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La filantropía ha sustituido a la política. La doctrina liberal y sus meta supuestos dominan el imaginario social, ¿y cuáles son las significaciones que impone? Bueno, que la política es asunto de representantes y profesionales y que el ciudadano debe replegarse a “sus” asuntos privados; y a este absurdo lo llaman libertad y democracia. Como si la libertad de la que goza el individuo iba a ser independiente de la sociedad en la que vive. Como si pudiera llamarse democracia que otros decidan por ti los asuntos que te atañen. Y el liberalismo vende esta vulgaridad con el argumento de que mientras tanto tú “puedas” ocuparte de ti y lo tuyo, que para la ideología liberal se trata de producir y consumir. A esta miseria la llaman vivir.

La verdad es que cuando todo se privatiza y se pierde la dimensión de lo público -aquello que nos compete a todos y no es por derecho privatizable- el individuo termina sumergido en la insignificancia. Los antiguos definían a un “idiota” como aquel que solo se ocupaba de sus asuntos, sin interesarse por su polis, su ciudad. Hoy, es esto lo que se promueve: ocúpate de ti mientras los que “saben” se ocupan de lo público y la política. Quieren una sociedad de borregos productivistas y útiles. La libertad para elegir liberal es, en realidad, obligación de elegir lo que el sistema ya eligió por ti.

Slavoj Zizek, filósofo esloveno, a su curiosa manera, nos muestra esta miseria. Como en el fondo la pobreza no nos gusta –ni siquiera a los ricos– entonces el propio sistema, para hacernos sentir que se hace algo, nos pone en la “elección” de colaborar para que un pobre se alimente o tenga televisión, nunca para que se elimine la pobreza.

Hay que abandonar el sentido común liberal para comprobar que la pobreza, así como toda la esfera de lo económico que siempre se ha querido entender como la “causa”, no es sino otro síntoma y por tanto un efecto: la verdadera causa de la miseria económica y aún más de la insignificancia moderna está en el olvido de la política, está en el “olvido” en el que el propio sistema nos sumerge haciéndonos creer en una libertad falsa y ridícula, que consiste en adquirir cada vez más baratijas de consumo, incluyendo la ideología, mientras la sociedad se disuelve en nada.

Un individuo capaz de gobernar y gobernarse es un sujeto político miembro de una comunidad que mira sus asuntos y se ocupa directamente de ellos. Lo demás son distintos tipos de servidumbre y esclavitud. Ese individuo sólo puede surgir del ejercicio de una Paideia, una educación ciudadana, que devuelva la importancia de armonizar lo privado, lo público-privado y lo público, sin secuestros de parte de una de estas instancias por otra.

Los dirigentes, burócratas, políticos y empresarios “profesionales” lo saben, por eso entre todos promueven una educación mediocre; si, por ejemplo, como consecuencia de la crisis económica generada por ellos mismos, hay que ahorrar, entonces recortan el gasto en las materias “humanísticas”.  Y si se trata de los populismos autoritarios modernos, entonces, ideologizan la educación para que un sello, “socialista”, “anticapitalista” u otro, determine para siempre lo que se puede pensar; con la excusa de la justicia social secuestran las instituciones y la economía llevando hasta la  apoteosis los mismos vicios liberales, pues los comparten íntegramente.

Todos van contra la verdadera Paideia claro, porque aquel no tuvo un “duermevela” con Keats o no descubrió las “pasiones instituyentes” con Sófocles, es más susceptible de ser manipulado y mediocrizado.

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