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Definiciones del ser humano ha habido muchas: es un ser racional, es un ser inteligente, es un ser lógico, es un ser político, es la máxima creación de la naturaleza o de Dios y otras megalomanías; y hasta hay quien afirma que no es nada, así mismo, el ser humano no es (no sería) nada.

Max Stirner, contemporáneo de Marx y Engels, respondió contundentemente a este “nadaísmo”: “el hombre es una nada, pero una nada capaz de destruirlo todo“. Nos está diciendo: es nada pero, a la vez, es capaz de destruir y destruir todo. Si así fuera, preguntamos, ¿cómo sostener que la nada no existe? Pero, a la vez, si la nada existe, entonces, ¿cómo hablar de una “nada”?

¿Nos atreveríamos nosotros, cada uno de nosotros, a cuestionarnos hasta qué punto somos, seguimos siendo, positivistas? ¿seríamos capaces de llevar ese cuestionamiento hasta el final? O estamos demasiado seguros de “nuestras” verdades y de nuestra definición y pensamos: “eso no hace falta”. Pero, cuidado: podríamos estar en nuestro límite religioso, podríamos estar repitiendo todo lo que combatimos ¿o no? porque, ¿por qué nuestra verdad iba a ser la única segura?

La discusión no es meramente semántica: una postura u otra nos coloca en una perspectiva u otra y luego la tendencia humana a la “clausura” hace el resto y el dogmatismo aparece: ¿qué es ésta clausura? ¿por qué aparece?; y alguien respondería: es que el ser humano “es” esencialmente dogmático y no hay nada que hacer. Otra definición más. Nótese cómo en todo intento de definición hay siempre la tendencia, la intención, el deseo, de conseguir establecer un estado acabado, único  y final del ser humano -y, en el fondo, del ser-. Seguimos en el territorio del racionalismo determinista, cuyo hijo histórico es el positivismo que domina toda la reflexión hasta hoy.

Para Freud, en cambio, en una postura que Castoriadis recupera y hace evolucionar, con el ser humano lo que aparece son los problemas de atribución de sentido: para este animal tan particular, por primera vez, se requiere que las cosas “tengan” sentido para “ser”. Esta idea es y no es fácil entender: si insistimos en entender sólo racionalmente, no vamos a entender; pero, si nos atrevemos a captar la idea, empezamos a entender.

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Por ejemplo, el ser humano es el único animal al que si se le satisfacen “todos sus deseos” inevitablemente y casi que necesariamente, no se sentirá satisfecho; y, hasta es posible que pierda completamente la capacidad de sentir satisfacción: ¿Mick Jagger? Antes, las ancianas le decían a uno: ojalá, hijo, que nunca dios permita que se cumplan para siempre todos tus deseos… y uno no entendía… Con el tiempo, vamos entendiendo…

Otra forma de acceder a esa comprensión sobre el asunto del sentido es la idea de nacer y morir: el ser humano es el único animal que sabe que nació y que morirá (aunque no lo acepte, y entonces aparecen las religiones, etc.) Pero, atención, nunca sabrá nada de esto por sí mismo: lo sabe porque ve nacer a otros y se lo dicen… Ve morir a otros y se lo dicen… ¿Buda? El ser humano no tiene una estructura psicológica o biológica que le haga saber esas cosas. La sociedad es quien se lo hace saber, son los otros quienes se lo hacen saber, esto es algo que reafirma el carácter estrictamente social de lo humano. Entonces, en algún momento, ese ser humano comienza a preguntarse ¿por qué? ¿para qué?, etcétera, etcétera, y aparece el problema del sentido que todo esto tiene.

Castoriadis:

“El hombre está desgarrado por motivaciones opuestas: por un lado, evitar la muerte, la consciencia de que nada vale más que la vida; y, por el otro, eludir una vida que no contenga aquello que la volvería digna de ser vivida”.

 

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