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En los dos aportes previos, evaluamos la teoría económica marxista. Frente a la extensión de la obra de Marx, es una revisión parcial necesariamente. Tenemos, en conclusión dos lecturas respecto a su visión económica. En términos más generales, como crítica del régimen capitalista, estudio de sus múltiples determinaciones y de las relaciones propias del sistema, encajado todo en su compleja realidad histórico-social, el marxismo colocó para siempre aspectos que no podrán eludirse. Su idea de la praxis, la forma en que desenmascara la fetichización y la enajenación propia del sistema, la denuncia de la explotación, su idea de la transformación social como proyecto consciente de los hombres que se adueñan así de su historia. Todo esto es muy fuerte y continúa vigente.

Lo anterior coexiste con una deriva determinista-positivista propia de la atmósfera intelectual de la época de Marx. Era poco menos que imposible para aquel momento no ceder a la fascinación cientificista y postular “leyes económicas, históricas y sociales” para los asuntos humanos. La ciencia y el desarrollo de la técnica aún no mostraban sus profundas derivas y delirios de dominio positivista; “dominio” que había sido anunciado ya desde Descartes y que todos los científicos en todos los ámbitos recibían con unánime aprobación: dominio del conocimiento, del progreso, de la naturaleza y, obviamente, también de los procesos sociales. Tenemos a todas las ciencias esforzándose en emular a la física. Tenemos a la física postulando el conocimiento absoluto de la naturaleza, etc.

Esta deriva positivista se expresa en la teoría económica de Marx, como vimos en los aportes anteriores (ver La teoría económica marxista I y II); ciento cuarenta y cinco años después de El Capital la ´racionalidad positiva´ del modelo permite detectar incongruencias inadmisibles. Las analizamos. En materia económica el sistema marxista de pensamiento es una ruina: la ley del valor-trabajo es inoperativa y falsa, la composición orgánica del capital y la tasa de ganancias no son previsibles ni su comportamiento se somete a relaciones meramente funcionales, la fuerza de trabajo no es una mercancía, la tasa de explotación, aunque aumente, no determina la depauperación de la clase trabajadora –ni lógica ni históricamente–. En fin, ¿qué más hará falta agregar?

Pero dijimos antes que el marxismo es un edificio con tres bases: una filosofía, una teoría de la historia y una teoría económica. Partimos revisando ésta última por razones obvias: es ésta la meta de nuestra materia; además, porque filosóficamente el sistema marxista postula que todo está determinado por lo técnico-económico que constituye la infraestructura a partir de la cual se condiciona la superestructura de la sociedad. Esto es una consecuencia derivada de su postura “materialista”. Esto es funcionalismo puro. Y el problema se agrava porque la teoría económica es, en efecto, para el enfoque marxista “la piedra angular del edificio”, entonces  ¿cómo sostener la filosofía materialista y el materialismo histórico sin ese soporte materialista? Por estas razones empezamos por aquí. Ahora bien, ¿qué decir de la filosofía marxista y de la concepción materialista de la historia? Comencemos con la visión filosófica del marxismo.

La filosofía marxista

Marx, como sabemos, es heredero de Hegel y cuando escribe encuentra la filosofía postrada ante el idealismo racionalista de este: el Ser es el despliegue del espíritu en la historia, sostenía Hegel, queriendo decir que este espíritu primero se aliena y luego regresa; entonces el sistema hegeliano iba a ser la elaboración teórica que reintegraba teoría y realidad, pensamiento y realidad. Y, como esa realidad es “práctica histórica”, entonces reintegraba espíritu e historia. Todo en torno a la idea central de ´espíritu´. Es una postura idealista.

Marx, correctamente, observó que la teoría hegeliana se mistificaba y terminaba convertida en solución “ficticia a problemas reales”. Y entonces propone un giro fundamental y, en sus palabras, toma la dialéctica hegeliana como método y la “para sobre sus pies”: la dialéctica va a mediar para que lo pensado –la teoría– se reintegre a la “praxis”, ¿cómo? A través de la “historia concreta”. Pero, atención, Marx nos está diciendo, está proponiendo de hecho, tres cosas importantes y que deberían analizarse: primero, que el método determina el contenido; segundo, que como consecuencia cambiando el método (si lo invertimos, por ejemplo) cambiamos el sentido profundo del discurso, su sentido, su contenido; y, tercero, y más importante aún, sugiere que el contenido es en realidad o está contenido en el método: todo es o sería método. Pero, reflexionemos, preguntemos, ¿entonces la “praxis” es método? Todo esto es turbulento desde el principio, porque ¿no habíamos dicho que la praxis no es técnica, no es práctica y no puede ser método, sino un ´hacer que se hace haciéndose´? Mucha atención con esto, pues está en la base de la filosofía marxista y tiene y tendrá enormes implicaciones: recordemos a Lenin y Trotsky queriendo aplicar los métodos taylorianos a las fábricas soviéticas y contra la voluntad de los obreros, por ejemplo; tal como denunció en el XX Congreso del Partido Bolchevique, en 1921, Alexandra Kollontai, Comisario del Pueblo para los Asuntos Sociales -recordemos que en la terminología soviética Comisarios serían nuestros Ministros-. Vean en la bibliografía un documento muy importante: “La oposición obrera”, que discute esto a fondo. Entonces, ¿podemos sostener que fueron desviaciones de los líderes solamente o es que hay algo en la base de la teoría misma? De hecho, tanto Lenin como Trotsky decían basar su postura en Marx. La verdad es que no podemos reducir el contenido al método y que hay grandes peligros que derivan de toda la reflexión hegeliana que Marx asume: esa misteriosa vuelta a la unidad que va a atormentar a todo el pensamiento occidental, el regreso a lo uno, a lo homogéneo, atención, que es platónica y cristiana también.

Pero, por otro lado, también la postura de Marx encierra una realización fundamental, que es la que él busca: la idea de que se puede trabajar sobre lo real “superando la teoría realizándola”, la acción humana como capacidad de intervención en su propia historia. Esto es la genuina idea de “praxis”, que también está allí. Entonces, Marx quiere una filosofía que supere a la filosofía realizándola –y, obviamente, que supere a toda teología–. Es la idea de “praxis”. Poderosa, fértil, prometedora y difícil. Éste es el Marx no petrificado, el Marx no momificado. El Marx que propone transformar el mundo, que el hombre sea dueño de su historia. Lamentablemente este Marx también es hegeliano y esto traerá sus consecuencias.

Marx no quiere ni está buscando una teoría como “sistema final” determinado y que diga todo lo que debe hacerse. A la vez, obviamente, tampoco quiere disolverse en lo indeterminado. Es un Marx que está entre los dos extremos y en ninguno de ellos: es un Marx de tradición griega, diríamos nosotros, abusando de las extrapolaciones ¿Por qué? Porque no quiere ni busca conocimiento absoluto y heterónomo; y, tampoco cae en la desesperación del caos y de lo indeterminado. Busca pensar sabiendo que no se puede pensar todo y para siempre, pero que aún así se puede y se debe pensar. Intenta superar el problema hegeliano del “fin de la filosofía”, siempre de moda, pero que Hegel había llevado a una posición límite y refuta a Hegel diciéndole: que la historia sea pensable no significa que todo estuviese ya pensado. Pensar todo era un objetivo muy caro a Hegel, recordemos: todo lo real es racional y todo lo racional es real.

¿Y entonces de qué se trata? ¿de qué debe tratarse la filosofía? Pues de la “praxis”: pensar el desarrollo progresivo que se da en la historia que es obra humana y que por eso es “pensable”. La praxis es un hacer que se va pensando mientras se hace: criar un hijo, ejercer la autonomía, pensar incluso, son ejemplos, también transformar la realidad. Es desarrollo progresivo, que anula todo pensamiento cerrado, pero no anula al pensamiento. Es “pensamiento vivo”.

Estamos en un límite peligroso. Marx quiere superar a Hegel, pero está en el precipicio: si mantiene la postura de la “praxis” no va a poder cerrar su teoría, jamás podrá postular leyes históricas ni materialismo histórico; por otro lado, si adhiere la postura “científica” de la época va a tener que intentar otra teoría, otro sistema explicativo total. Conocemos la historia, Marx optó por esta segunda opción. Era un hombre de su época y ésta estaba marcada por el positivismo. Aquí nace, de paso, el profundo complejo que sufren todas las izquierdas: la idea de creer que sin una ´gran teoría´, soberana y acabada, que contenga todo, no es posible la revolución y, finalmente, la idea de que todo revolucionario debe ´necesariamente´ ser marxista. Olvidan que hubo revolucionarios antes de Marx, ¿o no? Esta deriva es grave, porque entonces van a evangelizar el marxismo, impedir toda crítica, petrificando su contenido y, por tanto, matándolo. Esto es lo que hizo la Academia de Ciencias de la URSS. Pero aún peor es ver que esto sigue siendo lo que hacen nuestros marxistas contemporáneos: convertir el marxismo en vulgar ideología que hay que aceptar y justificar y ya, porque si no se pone en peligro la “filosofía de la revolución”. Absurdo total y total incomprensión de la praxis.

Para terminar con Hegel recordemos que éste postuló el  “absoluto-sujeto”: cuando el sujeto es absoluto se funde con el objeto, con el mundo, con la realidad, ha superado toda alienación y entonces, por fin, “es”. Marx entonces va a  postular su “hombre total”, “hombre comunista”, que será ese que se funde en la praxis histórica: “el absoluto-sujeto de Hegel ha descendido de su pedestal y camina sobre la tierra”, dirá Castoriadis.

Marx así traiciona sus postulados originales porque apela, otra vez, a la sustancia y la homogeneidad que es el núcleo de las concepciones racionalistas y deterministas; y esto nada tiene que ver con la realidad, no es fundir pensamiento y realidad, sino otra vez conceptos y racionalizaciones. Una oportunidad perdida. Ahora, si tenemos un hombre sustancia, un hombre-meta, definible y definitivo en términos positivos, que la historia debe buscar y que es el “hombre-comunista”, “hombre-bueno”, “hombre-correcto”, hombre ideal, en fin, entonces de lo que se trata es de articular la teoría y las leyes necesarias para su aparición: teoría y leyes que, en realidad, deben “descubrirse” porque son inmanentes a la historia y tienen la fuerza de leyes “naturales”: Marx termina así como el trofeo más preciado y paradójico del positivismo occidental. El mal está hecho y el marxismo naciente firma su propia carta de defunción. Termina elaborándose en dirección opuesta a la fértil idea de “praxis” y termina transformado en “objetivismo cientista completado por una filosofía racionalista”.

¿Dónde quedó el movimiento real que superará el estado de cosas existentes? Pues ya no está, ni puede estar. Notemos nosotros, de paso, que al postrarse ante el altar positivista-determinista, Marx pierde nuevamente la pista de la captación trágica del mundo: no hay más libertad, no hay capacidad transformadora real del hombre, no cabe la creación; entonces, tampoco cabe una ética que es imposible sin la hipótesis de libertad. La vida humana individual y social será solamente el cumplimiento de las leyes de la historia, leyes que promulgan un saber: el materialismo histórico. Punto. Cualquier cosa que se aleje de ésta dialéctica no puede ser más que “astucia de la razón”, recordemos la famosa frase de Hegel.

A la vez, todo esto traerá consecuencias específicas para el pensamiento marxista y estas serán devastadoras: si se trata de hacer lo “correcto” a la luz de una teoría imbatible, la pregunta de rigor es ¿quién dicta el camino? ¿quién interpreta la teoría? ¿cómo llegar al destino histórico de la manera más rápida y eficaz? Y recuerda uno los avatares de la revelación, ¿quién está investido del Saber? Para el cristianismo serán los Profetas y Padres de la Iglesia, para el marxismo será el Partido, después sus Líderes, para terminar dominado todo por la burocracia. A este destino es que nos ha traído la momificación.

Así, desaparece la praxis y aparece otra cosa, aparece el marxismo como método ¿en qué se diferencia este método de la técnica, en qué se distingue de un mero problema técnico? Respuesta: en nada. Habrá lagunas de conocimiento aquí y allá, incertidumbre de información, trabajo… de esto se trata. No son problemas de principio, son problemas de grado, de escenario político, de mantener el poder. Entonces, a partir de este momento, el marxismo ha muerto por obra de la cultura tradicional que sobrevive al y en el movimiento revolucionario. Son problemas técnicos: si el taylorismo se aplica en el capitalismo es explotación, pero si se aplica en la fábrica socializada entonces no.

Tenemos entonces un marxismo que es ideología de la burocracia y ya no teoría revolucionaria. Como tal, a continuación, cualquier intento de crítica, corrección, etc, es o será catalogado como “revisionismo burgués” y, en efecto, lo será a veces; pero el problema es que lo que no lo sea terminará igualmente ´condenado´ por la ortodoxia, a la que convendrá ver siempre “traidores” cada vez que aparezca la crítica y el verdadero pensamiento. Para Castoriadis el marxismo participa de la cultura capitalista y esto lo hace simplemente inservible: “Esto vale absolutamente para el marxismo  tomado como sistema, como todo”.

Las preguntas más inquietantes las realiza el propio Castoriadis: si para transformar hay que comprender, y, si la teoría marxista en su giro positivista ya no comprende, ¿cómo va a transformar la sociedad en el sentido que ella misma desea? ¿cómo seguir siendo marxista si se quiere seguir siendo revolucionario?

El materialismo histórico

¿Qué pensaríamos si un cristiano nos dijera que la religión cristiana no tiene responsabilidad por el acoso a Copérnico o por la muerte de Giordano Bruno o por la inquisición? ¿qué pensaríamos si nos dijera que lo que haga el Papa no afecta para nada a la religión cristiana ni la hace responsable de nada porque el Papa es sólo  un hombre y sus errores no afectan la letra sagrada de los Evangelios?

El problema para el cristianismo es que después de dos mil años de dominio occidental le será siempre muy difícil esconder sus realizaciones históricas. Aclaremos, vemos en el cristianismo no solamente buenas realizaciones, sino que observamos asuntos que no compartimos y si la conclusión laica es que ciertos hechos de su historia son condenables, ¿quién es responsable?

Igual consideración podemos hacer de cualquier institución histórica. Pues bien, ¿cómo hacer con una filosofía que se declara ella misma como portadora del “materialismo histórico”? ¿podemos ignorar sus realizaciones históricas? ¿con qué derecho? Por el contrario, nos atrevemos a decir que Marx sería el último en evadir esa responsabilidad. Él, que siempre se burló de los teóricos burgueses que ignoraban olímpicamente la historia, y que decía con sarcasmo: “para ellos hubo historia, pero ya no”.

El marxismo se trataba de “transformar al mundo”, entonces, preguntamos, ¿qué debe hacer el materialismo histórico, como teoría de la historia, frente a sucesos reales como Stalin, Mao, por nombrar solo dos?, ¿qué nos va a decir sobre el totalitarismo? ¿qué debe decirnos del surgimiento de la ortodoxia y la burocracia? ¿no hay ninguna responsabilidad en la teoría, en el edificio? ¿todo está bien en la teoría y en el materialismo histórico y lo que pasó es que unos tipos mal intencionados o descuidados desvirtuaron la letra sagrada de los textos? ¿bastará con decir que ningún socialismo real ha sido el verdadero y que hay que interpretar otra vez a Marx? ¿entonces, para el materialismo histórico la historia no importa? Entiéndase, no estamos proponiendo que no se estudie a Marx -cosa que, por cierto, pocos marxistas hacen- sino que deje de leérselo para justificar todo, que se asuma la responsabilidad histórica de sus realizaciones y se haga algo en consecuencia, que se vean los alcances de la mira marxista y se vea también lo que no vio o lo que no estuvo bien. De eso es de lo que se trata. Que no se vea a Marx como el ´Gran Padre´ sino como al pensador que fue y que se puede usar, refutar, cambiar y someter también a la praxis.

Para terminar, si la teoría económica que va a sustentar las bases materialistas de un pensamiento filosófico determinista no es sustentable, ¿cómo hacer una teoría de la historia que a su vez se sustenta en aquellos? Este es el problema de los sistemas soberanos.

Con este aporte completamos el Marco Teórico de los temas cinco y seis y la materia. Nos veremos en enero. Pueden, sin embargo, continuar con sus aportes mientras no nos veamos.

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