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La política no es ciencia. Es el arte de saber que podemos hacer todo, pero también de saber que no debemos hacer todo. Es el arte de la auto limitación. Es la actividad humana orientada a la institución de la propia sociedad. Es poder instituyente en acción que produce instituciones. ¿Cuáles instituciones? Pues aquellas que hacen y promueven lo público. Esto es, promueven a la comunidad política, pero -quede claro- esto no puede hacerlo nadie por o en nombre de la comunidad, sino que tiene que quererlo y hacerlo ella misma.

Ahora bien, si la política no es ciencia y tampoco hay dios ni libro sagrado que nos diga qué hacer, entonces, la política se “hace”, tendrá que hacerse, en la discusión y la polémica que la propia comunidad política guía en el proceso de construcción de esas instituciones, en la praxis. Esta no es por supuesto la visión liberal. Para el liberalismo los “representantes” hacen la política y la comunidad acepta aquello que se haga. Pero si estamos hablando de transformación social, entonces, sí, el problema se plantea porque lo que se espera de toda transformación revolucionaria es que el poder pase a ser del pueblo, sea una verdadera democracia que no es posible sino como democracia directa.

Travis Louie's The Creature Show 1

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Lo anterior plantea variados e importantes problemas, vamos a referirnos al problema democrático del consenso. Entonces, preguntamos, ¿qué debe hacer la comunidad con los disensos? Porque resulta que aspirar a un consenso total y para siempre es algo imposible; entonces, ¿qué debemos hacer con quien disiente?, ¿debemos decir que son “las masas confundidas por el enemigo”?, ¿debemos ignorarlas?, ¿debemos obligarlas, ¿debemos eliminarlas? ¿qué hacer?

Lo publico -el territorio en el cual existe la comunidad política- no es una instancia que esté garantizada. Para que haya espacio público es indispensable que existan primero asuntos que sean de dominio publico, esfera de lo público. En los llamados despotismos asiáticos y en cualquiera de los regímenes autoritarios modernos, lo público termina siendo “la propiedad privada del déspota”. Éste déspota ha asumido diversas figuras en la historia: rey, monarca, dictador, líder histórico, partido único; todos sustentados en la ley divina o en la tradición o la herencia o en una verdad que hay que imponer al “soberano”, una curiosa manera de entender al soberano, por cierto.

El recurso pseudo-marxista de que una dictadura lleva o puede llevar al pueblo hacia la “toma de conciencia” que justifica a aquella para alcanzar la libertad, es mistificación y positivismo puro, pues ignora la praxis y asume que la libertad es un “estado” que se alcanza y que, para colmo, unos elegidos van a alcanzar para el pueblo; por lo tanto, representa otra vez el desprecio hacia ese mismo pueblo porque se le considera incapaz de auto gestionarse. Cuando se dice que quien antes votó por mí y ahora no, es un “inconsciente”, se están asumiendo aunque sea de buena fe éstas posiciones.

De cualquier manera que se le mire esas posturas son errores teóricos, políticos e históricos y muestran que no se entiende el “poder del soberano” sino solamente cuando coincide con una verdad que, precisamente por ser la “mía” y no la “suya”, le es heterónoma. Tras esto se encuentra también una versión racionalista y funcionalista-positivista de la libertad y en ese direccionismo de “las masas” se está ignorando la praxis y la alienación implícita que conlleva: la libertad se ejerce y no es delegable, es praxis; o no es libertad, es otra servidumbre.

Nadie puede “salvar” a la humanidad, esta actitud es resabio religioso y cristiano y termina confiscando y anulando el proyecto por la libertad.

Por eso se dice que la libertad y la democracia son instituciones trágicas, porque pueden terminar eligiendo su propia destrucción. Si los líderes no entienden esto -o no lo ven- terminarán siempre llevando a la sociedad a otra servidumbre, otra alienación, otra explotación. Otra ruina, no solamente económica, sino política y social: otra esclavitud.

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