.

En la antigüedad de la tradición occidental, en Grecia, aquella democracia no concebía algunas figuras o instituciones sin las que hoy en día, para los modernos, es imposible dar forma el régimen democrático. Formas de ser y hacer actuales que habrían resultado impensables para los antiguos. Es algo sorprendente y que nos dice que ambas democracias son muy diferentes. La democracia antes se trataba del poder y la soberanía de una colectividad libre; y, superficialmente, diríamos que es esto lo generalmente aceptado por todos hoy, nos referimos a liberales y marxistas. Pero al indagar más a fondo vamos a encontrar que con la misma definición antiguos y modernos están designando en verdad cosas muy diferentes.

Antes de iniciar, digamos que los despotismos orientales están fuera de nuestro análisis porque su constitución de entrada, su institución, no solamente no responde a este principio del poder del pueblo, sino que y sobre todo porque no se cuestiona tal institución. En estos no hay la pregunta ¿por qué estás instituciones y no otras? Excluimos también a sociedades que aunque asumen que “el gobierno es (sea) del pueblo”, no lo hacen de manera explícita y no cuestionan la “institución original” que de alguna manera es institución heterónoma y no autónoma: lo dijeron nuestros ancestros o nuestros dioses, etc. Ninguna teocracia diría que su gobierno no es del pueblo, pero todo se dicta desde la interpretación canónica de sus dioses y sus libros sagrados que no son modificables.

El asunto del cuestionamiento es crucial porque conduce a reconocer que es la colectividad  misma la que auto-crea la institución; además, porque esta actitud postula el carácter relativo y no absoluto del asunto: si no hay ley sagrada ni natural ni social ni herencia incuestionable es porque el demos responde y nadie más. Este era el punto para los antiguos griegos y así lo asumieron. Y este movimiento comienza en el siglo VIII antes de Cristo, mucho antes del nacimiento de la democracia como tal, que fue uno de sus productos. A este movimiento lo reconocemos como “autonomía”: el proyecto de una comunidad que hace sus leyes y responde por ellas sin auxilios heterónomos.

Ahora bien, esas figuras que existen en la modernidad y que no eran ni pensables en la antigüedad son los “representantes”, alguien que asume por delegación la capacidad de hablar y decidir por el demos; los expertos, que se transforman en conocedores universales o generales de lo político; y el Estado, su consecuencia más notable, como una entidad que se opone al pueblo e invierte la soberanía porque es él quien delega al ciudadano y le “garantiza” cosas, etc. Dijimos que este esquema moderno, propio del liberalismo, atrapado en su propio planteamiento termina en ciertas instituciones “fundamentales” y que damos por intocables; son las siguientes:

a) La separación de poderes: legislativo, judicial y ejecutivo.

b) La sociedad civil, como entidad aparte.

c) El mercado como entidad “autónoma”.

d) Los “derechos universales del hombre”.

Banksy FunnyStreetArt 04

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El liberalismo, además, termina por esta vía concibiendo una idea muy extraña: que la práctica capitalista es consustancialmente un género ligado a la idea de democracia y las libertades generales. Argumenta que si hay capitalismo, necesariamente devendrá la sociedad libre. Como un axioma. Pero ahí está el siglo XX para refutar esto con innumerables ejemplos: China hoy, Corea del Sur –capitalismos impuestos por regímenes autoritarios, el primero de “izquierda” y el segundo de “derecha”–, pero también todas las dictaduras, otra vez de derecha o izquierda, que “protegen” la propiedad y son dictaduras. Están además las relaciones internacionales en las que vemos cómo las naciones “liberales” se aprovechan de regímenes autoritarios y no democráticos para promover su propia prosperidad capitalista sin importar que en esos pueblos no haya la más mínima libertad, etc. Por último, están las mismas “democracias representativas” modernas que son realmente oligarquías y no son democracias directas y reales.

Pues bien, esas figuras: representantes, expertos y Estado no existían, insistimos, ni eran concebibles en la Grecia antigua. Entonces, ¿cómo se articulaban aquellas democracias? ¿con qué instituciones? Están Esparta y Atenas como expresión de auto-institución pero que eran a la vez muy distintas. Nos interesa especialmente el caso ateniense porque fue allí donde la creación de la democracia alcanzó su mayor evolución dentro del mundo antiguo. Pero, rápidamente, veamos antes Esparta.

Esparta es un caso muy importante, pero oscuro. La manera en que ellos mismos se concibieron los hizo así. Por lo tanto, no hay unanimidad. Sus instituciones formales eran las siguientes: dos reyes, uno militar y otro religioso, ya de entrada curioso para la mentalidad posterior. Luego, está la Gerousía, Consejo de Ancianos, especie de senado; después está la Apella o Asamblea de hombres libres, que reúne a los hoplitas o ciudadanos: se trata del guerrero que combate y se considera hombre libre; luego los Éforos, Colegio de cinco magistrados; y, por último, los Ilotas o esclavos más bien parecidos a la figura de la servidumbre medioeval. Todo esto comienza en la primera mitad del siglo VII a.C., y hay discusión: Licurgo la coloca antes. Un aspecto interesante es que su esquema no se modifica por quinientos años. En ese sentido, podemos decir que no hay “creación histórica” posterior.

Los reyes y/o los éforos discuten y proponen a la apella y ésta decide por aclamación, atención, muy interesante, la comunidad gobernada grita, entonces los éforos deben decidir qué opción es la elegida. No se vota, no se cuenta. En este esquema, ¿cómo garantizar que hubo de verdad mayoría? Recordemos el caso del éforo Estenelaidas en el año 431 a.C., relatado por Tucídides en su “Historia de la guerra del Peloponeso”: cuenta que antes de iniciar la guerra Estenelaidas no puede oir bien qué quiere la Asamblea y pide que se agrupen por separado. Es una forma muy vulnerable o en todo caso más que el voto individual. Aunque el demos se manifiesta, Esparta es más bien una oligarquía, porque los son los Éforos quienes discuten y deciden qué llevar a la elección de la Asamblea. Pero hay nomos, ley, que regula y constituye a la ciudad. No es un déspota o rey absoluto por herencia divina u otra. Hay una comunidad de iguales –homoioi–. Se distribuyen las tierras y apuntan a la igualdad entre ellos.

En el caso de Atenas, el inicio del proceso democrático se sitúa igualmente en el siglo VII a.C., llamado “Siglo de las reformas” (William George Forrest, “La democracia griega: trayectoria política del 800 al 400 a. de J.C.”, Madrid, Guadarrama, 1966). Las aristocracias preexistentes se derrumban o son derrocadas por los ciudadanos y aparece la figura del hoplita, ciudadano guerrero: puede comprar su armamento “pesado” y participar en la falange: formación colectiva de batalla que sustituye al combate singular o monomakhía.

Es todo un periodo convulso, aparece la figura del Týrannos, pero es nombrado por el pueblo o con su apoyo. En Atenas en el año 680 a.C., se eligen tesmotetes, legisladores, de entre los arcontes. En el año 620 a.C, se designa el primer legislador: es Dracón. En el 596/594 a.C., entra el arcontado de Solón que introduce el “Consejo de los Eupátridas” y el primer tribunal del pueblo, la Heliaia, “que excluía a los más pobres”. Su reforma consistió en la creación de una timocracia, porque define los derechos políticos a partir de la riqueza de cada cual; en general, la reforma fue la siguiente:

Primero estaban los pentakosíomédimnoi que obtenían ingresos equivalentes superiores a 500 medimnos o medidas de trigo, un medimno equivale a 50 litros actuales. Segundo, los hippeís, los caballeros, que podían mantener un caballo para ir a la guerra. Tercero, los hoplitas, la gran mayoría, su ingreso les permite tener armas y participar como soldados de infantería. Son los ciudadanos. Defienden y afirman a la comunidad política. Cuarto y último, los tetes, no ganan para comprar y mantener sus armas. No siempre participaron en la guerra o lo hacían como psilói, a pie, con arcos y hondas. Luego en las guerras del mar dirigidos por Temístocles se harán importantes: hablamos de las batallas de Marathón y Salamina.

Pero además Solón produce alrededor del año 596 a.C, una reforma económica muy importante, la seisákhtheia, aboliendo las deudas y la servidumbre por deuda. Todo ocurre muy rápido pero, atención, no de manera lineal. Para el año 580 a.C., en las islas Eolias (actual Lípari) se instaura un régimen que podría llamarse el primer régimen comunista, duró cuatro años y hay poca información. En el año 570 a.C., aparece un Consejo del Demos, boulé demosié, que es nombrado por el pueblo y decide sobre todos los asuntos importantes.

Todo esto va evolucionando hasta que en el año 508 a.C., cuando se produce la revolución de Clístenes y se instaura un verdadero derecho público democrático. Se trata de la Reforma de Efialtes. Las últimas restricciones al demos se suprimen. La democracia va a durar hasta la invasión de Filipo de Macedonia en el 338 a.C. Pero la época de verdadera creación concluye en los años 404/403 a.C., con la derrota final de Atenas en la Guerra del Peloponeso frente a los espartanos: se instaura por los espartanos un régimen aristocrático, los Treinta Tiranos, pero que es derrocado a los meses por Trasíbulo.

En Atenas se define la colectividad política como la de “adultos, varones, libres”. El principio es que todos deben participar. Entonces, crean disposiciones legales e institucionales formales: la Eklessía, Asamblea del Pueblo: vota las leyes, participan todos. Todos tienen derecho a hablar y proponer o defender una posición. Se realizan en días fijos. La Boulé o Consejo, lo forman 500 ciudadanos elegidos por sorteo, atención con este sistema, el Consejo examina las propuestas y hace la agenda de la Eklessía. En el siglo IV queda abolida, tal como cuenta Aristóteles en su “Constitución de los atenienses”. Están también los Tribunales o Jurados, porque “prestan juramento antes de administrar justicia”, cuyos miembros se eligen igualmente por sorteo. La Heliaia, el más famoso, estaba formado por 501 ciudadanos, pero los hubo de 1.001 y 1.501. Están las Magistraturas Fijas, elegidas también por sorteo. Designan a los nueve Arcontes, cargos más o menos simbólicos, herencia de los siglos anteriores, VII y VI a.C. finalmente, estaban los Expertos, que eran elegidos entre los Magistrados. Entre estos está el puesto de Estratega, Jefe de Guerra, son diez y se eligen entre todos los ciudadanos. Atención, todos los puestos electivos eran revocables. Sus titulares podían ser despedidos en cualquier momento por la Eklessía, aún estando en pleno ejercicio de sus funciones, podían acusarlos y hasta condenarlos en cualquier momento.

Ahora bien, además de estas instituciones formales y concretas, hubo otras que podemos llamar informales pero que incluso podían llegar a formar parte del cuerpo de leyes. Veamos: la participación se promovía por la Isegoría. Ésta estaba garantizada por ley. Se trata de la igualdad en el derecho de palabra. La Parrhesía, el principio de “hablar franco”. No estaba establecida por ley, pero se daba por sentada. La Atimía, el deshonor, que privaba de derechos cívicos y se aplicaba a los oportunistas –ver Solón y también Pericles en la Oración Fúnebre– . Es útil revisar algunas partes de la Oración Fúnebre, entre otras cosas decía:

“Consideramos que quienes no se interesan en los asuntos comunes son personas no tranquilas, sino absolutamente inútiles, parásitos desde el punto de vista de la ciudad.”

También se promovía la participación a través del salario dikástico o heliástico; y el salario eklessiastico. Se trataba de un pago por participar para los campesinos pobres o artesanos para compensarlos por las pérdidas que sufrían abandonando sus actividades. Algo muy importante, respecto a las formas de nombramiento: los métodos más usados eran el sorteo y la rotación. La elección se usó, pero en forma más limitada y siempre sometida a revocación.

Con la reforma de Pericles se reagrupan las clases mencionadas arriba en diez tribus. Se dispuso que por rotación cada tribu ejercería las Magistraturas por treinta y seis días. En ese periodo se echa a suerte el nombramiento de 30 miembros de la tribu a cargo y cada uno de estos será Pritanos, es decir, que ejercían colectivamente la presidencia de la Eklessía y de la Boulé, por un día: por 24 horas cada uno tiene el sello de la ciudad y la representa. Cualquier ciudadano era designable en este cargo. Atención, hay que darse cuenta que este cargo equivalía a la Presidencia de la República que ellos llamaban Epistates ton prytaneon. Sócrates fue Pritano en varias oportunidades, por ejemplo. Teniendo en cuenta las magistraturas, la boulé y los jurados, cada ciudadano podía ejercer la función pública al menos dos veces en su vida.

Hay que discutir también el funcionamiento de los Jurados o Tribunales. Muy diferentes a los jurados modernos. Hoy en día se emiten juicios sobre “actos” previamente enmarcados en el auto de acusación que no realiza el jurado. Antes no. Había que saber y decidir sobre los asuntos de facto (de hecho) y también de juris (de derecho). Comentar las cuestiones de hecho y de derecho.

¿Qué configura todo esto? Pues una sociedad en la que los ciudadanos manejan sus asuntos: una democracia directa.

Bibliografía:

Castoriadis, Cornelius (2012), La ciudad y las leyes: Lo que hace a Grecia, 2. Seminarios 1983 – 1984. La creación humana II, FCE, Argentina.

— (2006), Lo que hace a Grecia, 1. De Homero a Heráclito. Seminarios 1982 – 1983, La creación humana II, FCE, Argentina.

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