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Con este posteo a título de introducción, iniciamos una reflexión inspirada en el libro “La quiebra moral de un país: hacia un nuevo contrato social”, escrito por nuestra amiga, la socióloga Isabel Pereira Pizani. Se trata de una excelente edición de Artesano Editores, 2013, Venezuela. Desde el comienzo y en la presentación a la que asistimos, Isabel es clara: no pretendió escribir un libro “académico”, sino material para la discusión. Bienvenida. Se trata de un material actual que fija posición pero sin dejar de abrirse al diálogo. Ahora bien, nosotros en una perspectiva más cómoda que la de la escritora, intentamos no sólo polemizar sino particularmente abonar a la discusión teórica, siempre con la intención de que sirva para añadir pertinencia. Ojalá lo logremos. Quien escribe un libro se expone a la crítica; es un acto valiente y que debemos agradecer quienes nos beneficiamos de las ventajas que tiene hacer la crítica, labor siempre más cómoda, si no más sencilla. No vamos a ir a una crítica puntual y menos aún de todas las líneas de desarrollo que sugiere el trabajo, sino a polemizar algunos aspectos, aquellos que más nos llaman la atención. No pretendemos agotar la discusión, sino por el contrario quisiéramos abonarla. Por otra parte, discusión y reflexión es precisamente lo que está haciendo falta en Venezuela. El actual gobierno es una estafa y la democracia  peligra no solamente por eso, sino por las tentaciones de los fanáticos de siempre, que se encuentran en todas partes. Contando esta, serán cinco entregas.

En un libro cuyo título sea “La quiebra moral de un país” nadie debe extrañarse de que su primer capitulo “Petróleo, democracia y propiedad”, se inicie con un llamado al poder de los “mitos fundacionales”. En el caso de América Latina, sostiene la autora y nosotros coincidimos, estos mitos recogen lo que ella llama “poder victimizador’. Dicho en forma sencilla, los venezolanos estamos siempre al acecho de un culpable para imputar nuestros males. Es la condición psíquica de aquel que no cumple con la máxima aristotélica del hombre libre: ser capaz de gobernar y ser gobernado. El acierto es doble, porque además de afirmar el innegable carácter heterónomo de nuestros mitos instituidos/constituidos –“colocar las culpas de los fracasos en otros hombros, fuera de nosotros”– se afirma desde el mismo título del libro, la ineludible condición moral que es requisito indispensable de eso que llamaríamos un país.

Sólo en la primera página se alude a otras tantas categorías de la misma familia en número notable, veamos: valores, identidad, imaginación, libertad, ideas matrices, ética; todos términos que se encuentran en el ámbito del imaginario individual y social. No hay casualidad en esto, sugerimos. Y es absolutamente pertinente.

¿Qué mantiene unida a cualquier sociedad? ¿Qué le da sentido? Pues son sus “significaciones imaginarias sociales”. La autora aunque no emplea esta terminología ni tiene por qué compartirla es a esto a lo que alude. Sin aquello que nos permita decir / decirnos “somos así” será imposible afirmarnos como país; sería un país que se desdibuja, en todo caso y a lo sumo llegaremos a ser colonia de otro país, sospecha que no pocos venezolanos tenemos una vez que se advierte la marcada relación de dependencia buscada desde el propio gobierno bolivariano con el gobierno de los hermanos Castro.

Por lo tanto, no es descabellado decir que el proyecto bolivariano pasa por desintegrar de raíz todo aquello que hayan sido las claves identificatorias de la nación venezolana. Los hechos hablan solos, pero a igual conclusión lleva cualquier somero análisis del discurso chavista, su fascinación por los Castro y, si hiciera falta algo más, la misma denominación de Venecuba, que no tan paulatinamente se instala en el imaginario social y donde el prefijo venezolano obedece solamente a una composición sintaxtica. Pero además si de lo que se trata es de hacer de Venezuela algo igual a Cuba, como claramente ha anunciado siempre el régimen, queda claro desde el comienzo quién manda a quien. ¿O no?

Al colocar, pues, la discusión a partir de estos términos la autora ataca el núcleo del problema. Primero porque indaga cuáles mitos nos han traído hasta aquí, luego porque denuncia aquellos que el proyecto chavista pretende y, por último, por reivindicar que sin aquellos apropiados no es posible un proyecto que pueda llamarse Venezuela.

Podríamos decir que el texto es el desarrollo de su posición respecto a ese “proyecto posible”. Luego de un análisis causalista acerca de cómo y por qué hemos derivado en la situación actual, la autora propone su tesis: un nuevo contrato social. Iremos por partes y, en la medida de nuestras posibilidades y limitaciones, fijaremos posición igualmente.

No queremos dejar  sin más, las reflexiones que nos provoca el título de la obra. Quiebra moral es una frase muy dura. Alude al desmoronamiento, desintegración, pulverización del sustrato identificatorio de un país. No es que antes el país fuera “santo” pues, como Kant decía, nadie nunca es santo y, añadimos nosotros, un país menos. Pero no se trata de esto, sino de la virtual eliminación de lo que sea que hayas sido como país, para, a partir de los restos (¿o de la nada?) construir otra cosa, en este caso, el proyecto chavista. Se trata de un postulado maniqueo y, si se toma en serio, completamente demencial, por destruir todo como  único camino válido para construir todo. Nerón y Roma, pues.

El libro, bien estructurado, está formado por cuatro capítulos. En el primero desmonta lo que llama los “mitos fundacionales”, como brevemente aludimos arriba. Isabel los critica severamente y expone su tesis:

La hipótesis de este trabajo se basa en la afirmación de que la inexistencia de la democracia en países cuyas economías se sustentan en la industria petrolera resulta siempre y cuando la propiedad y el control absoluto de la industria permanece en manos del Estado.

En los capítulos dos y tres, se relata brevemente pero en forma clara el devenir de lo que llama el “Contrato Social de 1958” y “El socialismo del siglo XXI”. Es un postulado de antecedentes y un diagnóstico. Coincidimos con diversos aspectos de este aunque percibimos cierto determinismo que no compartimos. Sobre esto iremos en las entregas que siguen. No compartimos tampoco la hipótesis central citada más arriba, si esto significa que el control debe pasar a manos privadas. No creemos que una privatización de la industria petrolera es teóricamente justificable, menos aún políticamente posible y, finalmente, pensamos que sería un error. El asunto es más complejo y esta complejidad no escapa a la autora que tampoco, pensamos, propone cualquier venta de acciones al mejor postor en bolsa y ya.

El capítulo cuarto, para nosotros el más importante e interesante, porque son sus propuestas, trata de “La posibilidad de construir un nuevo pacto social”. Estas consideraciones van centrando lo que serán nuestros aportes: vamos a intentar problematizar las categorías básicas a partir de las cuales percibimos que se estructura el trabajo. Concretamente, aparte de esta introducción, haremos las siguientes entregas: determinismo y causalidad; liberalismo y contractualismo; el capitalismo; y, finalmente, el capitalismo humanista.

Nuestro interés no es descalificar un trabajo que, por el contrario, encontramos muy valioso, sino añadir consideraciones que puedan servir para una discusión válida de los asuntos que plantea. Pensamos que una vez desatada la discusión es indispensable clarificar las categorías y meta-supuestos que subyacen a la propuesta de consenso o pacto social que se  propone. Deben discutirse a fondo y con claridad. Pensamos que si estamos claros a este nivel, las propuestas de política y sus articulaciones van de suyo. No serán sencillas pero al menos podemos esperar que sean coherentes.

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