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¿Qué es lo que exige un capitalismo humanista? ¿Un hombre nuevo o puro? E inmediatamente nos viene a la memoria los proyectos marxistas y fascistas del siglo xx, pues todos han ofrecido siempre eso: se trata de intentos que siempre han terminado en el racismo político y en el crimen. ¿O quizá bastaría con leyes nuevas o una nueva constitución? Con lo cual estarían felices muchos juridicistas y contractualistas. Para Isabel se trata de un acuerdo nuevo. La sociedad se pone de acuerdo. Dejamos atrás la pregunta de si esto significa una nueva constitución y un proceso constituyente para Venezuela en este momento, con el cual estaríamos en desacuerdo, pero no es esta la discusión por lo pronto. Vamos a problematizar un poco más esta noción, para terminar: capitalismo humanista.

Dijimos que adherimos la idea de que el capitalismo es la mezcla contradictoria de racionalidad y autonomía que se realiza de tal manera que la primera asume la forma de expansión ilimitada de un dominio específico: el gesto eficaz. La segunda, la autonomía, asume aquí la forma  del requisito necesario para imponer esa expansión a través de la tasa de ganancia, la productividad, el gesto eficaz, cuando simultáneamente tal gesto se asume como núcleo central y único de la acción individual y social. Este es el capitalismo real y ese es el problema, porque de esta manera la rentabilidad termina confiscando a todo el proceso económico y lo económico confiscando a todo el proceso social: es reduccionismo. Hace falta reconocer que ni el proceso económico es nada más que la rentabilidad económica ni la sociedad es nada más lo económico. Aquí creemos que está el núcleo problemático de todo el asunto. Veamos.

En este contexto, si añadimos además que ese gesto eficaz se privatiza, a pesar o por encima o independientemente de la sociedad, para centrarse sólo en lo que “me” conviene a “mí”, ¿cómo evitar que se ignoren las externalidades negativas de mis decisiones?, ¿cómo evitar que prive el corto plazo?, ¿por qué iban a importar que los recursos se agoten o se corrompan dentro de cinco, diez o veinte generaciones, por ejemplo? Y este es el otro gran problema de la visión liberal. Para el liberalismo lo público no existe sino como cesión de los privados. Es un estorbo. Un mal necesario. Es grave, porque por este camino terminan liquidando la esfera de lo público y con ello la posibilidad de la política como actividad consciente y explícita que instituye la sociedad. Algo en realidad imposible y que por haberse ignorado/eliminado el capitalismo tardío ha terminado arribando al cinismo generalizado, la insignificacia del sentido y el exterminio de casi todo otro valor, otra significación imaginaria.

Vayamos, sólo para ejemplificar las complejidades reales del asunto, al caso de la llamada “obsolescencia programada”. ¿De qué se trata? Bueno, de que los productos son planificados desde su mismo origen, desde el momento mismo en que son pensados, para que su duración efectiva sea menor a aquella que técnicamente sería factible. ¿Por qué? Bueno, porque así el consumidor se ve obligado a comprar otro producto. ¿Por qué? Bueno, aquí podría haber variadas respuestas posibles que van desde que “ese” capitalista es avaro, entonces habría que “eticizarlo”, pasando porque “ese” capitalista es ignorante, entonces habría que “entrenarlo”; y así hasta un largo ectécetera de razones. Todas estas razones, como vemos, caen en el campo subjetivo e individual y merecen estudio. Pero vamos más al fondo del asunto y preguntemos: ¿no estará el asunto vinculado al problema de las tasas de ganancia y el retorno de la inversión de tal modo que con la obsolescencia se “garantiza” una demanda que, de no existir, haría imposible la continuidad de esa industria a largo plazo? Esa es la cuestión importante para la economía política y también ésta otra: ¿qué puede hacerse para cambiar este comportamiento corrompido al que nos lleva el “gesto eficaz”?, ¿cómo hacer posible un capitalismo que soporte la prohibición de esta estrategia? Y no solamente por razones éticas -esto es lo que queremos hacer ver- sino porque por ese camino se consumirán y corromperán los recursos naturales del planeta incluso antes de que la “felicidad” capitalista lo abarque completamente y entonces estamos frente a un problema existencial, no para el capitalismo como sistema, sino para la biosfera como totalidad.

El capitalismo sin contención termina dirigido exclusivamente por la rentabilidad, no porque unos capitalistas sean peores o mejores que otros, no se trata de personalizar; sino porque esa es la significación que los domina y si se deja sola la perversión es inevitable. Henry Ford no era mejor ni peor que un banquero moderno que estafó a todos en la última burbuja, pero nunca habría provocado que sus productos caducaran antes de lo técnicamente factible. Luego la obsolescencia controlada pareció lo sensato a todo el mundo. Legisladores, gobernantes, burócratas de todos los gobiernos, ingenieros, psicólogos, economistas, sociólogos, todos se abalanzaron a hacer posible y justificar la obsolescencia programada. ¿Por qué? Ford no lo hizo, ¿pero no lo hubiese hecho?

La lógica de la ganancia como “racionalidad única que no se limita” es el problema. ¿Es ético que se fabrique un bombillo para que dure 1.000 horas cuando es posible fabricarlo para cien años? Apliquemos esto a todos los bienes y comenzará a entenderse de lo que hablamos. Cuánto desperdicio hay allí y, algo peor, cuánta estupidez hay que promover en la sociedad para se aboque a consumir por consumir porque sólo así puede sostenerse la demanda a largo plazo. ¿La sociedad de consumo es la obra de mentes malignas o la consecuencia lógica de la lógica de la ganancia? ¿Por qué no se han impuesto las normas de Kyoto y son los países más capitalistas -EE.UU y China, por ejemplo- aquellos que lo sabotean?

Pero aclaremos para no ser mal entendidos, la búsqueda de la ganancia ni es lo peor del capitalismo ni mucho menos se trata de querer eliminarla: entre otras cosas, ¿acaso no siempre ha existido? Marx no pudo ver esto y se fajó a sostener la eliminación de la propiedad, como buen esencialista, por su determinismo positivista –no olvidemos que trabajó y pensó en el siglo XIX– y los marxistas modernos no quieren verlo, aunque no tienen aquella excusa, porque no pueden superar la relación mítica con su teoría y con Marx y no quieren pensar. Pero el núcleo duro del asunto es que no se trata de querer eliminar lo económico y sus implicaciones, sino que advertimos que cuando el consumo se transforma en una necesidad por sí misma y no en una manera de satisfacer las necesidades, se produce una torsión que pervierte todo el asunto. Y es esto lo que es la sociedad de consumo: inventar necesidades para vender mercancías. Esto, no puede negarse, está en el corazón del capitalismo y será algo con lo que hay que lidiar, si se desea generar cambios.

Para cerrar, compartimos una cita de uno de los grandes filósofos del siglo XVIII, es la siguiente, antes de leer quien la escribió retamos al lector a decirnos si no podría haber sido escrita por Marx. Ilustra el mismo tema:

“Cualquier propuesta de una nueva ley o de un reglamento del comercio, que proviene de esta clase de gente, debe ser siempre recibida con la mayor desconfianza, y no adoptarla nunca hasta haberla sometido a un largo y serio examen, al que hace falta dedicar, no digo solamente la más escrupulosa, sino la atención más cuidadosa. Esta propuesta viene de una clase de gente cuyo interés no sabría nunca ser exactamente el mismo que el de la sociedad, ya que tienen, en general, interés en engañar al público, e incluso en oprimirlo y que, además, han hecho ya una y otra cosa en muchas ocasiones.”

La escribió Smith, Adam Smith, el Padre del Liberalismo Económico. Se está refiriendo a los capitalistas. Nos está dando una doble lección. Primero, deja ver que está consciente de la política, no la desprecia, la promueve; la segunda, que jamás habría creído que los problemas de la sociedad se iban a resolver “privatizando” todo. No olvidemos que Smith fue antes que economista, filósofo, y entre otras cosas escribió un libro al que tituló “Teoría de los sentimientos morales”, así que algo sabría del ser humano y de moral. Por último, Smith no está personalizando sino haciendo ver que es el carácter concreto de la inserción de un sujeto en el modo de producción -y en cierto tipo de modo de producción- aquello que lo condiciona. Es todo. Tampoco podemos deducir necesidad determinista en este caso en Smith. Está siendo pragmático y honesto, un “comparativista” diría Amartya Sen.

Para terminar, quisiéramos decir que no estamos tan seguros de llamar a un cambio sustancial de nuestra sociedad postmoderna “capitalismo humanista”, porque este último término, aunque puede recibir connotaciones positivas, se ha prestado a demasiado: se confunde con filantropía; o con la restauración de un modelo “puro” de ser humano meta, unos ricos que ahora sí que van a ayudar a los pobres, etcétera; remite, por otra parte, a antropocentrismo, ideas todas estas que no compartimos. Ha habido o hay un humanismo protestante, un humanismo cristiano, otro proletario, un humanismo burgues, marxista y otro fascista; y hasta un humanismo neoliberal. Ahora mismo en Venezuela, se está intentando justificar un humanismo chavista Se ha apelado incluso a un humanismo militar: cuando George Bush argumentaba a favor de la misión militar contra Sadam Hussein se trataba para él de hacer la guerra para conseguir la paz, apelaba pues a razones que obligaban y sancionaban como “bueno” invadir; luego invadió y resultó que Sadam -un tipo impresentable, pero eso es otra cosa- no tenía ninguna arma escondida para acabar al mundo… En fin, pensamos que la idea de ética se sostiene por sí misma sin la muletilla “humanista”, pues se trata de lo que el ser humano puede y debe hacer con su libertad que, como siempre, termina siendo el verdadero problema. Se trata de un ser humano entendido como nos dejó dicho Aristóteles: que sea capaz de gobernar y ser gobernado. No se trata de uno al que se le tendría que dejar gozar de todo lo que le plazca porque sí, sino de uno que sepa decidir no gozar, que sea capaz de autolimitarse. Pero esto, otra vez, requeriría un espacio distinto a este para su discusión.

Pero, con todo, si el valiente planteamiento de Isabel sirve para reflexionar y discutir sobre nuestro futuro, no debemos detenernos en asuntos semánticos y sí aceptar la invitación a pensar y crear ese futuro.

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