Etiquetas

, ,

Por Pierangelo Garegnani (1)

La importancia de [Piero] Sraffa en las discusiones de teoría económica, no es sólo cosa de este momento. En un artículo suyo de 1926 sobre las leyes de los rendimientos de escala, se indicaba un primer camino a través de la crítica de la teoría del valor dominante. Algunas observaciones de teoría de la empresa, después desarrolladas por Joan Robinson en su teoría de la competencia imperfecta, contribuyeron sin embargo a atraer mayormente la atención.

Piero Sraffa (1898 - 1983)

Piero Sraffa (1898 – 1983)

Pero los trabajos de Sraffa, que están hoy en el centro de la discusión son otros, y pertenecen al periodo posterior a 1951. Se trata de la edición de las obras de Ricardo preparada por él para la Royal Economic Society y del libro Producción de mercancías por medio de mercancías (1960). Estos trabajos tienen importancia central por dos direcciones, estrechamente vinculadas, que caracterizan la presente situación teórica. Se trata de la crítica de la moderna teoría del valor y de la distribución y de la recuperación de las diversas formulaciones de estos problemas que fueron propios de los economistas clásicos ingleses hasta Ricardo y luego retomados por Marx para su “crítica de la economía política”.

Esta moderna teoría del valor es la teoría fundada sobre el método marginal que ha dominado de manera casi indiscutible el pensamiento económico a partir del último cuarto del siglo pasado (siglo xix). Ella tiene su núcleo en los conceptos gemelos de “utilidad marginal” (el incremento de satisfacciones derivado del incremento unitario en el consumo del bien) y de “producto marginal” (el incremento del producto asociado con el incremento unitario en la aplicación del “factor productivo” en cuestión). En el decrecimiento de la utilidad y del producto marginal al aumentar, respectivamente, el bien y el factor, la teoría intentó hallar una base racional capaz de sostener la noción de “demanda”, de “factores productivos” (tradicionalmente trabajo, capital y tierra) que determinasen, mediante el encuentro con su “oferta”, las respectivas remuneraciones. Tal encuentro, o “equilibrio”, entre la demanda y la oferta de los factores productivos habría luego provocado análogos equilibrios sobre los mercados de los productos, con la consiguiente determinación de los precios de estos últimos.

Es en esta teoría donde encuentra su base, por ejemplo, la idea tan frecuentemente utilizada en discusiones de política económica, incluso recientes, según las cuales los precios de libre competencia reflejarían la “escasez” de los “factores productivos” de los productos. Ellos garantizarían entonces –en un sentido en el cual no corresponde aquí profundizar, pero que depende de la validez de la teoría- la “eficiencia” del sistema económico de competencia; tanto que, se sostiene, este sistema de libre competencia debería ser imitado también en una economía socialista.

Pero esta teoría, con toda su compleja estructura analítica, ha  entrado en crisis a causa de dos desarrollos teóricos. El primero tiene su origen a fines de los años 30, y es el resultado de la obra de Keynes, no desvinculado de la experiencia de la gran crisis económica de aquellos años. Desde entonces fue aceptada la idea de que, al menos en un breve período, no era posible suponer una tendencia hacia ese “equilibrio” entre demanda y oferta de trabajo, al cual la teoría marginalista refería su determinación de salarios, ganancias y precios.

La crítica de Keynes, sin embargo, no se había remontado a las k premisas de la teoría ortodoxa: por el contrario, él las había explícitamente aceptado. A estas premisas, en cambio, se ha dirigido el segundo desarrollo teórico: es decir, la crítica dirigida a la concepción del capital como “factor productivo” medido, en última instancia, como un monto de valor. Esta segunda crítica irá evidenciando lo erróneo de algunas proposiciones fundamentales de la teoría, tal como la relativa a la relación directa entre “intensidad capitalista” y tasa real del salario. La crítica, no obstante, reveló la posibilidad de que una técnica de producción, abandonada a causa de un aumento de salario, vuelva a ser conveniente cuando éste experimenta aumentos posteriores: una posibilidad, sin embargo, que está en directa contradicción con la proposición según la cual el aumento de los salarios conduciría a la adopción de técnicas con mayor intensidad de capital, reduciendo así la ocupación del trabajo. Y fueron estas proposiciones las que constituyeron el fundamento racional de la noción de “curvas de demanda” decreciente del trabajo (y de los otros factores), capaces de asegurar la “estabilidad” de los mencionados “equilibrios” y volver por tanto plausible el desarrollo de la distribución del producto social en términos de demanda y oferta.

Pero para comprender la presente situación teórica general –y el lugar que, como se verá, ocupa el trabajo de Sraffa-, no basta referirse a esta crisis de las teorías marginalistas; es necesario dar un paso atrás en la historia del pensamiento económico.

La propuesta marginalista, en efecto,  estuvo precedida históricamente por aquella, antes consignada, propia de economistas clásicos, en particular Ricardo, luego retomada y desarrollada por Marx. Al abandono de esta posición había contribuido la dificultad analítica que veremos: pero también, y quizás con mayor fuerza, contribuyó el sostén teórico que el movimiento socialista había encontrado en la obra de Ricardo ya antes de Marx.

En esta postura teórica, el salario no aparece determinado por el equilibrio entre fuerzas contrapuestas de demanda y oferta de factores productivos. Él aparece, en cambio, regulado por fuerzas económico-sociales, como el nivel históricamente determinado de las subsistencias (Quesnay, Ricardo) o, más en general, por las relaciones de fuerza entre las clases sociales (Smith, Marx). De este modo, el salario puede ser explicado separadamente de los otros réditos: es decir, puede ser considerado como algo dado cuando se determinan estos últimos y, en particular, cuando se determinan las ganancias. Estos réditos diferenciados del salario pueden ser entonces obtenidos como un residuo, como lo que queda del producto social una vez deducida la cuota conocida correspondiente a los trabajadores. Es decir, dichos réditos aparecen como el “excedente” por encima de tal cuota: no  importa que este “excedente” deba ser determinado bajo forma de valor, y por lo tanto como “plusvalor”, o pueda ser en cambio determinado en términos físicos como “plusproducto”.

Ahora bien, frente a las dificultades de la teoría marginalista, una de las tendencias en el interior de la dirección crítica fue la de recuperar esta precedente posición crítica.

Y ahora sí, se tienen todos los elementos necesarios para ubicar el trabajo de Sraffa y valorar su importancia. Su obra es central por tres motivos: 1) el redescubrimiento de la posición teórica propia de los economistas clásicos; 2) la solución de las dificultades analíticas ya mencionadas y que habían quedado sin solución en Ricardo y en Marx; 3) la crítica de las teorías marginalistas.

Para el primer aspecto la referencia es esencialmente la edición crítica de Ricardo, que absorbió los años centrales de la vida de Sraffa. Es en la Introducción a los Principios, en el volumen i de tal edición (1951), y, en particular, en las páginas dedicadas al papel de la teoría del valor trabajo en la evaluación de los agregados en Ricardo, donde Sraffa ha evidenciado su propia formulación de las teorías del excedente; una posición que, como él dirá después, había estado “sumergida y olvidada” bajo la espesa capa de interpretaciones que habían presentado a Ricardo bajo la luz de las sucesivas teorías marginalistas.

En lo que respecta al segundo aspecto, se trata en cambio del volumen Producción de mercancías por medio de mercancías, donde existe una solución al problema de determinación de la tasa de la ganancia y de los precios relativos de las mercancías, a través de hipótesis más generales que aquellas por las cuales éstas se cambiarían según el trabajo incorporado. En estas últimas hipótesis habían quedado sustancialmente confinadas las soluciones de Ricardo y de Marx, encontrando aquellas dificultades analíticas que, como ya se señaló, desempeñaron un papel en el abandono de la posición clásica.

La solución aportada por Sraffa al problema del valor fue mediante hipótesis más generales que aquellas por las cuales las mercancías se cambiarían de acuerdo al trabajo incorporado. Resolver tal problema y abandonar la teoría del valor trabajo son, en efecto, dos formas de designar la misma cosa: una posición teórica se mantiene viva si se desarrolla, es decir, si se modifica y modifica sus proposiciones.

Para comprender la tesis de un Sraffa que habría puesto en crisis la teoría económica de Marx se debe observar, sobre todo, los significados que se han querido atribuir a la teoría del valor trabajo en la tradición marxista surgidos después del ataque marginalista a Marx, a fines del siglo pasado (xix). En otra parte he tratado de argumentar que estas elaboraciones tuvieron un contenido esencialmente defensivo: es decir, fueron el reflejo de una situación de temporaria debilidad teórica que ahora, gracias en gran medida a Sraffa, están en vías de superación.

Una vez dicho esto, conviene no obstante recordar que Sraffa se limitó a plantear las premisas para una  recuperación de la posición teórica clásica y de Marx: lo hizo evidenciando nuevamente sus elementos de base, y aportando una solución a los problemas del valor que habían quedado insolubles. Por esto me parece un error buscar en Producción de mercancías lo que no existe: una teoría del modo en el cual las relaciones entre las dos clases sociales determinan la división del producto entre salarios y ganancias. Por todos estos problemas, Sraffa nos remite a los lugares donde ellos recibieron el tratamiento más avanzado dentro de esta posición teórica: a El Capital de Marx, esencialmente, y a todo el trabajo que es necesario realizar para desarrollar las ideas en él contenidas en relación con el estado presente de la realidad y de los conocimiento económicos.

Y, en lo que respecta por último al tercer aspecto, ese mismo libro contienen en forma rigurosa las propuestas relativas al “retorno de las técnicas”, cuyas aplicaciones para la crítica del marginalismo fueron luego desarrolladlas por varios autores. Tal vez pueda valer la pena recordar en este punto cómo las ocasiones para algunos de estos desarrollos fueron suministradas por los fracasos en los que incurrió el premio  Nobel Samuelson, con el grupo de economistas matemáticos reunidos en torno a él, en la defensa de la teoría marginalista. Famoso ha sido, en particular, el intento de ese grupo por demostrar la imposibilidad del referido “retorno de las técnicas” bajo condiciones suficientemente generales: una “demostración” que luego se reveló que contenía algunos banales errores de álgebra.

Es claro que la relación de Sraffa con la obra de Marx, no es fácil [de] tratar en pocas palabras. Me parece sin embargo que sobre dicha relación son expresadas a veces tesis engañosas.  Una visión correcta de tal relación me parece que exige, en primer lugar, una visión correcta de la relación entre Marx y Ricardo.

Como he procurado argumentar en otra parte, esta relación debe ser vista en términos de una estrecha continuidad en el plano del análisis económico. Esto no contradice el hecho de que Marx, a diferencia de Ricardo y de los economistas clásicos, tratara de demostrar que el modo de producción capitalista no es más permanente que los modos de producción que históricamente lo precedieron: es decir, tratara de realizar lo que él llamó la “crítica de la economía política”. No existe aquí contradicción, porque está en el orden de las cosas que una determinada posición teórica revele en un autor aplicaciones que no habían emergido en los autores precedentes. Y precisamente ésta fue para Marx, en mi  opinión, la relación entre su “crítica de la economía política” –es decir, su demostración de la transitoriedad del capitalismo- y la  obra de Ricardo. La transitoriedad del capitalismo es, en efecto, argumentada por Marx sobre la base de un núcleo de análisis constituido por lo que él mismo denomina como el “nexo interno de las relaciones económicas burguesas” y, fundamentalmente, por la relación entre salarios y ganancias. Ahora bien, como el propio Marx ha escrito reiteradamente, este “nexo interno” fue descubierto por los economistas clásicos, y en particular por Ricardo, con su teoría del plusvalor y de las ganancias: y fue la teoría del plusvalor y de las ganancias de Ricardo lo que Marx reconsideró y desarrolló en su “crítica”.

Cuando [se comprende] esta continuidad entre los economistas clásicos y Marx resulta fácil comprender aquella que, a mi parecer, es la relación real entre Sraffa y Marx. Una recuperación de la posición teórica de los economistas clásicos no puede realizarse si no se parte del punto más alto de desarrollo que tal posición ha tenido en el pasado: punto en el cual se encuentra Marx.

En cambio la relación de Sraffa con Keynes, puede entenderse sólo luego de haberla reformulado en términos de la relación entre Keynes y la dirección más general de recuperación de la posición clásica iniciada por Sraffa. Y esto porque en sus trabajos Sraffa sólo se ocupó marginalmente de Keynes.

Cuando la pregunta es reformulada en estos términos más generales, lo que se evidencia de inmediato es la relación compleja que Keynes tiene con la teoría marginalista. Por un lado, esta teoría, en su forma marshalliana, representó todo el horizonte dentro del cual Keynes se formó y, en cierto sentido, siguió moviéndose. Esto constituye un elemento de profundo distanciamiento entre la obra de Keynes y la de Sraffa, que ha sido en cambio dirigida desde sus primeros trabajos a la crítica y sustitución de las teorías marginalistas. Por el otro lado, sin embargo, Keynes no obstante moverse dentro de aquel horizonte teórico, asestó un duro golpe a la teoría marginalista argumentando, como ya se vio, la inexistencia de la una tendencia al equilibrio entre demanda y oferta de trabajo. Este segundo elemento no puede menos que acercarlo a quien, como Sraffa, es un crítico de esas teorías.

Pero este aspecto negativo, de crítica, no me parece que sea el único, y ni siquiera el principal aporte que pueda extraer de la obra de Keynes aquel que pretenda hoy recuperar la posición teórica clásica. Tal reconsideración, ya se dijo, sólo puede partir de Marx. Y Marx, a diferencia de la posterior teoría marginalista –y por este aspecto, a diferencia también de Ricardo-, nunca considera que la demanda agregada de productos tendiera a adecuarse a la capacidad productiva de la economía. Su teoría de la crisis plantea por esto los mismos problemas de “demanda efectiva” que plantea Keynes. En consecuencia, el principio del “multiplicador” de Keynes, que constituye un importante esclarecimiento del mecanismo de la crisis, pudo, a mi entender, suministrar un elemento útil para desarrollar el análisis de Marx acerca de la conexión entre crisis y proceso de acumulación.

En realidad, el principio del “multiplicador” y de la “demanda efectiva” es independiente de otros conceptos keynesianos que adolecen, en cambio, de la posición marginalista y de su subjetivismo. Fueron esencialmente estos  otros conceptos los que permitieron a la teoría dominante reabsorber en gran medida la recesión keynesiana desde fines de los 50.

(1) Tomado de Fiorito, Alejandro (2007), Sraffa o la implosión de la economía neoclásica, págs., 157 – 164.

Anuncios