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Hacemos retrolectura cuando analizamos un argumento o un autor con la intención previa de conseguir en él razones o elementos que contribuyan a consolidar una idea o posición que mantenemos con anterioridad.

Está bien a condición de que no olvidemos, primero, que estamos haciendo retrolectura; y luego, siempre que no asignemos nuestra idea o posición indebidamente al argumento o autor que estamos analizando; y, además, atención, siempre que mantengamos la capacidad de advertir y admitir, llegado el caso, las incoherencias de nuestras ideas (que en realidad al comienzo casi nunca son nuestras: ¿qué y cómo es una opinión que es de uno? Este es un tema que deberíamos discutir); y, por último, sepamos rechazarlas cuando haga falta.

Esto último es precisamente no caer en el «prejuicio de las evidencias». Esta es una importante diferencia entre la postura filosófica -actitud crítica, autoreflexiva y deliberante- y la postura religiosa -que va más allá de las religiones y es igualmente una «actitud»-. El historiador y el investigador social deberían combatir y no caer en el prejuicio de las evidencias, esto es: deberían rechazar en ellos la actitud religiosa. Sin embargo, esto no es fácil. Si descartamos la mala fe por vulgar y obvia, queda el hecho duro de que muchas veces no advertimos o inconscientemente no queremos advertir -somos incapaces de hacernos conscientes- de las evidencias que nos dominan.

Bansky vs Burial 5

Bansky vs Burial 5

Cuando el investigador cae en esta rigidez psíquica decimos que llegó a su límite religioso y no va a ir más allá, a menos que rompa esta clausura. Lo anterior nos muestra cómo es más bien fácil caer en el prejuicio de las evidencias y el error es no estar alerta. Muestra también cómo la actitud religiosa puede permanecer, aún en aquellos que se dicen ateos, pues en el fondo esto no tiene nada que ver: ser ateo es una postura tan indemostrable como no serlo. En fin, todos, tarde o temprano, vamos a enfrentarnos al prejuicio de las evidencias, pero el verdadero investigador la admitirá, mientras que aquel que se clausura en la actitud religiosa, no.

Un elemento que nos sugiere cuándo estamos rondando nuestros límites religiosos y el prejuicio de las evidencias nos acecha es que siempre resulta molesto, perdemos el buen humor y quisiéramos cancelar la reflexión, sin duda aparece cuando no queremos cuestionar y, especialmente, cuando no deseamos cuestionarnos. El dualismo, el maniqueísmo, el dogmatismo, el determinismo; son todos buenos ejemplos. Noten cómo también son todos productos del «racionalismo» mal entendido: nacen cuando pretendemos tener la razón absoluta y no queremos aceptar la duda o el error.

El positivismo -trofeo máximo del racionalismo filosófico- es la pretensión de que la razón y sus hijas predilectas, la ciencia y la técnica, van a hacer posible si no el conocimiento absoluto, sí un conocimiento y un dominio asintótico de la realidad, un conocimiento que mostrará ineludiblemente una ´línea de progreso´ ascendente y que es infinita. No es ya dios quien garantiza el sentido, sino la diosa razón. Nótese la analogía. En ambos casos, algo exterior a la condición humana y que la supera asume el rol de la clausura de sentido y lo garantiza. Por eso, tanto la religión como el positivismo son posturas heterónomas. ¿Cuál es la diferencia entre Dios y la Razón Última o al revés?

En ambos casos, en efecto, como refiere Castoriadis,

“Si el universo humano estuviera perfectamente ordenado, ya desde el exterior, ya por su “actividad espontánea” (“la mano invisible”, etc.), si las leyes humanas estuvieran dictadas por Dios o por la naturaleza o también “por la naturaleza de la sociedad” o por las “leyes de la historia”, no habría entonces ningún lugar para el pensamiento político, ni habría un campo abierto a la acción política, de manera que sería absurdo interrogarse sobre lo que es una ley buena o sobre la naturaleza de la justicia (véase Hayek). Asimismo, si los seres humanos no pudieran crear algún orden por sí mismos estableciendo leyes, no habría ninguna posibilidad de acción política, de acción instituyente. Y si fuera posible un conocimiento seguro y total (episteme) de la esfera humana, la política tocaría inmediatamente a su fin y la democracia sería imposible y a la vez absurda, pues la democracia supone que todos los ciudadanos tienen la posibilidad de alcanzar una doxa correcta y que nadie posee una episteme de las cosas políticas”. (Castoriadis, 2005:115, 116)

Ahora bien, el positivismo mismo es una postura rendida al prejuicio de las evidencias porque no entiende y no admite aquello que desmiente a la razón o que la excede, aquello que la razón no puede explicar. En esto la religión siempre superará al positivismo pues aquella admite y se funda en la no-razón; y si vamos más lejos tendríamos que reconocer que el positivismo al negar ese ámbito irracional se convierte a sí mismo en una religión en segundo grado, una religión que se avergüenza de sí misma. Pero, atención, si esto es así, todas las posturas fascinadas por el positivismo estarán preñadas del mismo engendro y el determinismo terminará liquidándolas.

El positivismo es una significación imaginaria central y va a constelizarse sobre cualquier cosmovisión que asuma sus captaciones centrales. No denota nada, pero connota a todo. Este es el peligro. Podemos resumir esto diciendo que la madre de todas estos desprendimientos es la religión; el positivismo cree que la refuta pero en el fondo está atrapado por sus mismos vicios. El positivismo mismo es, a su vez, madre potencial de diversos engendros y no sólo del liberalismo y del capitalismo hasta ahora dominante. El corolario de todo esto sería que mientras no superemos la paradójica ´actitud´ religiosa que supone la razón mal entendida frente a los asuntos humanos, no podremos superar la heteronomía que nos jala con el prejuicio de las evidencias más profundo que padecemos en Occidente desde Platón: la idea de que ´todo´ es racionalizable.

Entonces, toda racionalización que presuma una episteme o conocimiento seguro acerca de la creación histórico-social y humana e incluso de la naturaleza pretende algo imposible: congelar la verdad, alcanzar la verdad absoluta, la verdad universal, que como se quiera nombrar es imposible. Esa inmovilización de la verdad es en realidad la expresión del deseo de ´unidad´ y coherencia total de universo que está detrás de todas las religiones monoteístas y es algo imposible porque pretende cancelar la ´alteridad´ y la creación.

Cuando se postula  que el mercado “rige” a través de un mecanismo impersonal las relaciones de intercambio, cuando se sostiene que, además, todo es sujetable a ese principio; y esto se remata con la idea de que todos los mercados se auto-regulan estamos en un mundo tan heterónomo como el de la religión: algo exterior garantiza el sentido, garantiza el orden, etcétera.

El positivismo -altar supremo de la razón- terminará ajustándose a la perfección al imaginario capitalista: si el mercado y el ´gesto eficaz´ bajo la figura del beneficio o la productividad es el elemento a partir del cual se instituye la sociedad, entonces todo se trata de ´descubrir´ las leyes que los regulan, la cadena de causas y efectos implícitos y hacer ciencia de todo ello. Si todo esto es posible, ¿por qué no mercantilizar todo? ¿por qué no productivizar todo?

Bibliografía:

Castoriadis, Cornelius (2005), La polis griega y la creación de la democracia, en Los dominios del hombre, Editorial Gedisa, España, pp. 246.

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