Etiquetas

, ,

Aquellos que dicen la verdad, expresan sombras.
Paul Celan

Antes que todas las cosas fue Caos.
Hesíodo

Es necesario tener una disposición de espíritu que corresponda al estatuto de ser mortal.
¡Oh, alma mía!, no aspires a la vida eterna, pero agota el campo de lo posible.
Píndaro

Introducción

No comparamos categorías políticas e instituciones antiguas y modernas por nostalgia o romanticismo; o deseo de volver a viejos modelos. Para empezar no hay modelos y en segundo lugar la creencia de que en materia política, social o humana la modernidad representa un progreso respecto a la antigüedad es parte de la hybris moderna: puro complejo y proyección. Veamos.

Difícilmente ha producido la modernidad un documento político que postule la democracia en forma más clara e imponente que la Oración Fúnebre de Pericles y ésta se escribió en el Siglo V adeC. Las democracias modernas son caricaturas y no son democracias y, por lo tanto, la sociedad contemporánea, aunque posea más técnica y ciencia, no está mejor instituida. Ni es más libre ni más justa que antes, al menos, no en algunos aspectos bien determinables y esenciales como para que nos preguntemos dónde está el progreso.

Entonces, en el pasado puede haber y hay gérmenes y realizaciones superiores -y en mucho- cuando hablamos de la sociedad y el ser humano. El complejo y la soberbia positivista-racionalista debería ser abandonado. Es pura hybris moderna y pura inflación de la razón. Lo moderno es decadente. Esa es la realidad.

Hay apuntalamientos estratégicos centrales en el liberalismo y el marxismo que por estar plagados de racionalismo positivista perdieron de vista captaciones humanas centrales. El resultado final es que estamos frente a dos modalidades del determinismo. La deriva determinista no puede entender la alteridad que subyace en toda realización humana incluyendo obviamente la política.

Cuando no se reconoce la alteridad de todas las creaciones humanas, la estrategia “protectiva” es siempre el ocultamiento y la negación de esa alteridad, esto toma la forma de afirmar la propia verdad como única y excluyente de cualquier otra verdad; luego vendrá la violencia ante todo aquello que se perciba como diferente. La política entonces adopta la representación heredada de la institución eclesiástica religiosa: los líderes o representantes son aquellos que monopolizan la interpretación correcta de la situación. Pero esto es precisamente la muerte de la comunidad política y la muerte de la libertad.

25STONE-blog427 (1)

¿Materialismo o Idealismo?

La frase de Paul Celan que antecede a esta introducción no es tramitable en el campo del determinismo o es un absurdo. Nos dice algo simple, pero trágico: la verdad humana es frágil, precaria, relativa. Especialmente –aunque no únicamente– cuando se refiere a sus propios asuntos. Estos son precisamente aquellos referidos a su propia subjetividad y a lo social-histórico. Los griegos habían captado esta realidad y por eso para esa cultura los asuntos de la poliseran cuestión del nomos y no de la physis. Eran cuestión de convención y no de naturaleza.

La naturaleza procede por necesidad: naturaleza es telos, había dicho Aristóteles; es decir, es fin. Lo natural progresa hacia la realización de su propia madurez como fin, como propósito y lo hace sin intervención ajena. El fruto está ya en la semilla, es su entelequia. Pero los griegos creían que el hombre por seguro solo tiene la muerte, pensaban además que su condición se apuntala en lo natural pero sus creaciones no proceden como lo natural y los dioses, por último, no podían ocuparse de él, entonces, ¿cómo saber hacia cuál fin apunta la vida humana?, ¿cuál es el sentido de esta vida?

La respuesta antigua griega fue: debe decidirse, es una respuesta del orden delnomos (convención) y, repetimos, no de la physis (naturaleza); y, ¿quién debe establecer esa convención? Pues como quiera que tampoco habrá un hombre “superior”, debe hacerlo la comunidad. Por eso la organización social para ellos era cuestión de la Eklessía (Asamblea pública, lo público), esfera que combina con otras dos para dar sentido a la organización social: el oikos (lo privado) y el ágora(lo público-privado). En esta perspectiva, la frase de Celan habría sido perfectamente reconocida.

¿Por qué? Porque en esa esfera pública lo que se discute son las opiniones y ninguna opinión puede aspirar a la verdad absoluta, por lo tanto, todas “expresan sombras”. Imperfectas aunque siempre perfectibles. Avanzamos sobre verdades relativas. Y, ¿en qué debe consistir la actividad de la polis? Pues en el trabajo incesante que postular instituciones, las crea y recrea, bajo su propia responsabilidad. Estas captaciones fueron esenciales no solamente para el pensamiento filosófico hasta el siglo V adeC., sino para todos los autores no filosóficos: historiadores, poetas trágicos, etc.

Quizá por esto Aristóteles, filósofo del siglo IV adeC., llegó a decir que la política es la ocupación más elevada y más digna, la más arquitectónica. Fue Platón quien con su iniciativa de la “ciudad ideal” y su odio a la democracia había postulado una república perfecta gobernada por sabedores de todo, sabedores de lo ´universal´, que, para él, eran los filósofos. El filósofo, como aquel que se encontraba por encima de la ciudad y podía decirle qué hacer y cómo. Se trataba aquí de ver la política como conocimiento seguro y, desde luego, no como arte u ocupación al alcance de cualquiera.

Con el giro platónico hacia la ciudad ideal, se abre la etapa determinista de la filosofía que se ha prolongado hasta hoy. Para Platón va a ser posible diseñar y conocer cómo es la ciudad perfecta e igualmente será posible llevarla a la práctica. Inmediatamente nos damos cuenta de que si la pretensión platónica fuese posible, la frase de Celan se vacía o pierde sentido, se torna absurda. Es falsa. Quien habla de verdad verdadera no puede expresar sino la verdad verdadera. Hemos llegado al territorio “seguro” del determinismo.

Es fácil darse cuenta de que si el determinismo fuese posible, entonces el mundo y los asuntos humanos serían susceptibles de la verdad absoluta y ésta no podría ser sino “una”. A la vez, esta unidad no sería posible sino al precio de asignar una homogeneidad sustancial a la realidad. Bajo tal circunstancia, la aparente diversidad sería en realidad una esencia homogénea, en la cual se re-une todo, todo se re-liga, vuelve a ser uno. Pues bien, este uno no es otra cosa que el símil ontológico de la idea de dios. Aquí, la filosofía racionalista –aquella a quien corresponde sustentar el determinismo– adhiere, quiéralo o no, a la religión y al idealismo.

Pero, atención, nótese que lo esencial de esta postura es su carácter “racionalista”, mientras su consecuencia “idealista” es una significación derivada. No hay diferencia. Esto nos lleva a la idea de materia.

La política como la actividad de la institución de lo social: la raíz filosófica

Los antiguos griegos creían que la materia era esa parte de la realidad que la mente humana no podía captar. Decían: en la mente podemos tener todo del objeto -dimensión, proporción, color, etc.- menos el objeto; y es en ese sentido que eran “materialistas”, porque reconocían la impenetrabilidad de “ese” algo que veían como completamente exterior. Esto fue así incluso para Platón, quien fue responsable del giro racionalista al que antes aludimos. Antes de continuar recordemos que fueron esos griegos antiguos los que crearon la filosofía y plantearon todos sus problemas nucleares.

Nótese que, sin embargo, nada impide que alguien -ustedes o yo- postule que esa impenetrabilidad puede ser vencida -por dios o por el hombre- alcanzando así la posibilidad de que “alguien” capte la materia (la realidad) tal como ella es, sin residuos, sin restos.

Si postulo a Dios y lo hago capaz de esa hazaña llego a la “razón divina”, existente aunque inaccesible al ser humano. Hay alguien capaz de la proeza: dios. Esto es determinismo en su versión más fuerte. Si en el camino del razonamiento doy un paso más y digo que por este medio también el hombre debe ser capaz de acceder al ser esencial de la realidad, entonces estoy igualmente postulando el “determinismo”, pero ahora como valor humano, despojando a dios del privilegio exclusivo del asunto. Esto es lo que hicieron los Iluministas. Nótese que en ambos casos lo que está detrás de ambos “determinismos” es la razón -divina o humana- como el elemento capaz de la proeza: esto es el racionalismo.

Pero la postura determinista puede tener incluso niveles. Puede ser por ejemplo que alguien diga (crea) que aunque nunca captemos la materia en forma íntegra y total, sin embargo, siempre nos acercaremos cada vez más a esa situación. Como si el conocimiento fuese “necesariamente” una senda hacia el conocimiento verdadero. El vehículo sería la razón positiva en sus versiones modernas de ciencia y técnica, por ejemplo; o puede ser dios que nos deja ver algo más. Esto es el determinismo positivista. Y es el más peligroso y el que domina actualmente a occidente. Es decir, pues, también a nosotros.

Este racionalismo, cuando es coherente, debe y tiene que llegar hasta donde llegó Hegel: todo lo real es racional y todo lo racional es real. Esto es determinismo en su versión máxima. Resumiendo, una posición determinista se caracteriza porque precipita la idea -confirma la creencia- de que mediante el razonamiento podemos acceder a aquello que los antiguos creían que no se podía acceder: la esencia de la realidad y la materia. Con lo dicho hasta aquí ya debería notarse el pre-supuesto central, fundamental, de todo esto: la razón penetra todo. Todo es razón racionalizable.

Ahora bien, si yo digo que la razón es algo inmanente a la realidad y que yo la penetro esto es algo muy diferente a decir o responder la pregunta por el origen -en el sentido de explicación-: ¿qué es primero, la materia o el espíritu? Puedo creer que todo es racionalizable desde una perspectiva idealista o desde una materialista. Este es un punto importante.

Si la materia y la realidad son completamente explicables, sea por dios o por nosotros -o por ambos- qué importancia tiene responder cuál es el origen. Respuesta: no tiene ninguna importancia y a la vez tiene mucha. Someter todo a dios o someter todo a la razón es exactamente lo mismo y en este sentido no tiene importancia, puesto que es tautológico: dios = razón. Punto. A la vez, decir que la cosa no está sometida a nosotros sino a una fuerza exterior a nosotros: es Heteronomía. Y esto es crucial.

Precisamente por esto tiene una enorme importancia, porque ambas respuestas son restauraciones de la negación de la autonomía como el aspecto central de la condición humana. Si la cosa es por dios o por la razón, ¿qué sentido tiene la acción humana? Ninguno: está determinada. Pero decir “acción humana” es otra forma de decir sociedad, historia y política, es otra forma de decir o referirse a la “institución humana”, porque es en estos ámbitos donde se desenvuelve aquella acción humana. Por eso es tan importante superar todo argumento determinista. Porque el determinismo anula al ser humano. Lo cosifica. Hace inútil su actuación y anula la historia como creación humana.

Pero también podemos admitir el determinismo y en ese caso todo sería o interpretación de la palabra divina expresada en las escrituras sagradas; o, indagación de leyes que están ahí, descubrimiento de la esencia de la naturaleza y la realidad que “nos” hace. Y, ¿para qué indagar? Pues para adherir a esas leyes ¿para qué más? Para seguirlas, para cumplirlas. Pues, qué sentido va a tener transgredirlas si de todas formas será lo que ellas digan; más absurdo aún, ¿qué sentido tendría seguirlas, si de todas formas cualquier cosa que hagamos tiene valor nulo? Y si no comprendemos alguna cosa se trata de la “astucia de la razón”. Este fue el punto adonde Hegel llevó todo el asunto: todo lo real es racional y todo lo racional es real; y si algo no se entiende es por la astucia de la razón. Al final todo va a ser como deba ser. El tiempo de dios es perfecto, en versión filosófica.

Pero si entendemos que el racionalismo en su versión determinista y en cualquiera de sus presentaciones –idealismo o materialismo– es absurdo, no es posible, entonces estamos postulando el indeterminismo y la permanente alteridad de todo. Ahora bien, atención, si ahora interpretamos tal indeterminismo como déficit o falta de algo -tal como es usual en la postura racionalista~positivista y también cristiana- continuamos atrapados en la heteronomía. El deseo de completar el pensamiento, de cerrar el círculo del entendimiento en torno a una verdad absoluta ha aparecido otra vez en términos de la queja ontológica: si no es posible conocer todo, entonces no conocemos nada, no vale la pena conocer nada. El bebé pide el biberón otra vez.

Pero, atención, en realidad el indeterminismo no es ausencia de nada sino posibilidad de todo. En realidad si algo está indeterminado es porque también es susceptible de determinación. Podemos determinarlo. Nunca una determinación última, atención, pero podemos diseñar un mundo a la medida humana, falible, imperfecto, alterable, pero creación humana, como nos sugiere Píndaro en su poema al inicio de este aporte. Es esta la postura que abre la posibilidad de una vida humana que tenga sentido. Esto es lo que los antiguos querían implicar cuando afirmaban la oposición irreconciliable entre physis (naturaleza) y nomos(convención). El nomos era para ellos el campo de la creación humana, creación de su sociedad y de su historia. Creación de su propia autonomía.

Si advertimos todo lo anterior, podemos comenzar a captar que la institución social, la política como actividad que crea las instituciones sociales, no puede ser asunto de profesionales ni expertos, sino únicamente de la comunidad que, cuando toma consciencia de eso, se hace “comunidad política”. Los representantes, la elección representativa de los “mejores” –versión darwiniana– de la política es una falacia. Por eso, a la vez, sólo puede haber democracia si ésta es directa; porque nadie puede hacer por cada ciudadano lo que cada ciudadano debe hacer: cuidar su libertad, hacer su ley y establecer cómo. La política pues no es una ciencia y esto no es ningún ataque, pues tampoco lo es la medicina, la economía, la sociología, la psicología, la historia, la educación. Nada que tenga que ver con el ámbito estrictamente humano es susceptible de conocimiento puro o saber absoluto.

La libertad, la justicia, la igualdad

Las tres grandes oposiciones que marcan el pensamiento griego antiguo y sobre las cuales fundaron su captación del mundo fueron las siguientes: ser y parecer (einai y pháinesthai); verdad y opinión (alétheia y doxa); y, naturaleza y ley (physis y nomos) –pero en ésta última la traducción no ayuda completamente a comprender de qué se trata. Digamos que aquí ´ley´ se refiere a convención: las cosas pueden ser por ´naturaleza´ pero también hay ámbitos donde son por ´convención´ y no por naturaleza. Veamos.

Las dos primeras, ser-parecer y verdad-opinión, eran opuestos polares, podemos imaginar para ellas una línea continua que las une hasta que en los extremos se polarizan; pueden contradecirse, pero ambas se requieren y si se elimina una la otra pierde sentido. El ser tiene una cierta forma de aparecer y, detrás del parecer se encuentra –creemos– el ser. Un ser que no parezca no tiene sentido, es imposible. De la misma manera, la verdad no puede expresarse sino en una opinión y, a la vez, entre las opiniones estará la verdad. En estas dos primeras parejas, pues, hay un continuo, polaridad.

En cambio, en el par physis-nomos (naturaleza-convención), los griegos antiguos veían contradictorios absolutos y excluyentes. Así, en el ámbito del mundo natural las cosas proceden por necesidad. Aristóteles, otra vez, decía “naturaleza estelos”, la naturaleza es fin. Porque en ausencia de elementos extraños ella tiende ´por naturaleza´ hacia  su propio desarrollo que no es sino su entelequia, su fin, que era la norma de su propia realización: la semilla contiene la planta, la planta contiene la flor, la flor contiene la fruta, etc. Muy bien. Pero aquellos griegos también se preguntaron, ¿hacia qué fin apunta el ser humano?

Y esa primera pregunta conduce a estas otras, ¿hacia dónde apunta la sociedad y la historia?, ¿quién y cómo dictar las normas de la polis?, ¿dónde está la polisverdadera y perfecta a la que el hombre debe tender y buscar? Los griegos antiguos creyeron en dioses –eran politeístas– pero en su captación de tal cosa, pensaron que tanto el mundo natural, como los hombres y los dioses habían emergido del caos –que para ellos era una ´abertura primordial´–. Es lo que nos dice Hesíodo en su Teogonía que citamos en el encabezado de este papel. Habiendo surgido todos del caos, entonces concluyeron que esos dioses no estaban allí para responder por el hombre y sus asuntos; en consecuencia, si no había nada que esperar de los dioses y para el hombre lo único seguro era la muerte –otra significación cuya versión antigua merece capítulo aparte–, ellos tenían que ocuparse de sí mismos y sus instituciones. El siguiente paso fue que consideraron que no había razón para creer que algún hombre pudiera concentrar la sabiduría total de esos asuntos humanos, y, por lo tanto, había que discutirlos, había que convenirlos: eran, pues, asunto del nomos. Hay algo más en la captación inicial del mundo por los griegos: se trata de que así como todo venía del caos, al final, todo debe regresar a él. Todo hunde sus raíces en él. Es el parkhaos-cosmos que no revisaremos ahora, pero que es originario de toda la discusión.

Entonces, resumiendo, si los dioses no están allí para responder por los hombres y nadie puede definir el telos (fin, propósito) humano, si para este ser particular las cosas no proceden simplemente ´por naturaleza´ -aunque obviamente están apuntalados en ella–, entonces estos seres viven en una indeterminación esencial: esta indeterminación abrió para ellos la posibilidad de la auto-determinación, la posibilidad del auto-nomos.

Entonces, nuevamente, cómo responder a la pregunta por el fin del hombre y su sociedad. La respuesta para ellos fue: debe convenirlas, debe decidirlas. Este ´saber´ no es ciencia, porque aunque sea determinable no está determinado; entonces será algo de lo que debe ocuparse la comunidad, arte de la comunidad, que así se constituye en ´comunidad política´. Comunidad política porque esautonomoi, autoteleis y autodikoi, esto es, se da su ley, se gobierna y se juzga a sí misma. Así, se originó la democracia, la política y la filosofía. Aclaremos, la política, entendida no como la forma de conseguir el poder y conservarlo sino como la creación/alteración de sus instituciones y la filosofía, entendida no como saber absoluto sino como el pensamiento que se piensa a sí mismo, como la labor del filósofo-ciudadano, que reflexiona y delibera. Este filósofo-ciudadano no es otro que el ciudadano democrático, nada más. Veamos.

Si comenzamos discutiendo si una ley es buena o preferible, el destino de esta indagación será –tarde o temprano– ¿qué es una ley que es buena? Y, por fin, ¿qué es lo bueno?, ¿qué es el bien?, ¿qué es? O en otras palabras, la discusión por lo justo –la comunidad juzga–  conduce a la discusión por el ser –la comunidad reflexiona– a través del ejercicio por la autonomía –la comunidad hace la ley–. Así, política, democracia y filosofía van de la mano y se co-determinan.

Si una comunidad recibe la ley de Otro –sea dios, tradición, libro sagrado, leyes naturales, ley de la historia o su degradaciones máximas: el mercado o el partido en el poder o un líder– y no puede alterarla, esa es una comunidad heterónoma, pues ha negado su autonomía, su capacidad de auto-institución. Por eso, la única democracia es la democracia directa. La democracia representativa es, en la práctica, una oligarquía y los socialismos reales han sido siempre, en la práctica, dictaduras, porque en ninguno de estos casos el demos pone su ley, sino que la recibe impuesta por otra instancia siempre burocratizada y ajena. Son fórmulas preestablecidas por el liberalismo o por las distintas formas del marxismo real o, peor, el partido único. No nos referimos a las teocracias pues se excluyen a sí mismas por definición.

Bibliografía:

Castoriadis, Cornelius (2012), La ciudad y las leyes, FCE, Argentina.

— (2006), Lo que hace a Grecia de Homero a Heráclito, FCE, Argentina.

— (2005), Los dominios del hombre, Editorial Gedisa, España.

— (2003), Sobre el político de Platón, FCE, Argentina.

Castoriadis Cornelius, ensayo Miseria de la ética, se consigue en la web.

Hesíodo (2007), Teogonía, Editorial Porrúa, México.

Steiner George (2011), La muerte de la tragedia, Editorial Siruela, España.

Anuncios