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La Doctora Isabel Pereira nos brinda con generosidad la oportunidad de abrir una discusión acerca del presente y sobre todo sobre el futuro de nuestro país. Es también de varias maneras una ventana para apreciar en vivo fantasmas que compartimos de muchas maneras con toda nuestra América Latina. Indagar la quiebra moral del país la lleva a reflexionar sobre los mitos fundacionales y, añadimos nosotros, sobre las significaciones imaginarias sociales que han gobernado nuestro ser como país. Hay una propuesta valiente en su libro, que aunque no compartimos totalmente y en aspectos importantes, se atreve a fijar posición y, sobre todo, se abre a la crítica, ha promovido la crítica. Por eso nos hemos abocado pausadamente a leer su trabajo y a compartir opiniones, con el mismo espíritu de reflexión y apertura.

Marie-Josée Roy Force CC

La autora sostiene una postura liberal y contractualista. Nosotros estamos lejos de ambas. Pensamos que las grandes narraciones sobre el devenir social, todas, han fracasado rotundamente; sin embargo, nada es refutable en bloque y por lo tanto en todas hay elementos valiosos, todas contienen la huella del talento humano. Decir “nada” absolutamente sirve del liberalismo o “nada” absolutamente sirve del marxismo, son dos maneras de la misma equivocación racionalista, en el peor sentido. Igual crítica cabe a quien diga que “todo” el marxismo o “todo” el liberalismo “debe” aceptarse en bloque y punto. Son posturas maniqueas, dualistas, reduccionistas del mismo tipo de reflexión: aquella que pretende el monos prohneim, la razón absoluta. En materia política creemos que buena parte de las razones por las que nos encontramos como estamos obedece al empobrecimiento que todos hemos hecho de los legados de grandes pensamientos y grandes realizadores, sobre todo, por una curiosa enfermedad de la modernidad: su asedio permanente contra la democracia y contra la comunidad política, otro sub-producto del pensamiento positivista que domina a liberales y marxistas, a cada cual peor. Y cuando decimos esto no nos referimos a la izquierda comunista solamente, sino que creemos que significaciones  anti democráticas se encuentran idénticamente en las posturas liberales y, ni se diga, en los engendros neoliberales. Hemos postulado que en sus núcleos, ambas posiciones, marxista y liberal, se conjugan en las mismas clausuras y heteronomías. Es asunto que no corresponde a este papel y que hemos tratado en otros aportes. En esta entrega nos queremos referir al carácter contractualista de la posición del libro. Luego iremos a su postura liberal y otros aspectos relativos a las propuestas de la obra.

Cuando se postula el contractualismo, es obligatorio pensar en Hobbes, Locke, Rousseau, Habermas y Rawls. Con la excepción de Habermas, Amartya Sen (India, 1933), Premio Nobel de Economía 1998, en su obra La idea de la Justicia (2010, Taurus, Madrid) señala a todos los anteriores como representantes del “contractualismo”; y registra que junto con el “comparativismo”, ambas constituyen dos tendencias principales originadas en el movimiento por La Ilustración desde el siglo XVII europeo. En su origen el contractualismo hipotetiza un supuesto nacimiento de la sociedad humana a partir del algún pacto de o entre individuos. Argumento forzado e irreal porque es imposible pensar en individuos que sin sociedad, se juntan y acuerdan vivir en sociedad. ¿En qué idioma hablaron estos individuos si no fue en aquel que les enseñó una sociedad instituida previamente? En fin, es una hipótesis insostenible, pero, atención, no lo es así la propuesta contractualista como tal, que tiene sus méritos.

Rawls ya en el siglo XX refresca la tesis, no pretendiendo un origen imposible de la sociedad a partir de ningún contrato, sino que lo analiza más bien como proceso interno de toma de decisiones, así como los procesos de solución de conflictos que necesariamente conlleva. El problema no estaría más en el “contenido” del contrato sino en la forma en que se configura y lleva a cabo, se elabora y se admite por la sociedad. ¿Cuáles serían las decisiones justas? Esta es la perspectiva del contractualista Rawls; O, para Habermas, ¿cuáles son las condiciones ideales del diálogo? Pero notese que ya para Rawls e incluso Habermas, el contractualismo corre el riesgo de quedar reducido a método, funcionalismo, mecanismo. Creemos que hay que reconocer, sin embargo, cierta complementaridad entre ambos ángulos.

Sólo para no ignorarlos digamos que los comparativistas en la clasificación de Sen, serían: Adam Smith, el marqués de Condorcet, Jeremy Bentham, Mary Wollstonecraft, Carlos Marx y John Stuart Mill, “entre otros”. Un representante del siglo XX sería Kenneth Arrow.

Los contractualistas se caracterizan –siempre para A. Sen– por pretender una justicia perfecta, querer “esquemas constitucionales justos para la sociedad”. Llama también a esta tendencia “institucionalismo trascendental”, porque busca la perfección y, diríamos nosotros recordando reflexiones de otros aportes, “verdades e instituciones absolutas y soberanas para siempre”. La  pregunta esencial para ellos es del tipo: ¿Qué serían las instituciones perfectamente justas? Sen afirma que esta es la tendencia dominante aún hoy en día respecto a la filosofía política y a la teoría de la justicia; El trabajo de Isabel pareciera ser un ejemplo que le da la razón.

¿Acaso es posible pensar en el mundo contemporáneo en instituciones perfectamente justas y para siempre? ¿El socialismo marxista, “cuando llegue de verdad, verdad”, el verdadero, será para siempre? ¿El capitalismo con sus algo más de trescientos años, “llegó para siempre”, es el sistema con el cual se detendrá la historia humana para siempre? Muchos, si no todos, son los partidarios de ambas doctrinas que creen esto, aunque bien visto y desde afuera parece una locura pretender que, de verdad, la historia se detendrá algún día ni con el socialismo ni con el capitalismo, ni con ningún otro sistema. ¿Por qué iba a ser así?

Los comparativistas no se plantean las preguntas en clave trascendental, sino que se ocupan del comportamiento real de las realizaciones sociales: comparan. Al comparar realizaciones detectan los avances y retrocesos, lo que permite visualizar los cambios de rumbo y los acuerdos factibles basados en la razón pública, y la discusión “sobre la gradación de las alternativas realizables”. Se trata de la teoría de la elección social. Sus preguntas son del tipo: ¿Cómo debería promoverse la justicia? ¿Cómo hacer que la justicia avance? ¿Qué se puede hacer para mejorar aquí y allá? Nosotros pensamos que si admitimos a Marx en este grupo –como hace Sen– habría que distinguirlo por buenas y malas razones. No pretendió nunca ser reformista y, a la vez, se creyó poseedor de la verdad absoluta. En fin, no es el punto ahora.

Nuestra pregunta es, ¿cuál es el contractualismo por el que aboga la propuesta de nuestro libro? ¿Uno de corte esencialista y que busca la perfección? ¿Otro más bien funcionalista al estilo de Rawls? ¿Cómo hacer en todo caso para que este asunto no se nos convierta, nuevamente, en asunto de cúpulas y privilegiados que deciden por todos lo que conviene a todos? ¿Cómo evitar la alienación?

Otra cosa, pensamos, es el problema del consenso y de los consensos, elemento indispensable para alcanzar la noción de unidad a partir de la cual constituir la idea de país o nación y que es el problema central que preocupa al libro. Pero, hay que insistir en que consenso no es Contrato Social o Pacto Social y que la diferencia está en que mientras los consensos son elementos de la praxis política y nunca un estado consolidado para siempre, la idea de Contrato alude a algo definitivamente hecho para siempre.

Aunque el pacto o contrato pueda llegar a ser muy importante, nunca será más que una de las condiciones y nunca “la” condición necesaria y suficiente. En la historia y la sociedad jamás hay “la” condición sino un manojo de condiciones que actúan para producir los resultados que observamos; y a veces ni siquiera las captamos todas. Aún una condición esencial no es suficiente, si no está acompañada de otras inmumerables, y puede ser fatal si la asumimos como única y determinante. Tener aparato digestivo es esencial para ser humano, pero un ser humano no es solamente su aparato digestivo: una condición puede ser incluso esencial, pero no será nunca suficiente y esto no debe olvidarse.

Esta diferenciación que, otra vez, debemos al pensamiento de Aristóteles, entre condición esencial, accidental, necesaria, suficiente y concomitante se olvida muchas veces en el análisis social moderno. Tener esto en cuenta es lo que nos permitiría escapar de la tendencia que permanentemente tenemos los seres humanos a caer en el determinismo. Por la misma razón, fue ese “olvido” el que hizo a Marx decretar su “Ley social” como guía inevitable de la historia -Ley igualmente persuasiva y absurda- ; y es ese mismo “olvido” el que hace a los liberales decretar su “Mercado” como guía y puerto inevitable y absoluto de la sociedad -argumento igualmente persuasivo y absurdo-. Ambas posturas son deterministas y equivocadas.

Entonces, las mismas consideraciones son válidas cuando se va a considerar la economía política del petróleo que en el caso venezolano es “punto crucial”, tanto como si vamos a la idea de consenso, pacto o contrato social, no importa como lo llamemos. Ambos aspectos son realmente esenciales en la configuración de toda la reflexión pertinente para Venezuela, pero de aquí no se sigue que sean únicos, ni dominantes hasta un punto determinista, ni causas simples de resultados sociales complejos. Ésto último puede llevar a errores funcionalistas como creer que el Contrato Social o la privatización de la industria petrolera van a resolver, causar y determinar el éxito o el fracaso del proyecto social, como parece deducirse en el trabajo que comentamos.

Sobre la privatización hablaremos en el próximo aporte.

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