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Nuestro comentario:
La economía política dejó de existir para el establecimiento académico actual y dio paso a diversas formas de ingeniería científica donde ya no está la reflexión original que habían propuesto los clásicos -Smith, Ricardo y Marx, y antes los fisiócratas con Quesnay e incluso mucho antes con Platón y Aristóteles-, cuyas intuiciones y preocupaciones acerca de los problemas pertinentes estuvieron sustancialmente más ligados al problema humano visto en una perspectiva trágica respecto al caos y la indeterminación. Walter Benjamin -no economista, por supuesto- nos permite captar el asunto cuando nos dice que “el hombre escribe su historia, pero (aunque) no sabe la historia que escribe”. No es un problema poético y tampoco racional -aunque se preste, obviamente- y he allí la complejidad cuyo rastro hemos perdido los modernos. No hay teoría en la tradición heredada que pueda captar esto sin determinismos y/o regresos religiosos. Lo humano se apuntala en la naturaleza, pero la naturaleza no lo agota. Ese es el punto difícil.
La adversidad crea extraños compañeros Vía www.CulturaInquieta.com

La adversidad crea extraños compañeros Vía http://www.CulturaInquieta.com

Se trata de la libertad humana, característica de este sorprendente animal que somos: apuntalamiento natural y emergencia de la alteridad, a la vez, que se expresa en la aparición de la imaginación radical y luego en todo lo que hubo de venir y sigue. Esta torsión del pensamiento económico no es nueva, sin embargo, sino que parte de un legado muy antiguo cuya nobleza y aportes no pueden ser desestimados, pero que habiendo agotado sus posibilidades, desde hace tiempo forma parte del discurso fracasado de la modernidad; para colmo, mal digerido por muchas otras tendencias de la posmodernidad. Se trata del racionalismo determinista igualmente fundado en Grecia por Parménides y catapultado por Platón y que obtiene sus cotas más altas con Descartes y sus amigos varios siglos después, hasta su culminación con Hegel y Marx.

Para volver a la economía, digamos que el impulso de la reflexión clásica terminó cediendo ante el ataque marginalista matematizante. Fue Marshall el encargado de consolidar el ataque -que se inició en el siglo xix-. Es notorio que para Marshall ya no debía hablarse de “Economía Política” sino de “Economía”. Otros economistas, como Keynes, Sraffa, Robinson, vieron las inconsistencias del edificio marginalista, pero su predominio permanece aún. Es así como vemos la economía infiltrada con la biología, la química y hasta con las leyes de la herencia. Nada de esta infiltración es necesariamente mala, pero su inspiración está pervertida, pues todos los intentos se encuadran dentro de la tradición racionalista-determinista. Este es su sello y su tragedia. Están condenados pues a no entender.

La neuroeconomía es otra hija positivista de esta tendencia de moda. Los investigadores tratan de encontrar “determinantes” últimos -ahora en el cerebro- para poder encapsular al ser humano. Su ámbito de preocupaciones se reduce a los mercados, la mercadotecnia, los precios, la oferta y la demanda e intentan darle un sello final a la discusión. Como si la economía sólo se redujera a eso. Pretenden descubrir cómo se toman las decisiones reduciendo el caos subyacente y la alteridad a meros comportamientos estadísticos. Son ejercicios apasionantes y seguramente dejarán cosas positivas, pero su sello es el racionalismo determinista. La libertad y el misterio del caos cede ante el ego científico. Son aportes muy interesantes aunque su exceso se parece más bien a la metáfora de Frankenstein que a una reflexión con sentido. Nuestra opinión es que el camino de la ciencia económica no es por ahí. Volveremos sobre este punto, pero entre tanto, podemos disfrutar este artículo muy a la moda:

Los límites del cerebro para predecir tendencias de la economía
Por Carlos Acuña Castroviejo (1)
En decisiones económicas los ciudadanos creen que siguen conductas bien establecidas y racionales, pero es su propio cerebro quien marca las pautas de sus hábitos de consumoPor Carlos Acuña CastroviejoEl Premio 2013 del Sveriges Riksbank en Ciencias Económicas en
recuerdo de Alfred Nobel recae este año en tres economistas: dos con
planteamientos opuestos pero que reflejan el comportamiento de la
economía real, Eugene F. Fama y Robert J. Shiller; y Lars P. Hansen. Sus
trabajos han mostrado que aunque la evolución de los precios es difícil de
predecir a corto plazo, puede predecirse a largo plazo y este
comportamiento puede modelarse matemáticamente. El análisis del
precio de los activos importa porque a los ciudadanos nos permite decidir
cómo ahorrar. Y a los gobiernos, cómo estimular la economía.Los trabajos de los premiados revelan como las personas,
individualmente o colectivamente toman decisiones económicas en
ambientes complejos. Pero las decisiones las toma el cerebro y
empezamos a conocer los mecanismos cerebrales implicados.
La conducta de la toma de decisiones es parte de nuestra vida diaria.
Puede implicar recibir el mayor beneficio monetario o material, o
solamente una satisfacción emocional. En los últimos años, se han
diseñado juegos de toma de decisiones en materia económica para que las
ejecuten tanto el hombre como los monos en el laboratorio. Desde luego
que los monos no utilizan dinero ni hacen transacciones monetarias, pero
buscan optimizar sus estrategias de conducta para tomar decisiones
sobre comer o beber que les aporten el mayor beneficio.Utilizando la teoría económica, la neuroeconomía permite describir
matemáticamente la conducta de ambas especies y los procesos que
ocurren en sus cerebros cuando se enfrentan a decisiones económicas.La
conducta es probabilística, porque nuestro cerebro no siempre responde
de la misma manera a la llegada de la información, sea esta verbal, escrita
o visual. La precisión, la confianza y el tiempo de reacción son las medidas
más significativas de la conducta. Por eso, los psicólogos y los
economistas como Shiller, utilizan medidas psicofísicas para evaluar la
toma de decisiones.La dificultad de una decisión afecta la precisión y el tiempo en que se
tarda en reaccionar. El cerebro codifica más rápidamente y durante
menos tiempo las decisiones fáciles y, como consecuencia, el tiempo de
reacción es más rápido para decisiones fáciles que para las difíciles.
Además, las emociones intervienen en la toma de decisiones y, como cabe
esperar, cuanto mayor es la dificultad de la decisión, se produce un mayor
incremento de la actividad en zonas del cerebro relacionadas con las
emociones. Todos estos factores explican que la variabilidad conductual
cada vez que se toma una decisión sea tan grande que no exista un índice
fiable y, en estos momentos, carecemos de un método que nos permita
medirla.Un hecho importante es que el Hombre y los monos se comportan igual
en estos juegos, lo que ha llevado a buscar cuál es la actividad cerebral
que determina esas decisiones. Los hallazgos en este campo están siendo
sorprendentes: la actividad cerebral precede a la conducta, ya que es el
cerebro quien la determina. Así que, mirando a la actividad cerebral
sabemos qué decisión se va a tomar y, por lo tanto, se desvelan las
preferencias entre opciones de mercado. Un hecho de interés en
mercadotecnia.

Lo que está claro, es que al economista y al inversor le interesa conocer
que información es necesaria para tomar una decisión que optimice sus
beneficios. Y se ha identificado gran parte de esa información y los pasos
que realiza el cerebro para llegar a una decisión: primero, necesitamos
información reciente o pasada que manipulamos mediante la memoria de
trabajo y conocemos como el cerebro codifica esta información. En el
paso siguiente de la decisión, el cerebro codifica los procesos de
comparación que conducen a la decisión, la dificultad y la seguridad de la
decisión. Estos correlatos neuronales de la conducta de la toma de
decisiones se codifican muy rápidamente en el cerebro, en las doscientas
cincuenta milésimas de segundo siguientes a la disponibilidad de la
información. Literalmente, en un abrir y cerrar de ojos.

Fame y Shiller se han preguntado sobre si el inversor actúa de manera
racional en un ambiente tan lleno de incertidumbre. Y esto es porque el
riesgo y las suposiciones o corazonadas son importantes para tomar una
decisión pero varían mucho de persona a persona por lo que, en principio,
no deberían de ser muy fiables y no deberíamos utilizarlas. Sin embargo,
esos factores juegan un papel importantísimo debido a que, por nuestra
capacidad de imitación, son algunas de las variables externas que
utilizamos cuando tomamos una decisión económica. Aunque Shiller
incorporó alguna de esa evidencia a sus predicciones, y Hansen desarrolló
métodos de análisis estadístico para evaluar las teorías de evolución de
los precios, hay demasiada subjetividad en todas ellas como para que
sean totalmente fiables.

Típicamente, en las decisiones económicas los resultados no los
conocemos inmediatamente: sabremos si hemos tenido beneficios o
pérdidas por nuestras decisiones horas, días o meses después de haberlas
realizado. ¿Qué ocurre en el cerebro durante ese intervalo? Los estudios
de la actividad cerebral nos muestra que el cerebro se queda rumiando
toda la información relevante utilizada para tomar la decisión y además
codifica la respuesta supuesta. Toda esa información se almacenará en
nuestra memoria y el cerebro la utilizará en decisiones futuras.

Como inversores, nos interesa saber qué información actual y pasada
necesitamos para proyectar al futuro nuestras decisiones. Los trabajos de
laboratorio y las herramientas desarrolladas por los premiados nos
indican que vivimos en un ambiente impredecible, que nuestro cerebro
actúa de manera acorde y que las decisiones económicas, como cualquier
otra de la vida humana, son de difícil predicción. El trabajo conjunto en
materia Neuroeconómica de neurocientíficos, psicólogos y economistas
permitirá ir conociendo la información más relevante, como la utiliza el
cerebro y como produce una decisión óptima.

Fuente: El País, Diciembre 10, 2013, http://sociedad.elpais.com/sociedad/2013/12/10/actualidad/1386679963_870286.htmll

(1) Carlos Acuña Castroviejo (Santiago de Compostela,
1942). Médico (1966, U. Santiago de Compostela), PHD en
Neurociencia (1969) y Postgrado en Neurofisiología (1970,
U. Santiago de Compostela), Postdoctorado (1973, The John
Hoskins U). Catedrático de Fisiología y Académico Numerario
de Medicina de Galicia. Miembro de la Real Academia de
Medicina y Cirugía de Galici. Allí pronunció un memorable
discurso “Bases neuronales de la memoria y toma de
decisiones”. Su campo de trabajo es la memoria y toma de
decisiones.

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