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La filosofía heredada quería explicar todo, es, por tanto, filosofía de la determinidad o determinista o de la determinación. Consecuencia directa de esta postura es que no existe la creación o hubo una y ya no más. Para la filosofía tradicional la creación es simplemente imposible. Pero, para nosotros, ¿qué es? ¿cómo entenderla? Veamos.

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Cuando aparece algo que no es simplemente diferente y que no puede ser explicado a partir de nada anterior, que no responde a la transformación de algo previo, que es «otro», es «creación». Para nosotros, la creación no es solamente reconocimiento de la indeterminación, sino dato primario e indispensable y apertura de nuevas determinaciones. Sin creación no habría ser, no habría tiempo ni habría nada. Es otra discusión.

La creación es entonces aparición de lo otro como “otro” y no como diferente. Si el mundo se tratara solo de diferencias, no habría novedad en el mundo, “no habría lo nuevo como tal” y no habría creación. Por eso es tan importante distinguir entre diferencia y alteridad o aparición de lo “otro”. Porque si no, otra vez, ¿cómo habría creación?

Pero aquí podemos precisar algo, porque aunque lo nuevo provenga de la indeterminación, lo nuevo no es necesariamente o solamente lo indeterminado ni lo imprevisible o impredecible; tampoco lo viejo es necesariamente determinado, puede ser profundamente indeterminado. La ruleta, por ejemplo, no es predecible pero no aporta nada nuevo, es “repetición trivial de una forma dada.”

Lo nuevo, en cambio, es “la posición de nuevas determinaciones, de nuevas leyes, de nuevas formas.” De modo que la indeterminación tampoco es un patrimonio exclusivo de lo nuevo; lo que sí es patrimonio de lo nuevo, de la creación, de la alteridad, es esa imposición de nuevas determinaciones a la realidad. Toda nueva forma está condicionada, pero no determinada ni causada. “La creación implica solamente que las determinaciones, que se aplican a lo que es, nunca están cerradas de manera tal que prohíban la emergencia de otras determinaciones”.

Y esto es precisamente lo que Aristóteles descubrió con la imaginación primera, un elemento indeterminable e indeterminado y al mismo tiempo determinante y que, ¡atención¡, no proviene de una instancia trascendente. Que la imaginación no sea discernible lógicamente, ni dependa de la lógica ni de la imaginación trivial o segunda y que, además, no sea Ser, cuestiona radicalmente toda la filosofía, porque es parte de la esencia de lo pensable y lo sensible sin ser Ser, y, por tanto, quiebra la división filosófica heredada.

¿Qué vemos en todo esto? Que con el fracaso de la filosofía heredada, con el fracaso de la razón como instrumento de la verdad absoluta, con la indeterminación, con la alteridad de las formas y la creación que le es propia, lo único que ocurre es que se multiplican las preguntas, preguntas que sabemos que no tendrán respuestas definitivas. La aventura del conocimiento no se cierra sino que por el contrario se abre aún más. Esto lo decimos para ir contra la otra tendencia de moda: predicar el fin de la filosofía:

“Lo verdadero ya no es un objeto a poseer (un “resultado”, como decía precisamente Hegel), ni el espectáculo pasivo de un juego de velamiento y develamiento del ser (Heidegger). Lo verdadero se hace creación, siempre abierta y capaz de volver sobre sí misma, de formas de lo pensable y contenidos de pensamiento que pueden encontrarse con lo existente”. Cornelius Castoriadis

Bibliografía:

Castoriadis, Cornelius (2008), El mundo fragmentado, Argentina. Terramar EdicionesCastoriadis.

Cornelius (2001), Figuras de lo pensable, Buenos Aires. Fondo de Cultura Económica.

Castoriadis, Cornelius, “Pasión y conocimiento: el amor por la verdad”:

http://es.scribd.com/doc/23479595/castoriadis-pasion-y-conocimiento-el-amor-por-la-verdad

Aristóteles, De Anima

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