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El ser humano, adulto y racional, vive en sus «evidencias»; que, a diferencia de lo creído convencionalmente -otra evidencia- no son evidencias de origen propio o inmanente a cada sujeto, sino que son instiladas por la sociedad en ese proceso de fabricación del individuo como “sujeto social”.

Esta condición de “evidencia” hace, entre otras cosas, que parezca trivial e incluso inútil el tratamiento -reflexión, cuestionamiento- de la propia evidencia ¿Qué sentido tendría cuestionar? Esto conduce a que se ignore “el origen de las «evidencias» de que está colmado el espíritu” -se ignora porque se cree que no pueden ser sino “naturalmente” suyas y ciertas-. Ignora así mismo, como consecuencia, lo que el «descubrimiento» de esas evidencias supuso, exigió.

El tema nos interesa porque apunta directamente a una fuerte inclinación humana a buscar “verdades firmes”, absolutas o de validez permanente. El problema es que el ser humano puede desear una verdad para siempre, pero ésta puede o podría no existir y/o cesar su efecto. La idea positivista acerca de la ciencia y la razón está completamente impregnada de esta tendencia humana: la búsqueda de una “verdad soberana”.

Referencia: Castoriadis, Cornelius (2005), El descubrimiento de la imaginación,
en Los dominios del hombre, FCE, Barcelona. Pág. 149-176

Anka Zhuravleva 23 Distorted Gravity

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