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Lo público y lo privado

La idea  moderna de que lo público y lo privado se oponen o se excluyen es absurda. Pues, ¿cómo pensar a un individuo sin sociedad? Y, al reves, ¿cómo imaginar una sociedad sin individuos? Lo público es inherente a lo privado y por lo tanto inseparable. Las dos más famosas opciones socio políticas de la modernidad, el liberalismo y el marxismo, se debaten inútilmente en este dilema falso. No entienden o han perdido la pista para captar la polaridad sin contradicción que hay en la situación. No entender que el progreso no puede ser de ninguna manera algo garantizado y que no siempre y automáticamente todo lo moderno es superior, son otros dos complejos que impiden entender. Así, en esta trampa cae la idea de democracia cuando se deja secuestrar por estos dos discursos, como si no fuera posible pensar nada diferente a lo que digan liberales o marxistas. No es verdad, es una trampa. Veamos.

 No hay progreso entre la democracia antigua y la moderna, al contrario, hay degeneración. La creencia de que algo es mejor -las instituciones políticas, por ejemplo- porque es posterior, es una idea liberal-positivista que se rinde a la supuesta evidencia de varios prejuicios, veamos: la creencia ciega en una linea ascendente de progreso, la idea de que hay “sabedores de la totalidad” y que la política y los asuntos públicos deben ser manejados por representantes, “profesionales” y no por la comunidad, la idea de que el partido sustituye necesariamente a la comunidad política, la idea de que la figura del Estado es ineliminable, la idea de que el ciudadano común es incompetente para manejar sus asuntos, la idea de que la defensa de la libertad puede delegarse, la idea de que la libertad es solo un ejercicio privado de derechos inalienables y, especialmente, que no tiene nada que ver con lo público. Nótese bien que todos son prejuicios liberales en su origen y constitución, hoy convertidos en “instituciones” indiscutidas e indiscutibles. Entonces, nos surge la primera pregunta, ¿cómo es que van a ser también “instituciones” democráticas?

Alexey Titarenko 00 Vía IdWork

Cuando despreciamos la historia simplemente porque creemos que fue superada e ignoramos sus enseñanzas, estamos presumiendo de facto que lo moderno absorbe y supera al pasado y esto también es falso. Además, y más grave, creemos que si se conquista algo está automáticamente garantizado: se logró y ya está. Esto es absurdo y casi ridículo: algo logrado puede perderse, ha pasado miles de veces y seguirá ocurriendo.

Creer que la crítica y el cuestionamiento son improcedentes y que ejercerlos es abonar el terreno al enemigo es, en el fondo, despreciar la capacidad de la comunidad política y caer inevitablemente en la representación burocrática, pues de esta manera, ¿quién tendrá el derecho a la crítica si no es el mismo que ejerce el poder? Ahora bien, ¿quién en el poder va a aceptar el verdadero cuestionamiento?, ¿y si, además, este poder es irrevocable, qué? Esto es, otra vez, creer en elegidos o santos o en la superioridad divina de los líderes. Nadie se equivocará más que un líder dejado de su cuenta para siempre y no hay nada más negador de la autonomía y la comunidad política que esto. En todo caso, si la comunidad se equivoca, es ella quien debe corregir y la delegación de este poder -que es ´infrapoder´- será siempre una nueva servidumbre, cualquiera que sea la etiqueta que se use: liberal-burguesa o “revolucionaria”.

La izquierda “moderna” -lamentablemente mayoritaria- ha abandonado la reflexión y decidido adherir a casi cualquier cosa en nombre de la “revolución”, que en realidad es en nombre del poder. ¿A dónde conducirá inevitablemente todo lo anterior? Una sola frase resume nuestra conclusión: el fin va a terminar justificando cualquier medio y la atrocidad va a terminar imponiéndose. Porque si cualquier medio está justificado, entonces el engaño, la manipulación, el chantaje y hasta la tortura estarán permitidos. En “Macbeth”, la gran obra de Shakespeare, en un momento de locura desatada, cuando ya se encuentra lanzado al abismo y al caos, Macbeth se decía a sí mismo “ahora estoy dispuesto a saber lo peor por los peores medios” y pronto se vio haciendo lo peor por los peores medios para mantenerse en el poder: para aquel que crea que esto es solo literatura, recuerde cuántas veces esto se ha repetido en la realidad y pregúntese ¿por qué cualquiera de nosotros no caería en esta misma posesión criminal por mantener una idea fija y alienarse a ella?

Por eso todas esas “evidencias” son en realidad taras del pensamiento y deben ser y serán recusadas si se abandona el peor de todos los prejuicios: la idea de que la libertad de la comunidad política es imposible, el miedo a ser libres, sin regresos religiosos y positivistas.

La democracia no tiene ninguna relación axiomática ni sustancial con el liberalismo ni con el marxismo. Estos son más bien discursos que han querido apropiarse de la idea de democracia y lo que han hecho es pervertirla, traicionarla. La idea de democracia se origina más bien en otra captación social que es la autonomía. Aquella comunidad que decide convenir sus leyes, crearlas, modificarlas, suprimirlas, cambiarlas, con la participación de la “comunidad política”, ese colectivo anónimo pero muy efectivo que es la misma sociedad y sus instituciones. Las preguntas esenciales de la democracia y la autonomía no son si debe o no haber propiedad privada o si lo económico debe privar sobre el resto de lo social, y esto porque la democracia no puede ser “determinista”, sino el resultado del consenso que por sí mismo es alterable.

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