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El hombre es un animal loco, mediante su locura ha inventado la razón
y ha hecho de este invento la expresión más metódica de su locura
(Castoriadis, 1980)

¿Es la racionalidad lo que produce el sentido del mundo? ¿O es al revés? Usualmente pensamos que la racionalidad nos define. Aristóteles había dicho que el ser humano es un ser racional y que aquello que el hombre necesitaba es ‘saber’; y a partir de entonces Occidente lo ha asumido así. Pero no es verdad. Aquello que define al ser humano no es la razón, que comparte con todo lo vivo, y lo que en verdad necesita no es saber sino creer.

Lo racional es un producto, un resultado, una consecuencia que, además, puede no ser. El mundo, la realidad, no lo requiere. El mundo admite una cierta racionalidad y, en realidad, admite muchas. Se condice potencialmente con muchas alternativas racionales, pero –como sabemos– no hay una sola y única lógica. No hay una única racionalidad universal y unívoca. Entonces, es claro que la racionalidad no proviene ni es causada en el mundo. No hay relación de causalidad entre la racionalidad y el mundo. ¿De dónde entonces puede originarse tal cosa como la razón, la racionalidad? Pero, por otro lado, ¿qué es aquello que determina la finalidad de la sociedad y la historia humanas?, ¿qué es lo que fija la finalidad de un individuo humano?

Como sabemos, para vivir el ser humano necesita otorgar sentido al mundo, requiere organizar el caos pre-existente que para él asume la forma de incomprensibilidad y esa organización se realiza a partir de una ´imputación de sentido´. La imputación original responde preguntas como ¿qué soy?, ¿por qué estoy aquí?, ¿para qué?, ¿por qué las cosas son (se me aparecen) como son? Decimos bien al decir que ´responde´ y, al final, como las respuestas meramente individuales carecen de sentido, la respuesta cobra un sentido plural: ¿quiénes somos? Cada vez que respondemos quiénes somos, estamos realizando la imputación de sentido al mundo y a partir de allí configuramos una vida, un mundo: nuestro mundo.

Ahora bien, el sentido concebible por lo humano no tiene otros límites que el apuntalamiento natural, esto es, mientras el sentido que asigne al mundo guarde una mínima correspondencia con el mundo natural, entonces, se hará posible: un espartano decía, ´somos un pueblo guerrero´, eso era y es perfectamente factible. Si un maya decía ´debemos sacrificar seres humanos al Sol´, eso será factible siempre que consiga quien se preste o pueda ser obligado para eso. Si yo digo ´somos insectos y debemos vivir en el fondo de los ríos´, seguramente después que haga el ensayo no viviré para conseguir seguidores.

Entonces, salvando las limitaciones del mundo natural, el sentido concebible “… puede ir desde la casi fusión imaginaria hasta la voluntad de separación más rotunda; desde la puesta de la sociedad al servicio del orden cósmico o de Dios, hasta el delirio más extremo de dominación y enseñoramiento sobre la naturaleza” (Castoriadis, 2008:89). De las innumerables metáforas que la humanidad potencialmente es capaz de concebir, ¿por qué y cómo algunas de ellas entran en el campo de lo posible para cada sociedad?, ¿qué unifica cada sociedad otorgándole sentido a una red simbólica y no a otra?

Si, como dijimos antes, no es la realidad y tampoco la racionalidad, entonces, tenemos que admitir que la composición de sentido, cada red simbólica, no puede provenir sino de la imaginación, individual y colectiva. En otras palabras, el mundo es capaz de portar variadas racionalidades y no sólo las humanas que en sí mismas son variadas. Pero de ninguna manera es ‘reductible’ a ninguna de ellas. De esto es de lo que se trata.

¿Qué tiene ‘más’ sentido, vivir como lo hicieron los espartanos o como los iroqueses? ¿Vivir como cristianos, judíos o como musulmanes? ¿Vivir para sufrir las penurias del mundo y prepararse para la otra vida? O, ¿vivir para producir y consumir? ¿Qué tiene más sentido e incluso qué tiene sentido? Nuestra respuesta es que tiene o ha tenido sentido para las diferentes sociedades humanas que invistieron en cada momento cada sentido. Ahora bien, ¿de dónde pudo provenir tal sentido si no fue de cada imaginario en cada caso?

Queremos significar que cada investidura de sentido no está justificada sino que es ella la que justifica y da forma al resto de las articulaciones culturales de cada sociedad. Pues bien, entre estas articulaciones se encuentra la ‘racionalidad’ propia de cada sociedad. Así pues la racionalidad es un sub producto del sentido que es efectivamente el ‘dato primario’ unificador de cada sociedad o institución. Ahora bien, en la medida en que ninguna racionalidad es capaz de contener completamente al mundo, como ninguna puede agotar al mundo, entonces, detrás de cada racionalidad y del sentido se encontrará siempre el sin-sentido, en forma de ‘caos’ o ‘indeterminación’.

La fórmula que podemos derivar de lo anterior es directa: el sentido se apuntala en el sin-sentido, lo determinado en lo indeterminado, el cosmos en el caos y lo racional en lo irracional; y podríamos continuar, pero es suficiente. Lo importante es que esta reflexión permite captar que la alteridad está siempre presente, subyace a todo y solo gracias a ella es posible lo verdaderamente nuevo. Debería, entonces, quedar claro desde el principio que no hay sistema racional unívoco, perfecto u omni-abarcante, no hay un sistema racional último que absorba a todos los demás. Y que, por último, la racionalidad no funda el sentido sino que es absolutamente lo contrario.

Zilda Phaëthon. Acrylic & posca on paper - RENNES

Zilda Phaëthon. Acrylic & posca on paper – RENNES

El tipo de lo que podríamos llamar ‘racionalidad occidental’, la nuestra, es fantásticamente poderosa, pero no es la única. De esto se trata. Ahora, puestos en esta perspectiva podemos definir lo que entendemos por racionalidad positiva. Se trata de todas las implicaciones que un argumento o institución trae al mundo. Todas las articulaciones que le son propias. Para ilustrar, tomemos un ejemplo famoso: si digo que todos los hombres son mortales y añado que Sócrates es un hombre, se deriva de lo anterior que Sócrates es mortal. Está implícito en la racionalidad positiva de las premisas.

Pero nótese que incluimos en nuestra definición a las instituciones. Esto es, esa variedad de significaciones imaginarias sociales a partir de las cuales se estructura a la sociedad. El lenguaje es la institución por excelencia, es creación social y a partir de él, se crean el resto de las instituciones y de la sociedad, que es otra institución. Podríamos decir que lo humano se instituye plenando de instituciones al mundo. Veamos cómo define Castoriadis este rasgo originario de la institución:

“La institución, en el sentido fundador, es una creación originaria del campo social-histórico -del colectivo/anónimo- que sobrepasa, comoeidos (como forma), toda producción posible de los individuos o de la subjetividad” (Castoriadis, 2008:87).

Entonces, cuando  hablamos de la escuela como institución, por ejemplo, no nos referimos a tal escuela como establecimiento, sino a los significados que la portan. El individuo, las nociones de niño, adulto, mujer, hombre, sano, enfermo, loco, poder, tiempo, espacio, sagrado, lo posible y lo imposible, son otras tantas instituciones con un carácter concreto en cada momento histórico-social. Pues bien, adonde vamos es a que las instituciones poseen su propia racionalidad positiva e “implican permanentemente las operaciones conjuntistas-identitarias, pero que no se agotan en ellas. Dichas significaciones se instrumentan en clases, relaciones y propiedades, pero no pueden construirse partiendo de éstas” (Castoriadis, 2005:208).

Entonces, toda institución tiene su lógica, pero ésta excede la lógica ensídica, aristotélica propia de la lógica matemática, binaria o de conjunto. Está más allá de los principios de identidad, contradicción y tercero excluido. Castoriadis habla de ‘lógica de magmas’. Incluye la indeterminación subyacente. Es otra lógica.

Una significación trae sus implicaciones. Toda institución también. Implicaciones no solo teóricas sino también prácticas. ¿Cómo saber si todas ellas han sido exploradas y cuándo? ¿Cómo saber si se agotan o acaso emergen nuevas formas de las viejas formas? Luego, está también el problema del azar. Y por encima de todo esto están las condiciones socio históricas que sirven de marco a todo. Nuevamente Castoriadis:

“…, llamamos magmático a todo modo de ser/modo de organización no conjuntista-identitario que podemos encontrar o que podemos pensar”. (Castoriadis, 2005:201)

Con este marco que reconoce que “lo que es no está plenamente determinado” (Castoriadis, 2005:210), encuadramos el problema más reducido de la racionalidad positiva. Las instituciones contienen implícita su propia lógica. Así, por ejemplo, las instituciones económicas se estructuran a partir de reglas, algunas de las cuales no son planteadas explícitamente de modo que quienes las estudian no necesariamente saben que están allí y, obviamente, no por eso dejan de desempeñar su papel que puede llegar a ser crucial (Castoriadis, 2010:198).

La funcionalidad con la que se diseña la institución es rebasada por toda aquella funcionalidad subyacente y que no fue prevista y posiblemente ni siquiera es o fue deseada. Son los efectos colaterales, pero también las funcionalidades ocultas. Conexiones y consecuencias “a los que no se apuntaba, ni estaban previstos” (Castoriadis, 2010:201).

Así, por ejemplo, cuando un economista liberal sostiene que el Estado no debe intervenir en la economía y que el gasto público es contractivo porque desestimula la inversión privada en la medida en que ´anuncia´ mayores tasas de interés e inflación, todo esto suena muy elaborado, pero en realidad es muy insuficiente e incluso absurdo. Pensemos, por ejemplo, el caso en que las tasas de interés ya son extremadamente bajas y la economía se encuentra en lo que Keynes llamó la trampa de la liquidez, pero no es éste el único caso, entonces tasas más bajas pueden perfectamente no estimular la inversión privada: los que no tienen no pueden invertir y los que tienen no quieren hacerlo, ¿entonces?. Por otro lado, el gasto público, si se hace en medio de la ausencia de inversión privada y con un aparato productivo instalado ocioso no tendría por qué necesariamente conllevar inflación.

La historia de las crisis económicas, que nos ocupa este semestre, esta plena desde 1634 cuando estalló la llamada Crisis de los tulipanes en Holanda, hasta la última de 2008, conocida como la crisis de las hipotecas de alto riesgo, de situaciones en que la racionalidad positiva brilló por su ausencia y en que la irracionalidad, el pánico, la avaricia y las peores pasiones actuaron para mostrarnos qué es lo que es realmente el caos: aquello que subyace siempre y a todo y que no es abarcable con la razón. Los economistas, especialistas, responsables de la gestión de control, los banqueros, empresarios y opinadores ´profesionales´, ninguno es capaz de hacer valer el conocimiento supuestamente científico del que se ufanan para justificarse ante la sociedad. La verdad es que estos problemas no son económicos, sino que corresponden al ´marco´ que hace posible la economía: la política, y no hablamos de la capacidad de mantenerse en el poder o ganar elecciones, sino de la presencia de una comunidad política en acción, algo que la modernidad se ha encargado de matar; por eso, las soluciones verdaderas no están en ninguno de los escenarios considerados por la ortodoxia.

Bibliografía:

Castoriadis, Cornelius (2010), La institución imaginaria de la sociedad, Tusquets Editores, Buenos Aires.

—— (2008), Poder, política, autonomía, en El mundo fragmentado, Terramar Ediciones, Argentina.

—— (2008a), Psicoanálisis y política, en El mundo fragmentado, Terramar Ediciones, Argentina.

—— (2005), La lógica de magmas y la cuestión de la autonomía, en Los dominios del hombre: las encrucijadas del laberinto, Gedisa, Barcelona.

—— (1980), Reflexiones sobre el desarrollo y la racionalidad, en El mito del desarrollo, Kairos. Versión electrónica:http://www.fundanin.org/castoriadis7.htm