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Por Miguel Aponte

 

Recientemente el gobierno chino promulgó una ley obligando a los periodistas a realizar “cursos de marxismo” como requisito para ejercer la profesión en ese país. El año pasado en Venezuela, el gobierno chavista introdujo en la discusión sindical universitaria un proyecto de contrato “único” que sometía al profesor a enseñar “socialismo” como requisito indispensable para realizar su trabajo. Este intento se frustró, aunque es seguro que siguen esperando la oportunidad para imponerlo. Revise el nuevo currículo y la Colección Bicentenaria que propone el gobierno para la educación primaria y verá la misma intención: convertir la educación en doctrina socialista. Basura ideológica, pues.

 

Estas medidas expresan todo lo que el socialismo del siglo xxi tiene para ofrecerle al mundo: autoritarismo, simplificación y mediocridad en forma de “manuales de conducta”; y, claro, la represión correspondiente para los inadaptados a quienes nos limpiarían del terreno ya, si se lo permitiéramos.

 

El marxismo perdió la vocación democrática, si es que alguna vez la tuvo. La pregunta es: ¿por qué este proyecto siempre se pervierte y termina convertido en una casta corrupta que somete por la fuerza al resto de la población? Una respuesta nos la sugiere Nietzsche, cuando advertía que “las convicciones son enemigos más peligrosos de la verdad que las mentiras”.

 

Los marxistas creen que poseen el catecismo universal de la sociedad. Este es el punto que liquida todas sus posibilidades. Perdieron de vista que, como decía Montaigne, “nada parece verdadero, que no pueda ser falso”; por eso en política la única vía es la discusión democrática donde además se debe admitir que “mi verdad” sea rechazada, cosa que obligatoriamente ocurrirá, pues, ¿quién puede tener la razón para siempre?

 

Quieren ignorar que en política no hay verdades eternas y que por eso la bondad de cualquier sistema político reside en saber tolerar la disidencia y al otro y aprender a aprender, aprender a reconocer los errores y corregirlos; y esta obviedad constituye la desgracia histórica de los marxistas: no pueden, no saben corregir porque están ciegos frente a  sus propias razones. Esta actitud es equivalente a una fijación religiosa, pues en efecto mantienen una relación alienada frente sus propias creencias: sacerdotes sin sotana, pero con fusil.

 

¿Qué significa esto? Que no son capaces de auto cuestionamiento. La actitud religiosa se demuestra en sus “creencias ciegas” y en su “maniqueísmo”, esa manía enfermiza que consiste en ver al mundo dividido entre buenos y malos, que los lleva a tomar cualquier crítica como traición y a condenar y castigar cualquier disidencia: que los lleva, en fin, a momificarse.

 

Al reducir la política a dogma, especie de verdad revelada que “debe imponerse”, el resultado inevitable es la aparición de esa costra gobernante -eterna peste comunista- que va a querer erigirse en su único representante válido; y, otra vez, para siempre: verdaderas momias con su secuela de miseria y esclavitud. ¿Es esto lo que queremos para Venezuela?

 

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