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La pregunta es importantísima: crucial. No es obvia. A primera vista la técnica se nos aparece como algo neutro: un utensilio, un instrumento, una máquina, un procedimiento, y, en el extremo, hasta una institución: la técnica. Y, parece que, de acuerdo con el ´fin´ que les demos, tendremos un resultado orientado a la función asignada. Estamos frente a la técnica vista como ajuste de fines a medios, como algo práctico que sugiere también ´neutralidad´, imparcialidad, respecto al uso que le demos. Desde esta perspectiva la técnica estaría allí disponible para una cosa u otra; y, vista así, ¿por qué habría de alienar? Pero, ¿es completamente así? Vamos a ver.

Para empezar, recordemos que muchos pueblos en la antigüedad –y en realidad hasta fechas relativamente recientes– registraron niveles de desarrollo técnico similares –a la vez estancados o estables y atrasados– y, sin embargo, optaron formas y combinaciones de organización social muy diversas y diferentes: matriarcado, patriarcado, totemismo, pueblos guerreros. El dominio del factor religioso en casi todos mostraría una doble condición de la técnica: ni necesariamente aliena ni tiene por qué dominar o ser ´causa´ de las otras esferas de lo social: estamos cuestionando aquí el asunto de la ´anterioridad´.

Veamos, para ilustrar lo anterior y ver cómo el ser humano no es de una sola manera, la cita que Castoriadis hace de la antropóloga Ruth Benediet quien en su obra “El hombre y la cultura”, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1967, nos dice:

“La idea de que el sentido de la vida consiste en la acumulación y la conservación de las riquezas sería locura para los indios kwakiult, que amasan riquezas para poder destruirlas; la idea de buscar el poder y el mando sería locura para indios zuni, entre os cuales, para convertir a alguien en jefe de la tribu, hay que apalearle hasta que acepta”, página 43, La institución imaginaria de la sociedad, ver bibliografía del tema.

Empleando la fraseología marxista para contradecirla, tendríamos que admitir que, en estos casos, la infraestructura no domina a la superestructura, sino que es al contrario: como en Egipto, otro ejemplo, en que la técnica se usa para construir pirámides y monumentos religiosos.

El problema de la ´anterioridad´ surge cuando nos preguntamos ¿fue la técnica la dio origen a la construcción de las pirámides con sus efectos superestructurales referidos a la religión o fue que el imaginario religioso dio origen a la necesidad de construir monumentos que promovieron el avance de la técnica? ¿qué fue anterior? Xerxes, gran Rey Persa, otro ejemplo, desarrolló el conocimiento y la técnica en su obsesión por conquistar a Grecia: fue su hybris y su ruina; y la pregunta sería, ¿fue que la técnica hizo aparecer esas ´ambiciones´ o sería que éstas, apoyadas en significaciones y ´actitudes´ hizo aparecer el conocimiento y la técnica que haría posible la invasión?

La Grecia Clásica es particularmente interesante. También los griegos vivieron esa ´estabilidad técnica´, pero en su caso fue diferente porque no fue que no pudieran hacer otra cosa. Ellos, que inventaron el logos, el razonamiento que funciona por demostración y la ciencia, que desarrollaron incluso filosóficamente las categorías de epísteme y techné, prefirieron vivir un mundo no dominado por la técnica. No se alienaron a la técnica.

Luego está la Edad Media, cuando se cae en un estancamiento casi absoluto. A partir del renacimiento, y especialmente en los S. XVII y S. XVIII: explosión de innovaciones. Se ve a la técnica primero como amiga del progreso, se consolida la idea de la expansión ilimitada de lo racional sobre todos los ámbitos de la vida individual y social; siguen los siglos XIX y XX, cuando presenciamos la apoteosis de la técnica y la ruina de la humanidad al mismo tiempo.

Finalmente llegamos a la situación actual cuando muchos ven a la técnica como enemiga de la humanidad porque ha degenerado hacia una pseudo racionalidad banal cuando no conocimiento y acción francamente destructivos. Un mundo que desperdicia recursos manteniendo ejércitos y tecnologías de guerra, cirugías del cuerpo y enormes recursos dedicados a la belleza y la juventud entendidas como hybris, como fines degenerados de sí mismas, como excesos. Esto, mientras hay pueblos enteros que mueren por hambruna, enfermedades y miseria. Especies enteras se extinguen por la acción de la técnica, la biodiversidad ha sido puesta en peligro, peligra el equilibrio ecológico.

Más ridículo aún, en el mundo ‘desarrollado’: ciudadanos que pierden sus empleos, sus viviendas, pérdida absoluta de la seguridad individual y social, suicidios; mientras los especialistas, políticos y gobiernos se deshacen en esfuerzos para auxiliar a los que causaron la crisis. Y la técnica y los técnicos al servicio de todo esto. El absurdo es total. La alienación a la técnica es dominante.

Zilda, Charlotte Corday

Zilda, Charlotte Corday

Hay en el capitalismo la ilusión de que la técnica posee una capacidad de evolución autónoma del resto de la sociedad, pero en realidad es al contrario. Vean la siguiente cita extraída igualmente de La institución imaginaria de la sociedad de Cornelius Castoriadis (ver bibliografía del tema):

“Hacer del saber científico esencialmente un medio de desarrollo técnico, darle un carácter de predominancia instrumental, corresponde también a una nueva actitud. La aparición de estas actitudes es inseparable del nacimiento de la burguesía –que tiene lugar al comienzo sobre la base de las antiguas técnicas. No es sino a partir de la plena expansión de la burguesía cuando puede observarse, en apariencia, una especie de dinámica autónoma de la evolución tecnológica. Pero tan solo en apariencia. Pues, esta evolución no sólo es función del desarrollo filosófico y científico desencadenado (o acelerado) por el Renacimiento, cuyos vínculos profundos con toda la cultura y la sociedad burguesa son incontestables, sino que recibe siempre más la influencia de la constitución del proletariado y de la lucha de clases en el seno del capitalismo, que conduce a una selección de las técnicas aplicadas en la producción entre todas las técnicas posibles.”, página 34.

Todo esto muestra a la vez dos cosas: primero, no hay autonomía de la técnica; pero, segundo, tampoco inercia de la superestructura respecto de la infraestructura.

Por el lado del socialismo-marxista, ¿qué vimos en el S. XX? Tomemos el mejor ejemplo: la URSS y su órbita de dominación. La Revolución Rusa se materializa en 1917 y, como sabemos, fue el Partido Bolchevique el que “se instala firmemente en el poder” (“La oposición obrera”, Alejandra Kolontai, página 22, vean la bibliografía del tema). Se consideró indispensable que el Partido asumiera el control absoluto de todo. Trotsky lo entendió claramente así, citemos:

“El obrero no hace cambalaches con el gobierno soviético; está subordinado al Estado, le está sometido en todos los aspectos, ya que se trata de SU Estado”, así aparece en su libro “Terrorismo y comunismo”, citado en la página 23 de “La oposición obrera”.

Con este antecedente, reiterado permanentemente también por Lenin, ¿cómo se interpretó el problema de la técnica en la URSS naciente y qué salida se le dio? Pues, en primer lugar, formando una capa o casta “gestionadora de la producción”, página 23. No los obreros formados en comités o administrando directamente, no. Tanto Lenin como Trotsky formularon la necesidad de una ´burocracia´: un director general con sus directores. Es obvia la similitud con las fórmulas de organización de la empresa capitalista, ¿no? Trotsky justificó esto con la mayor honestidad y con las siguientes palabras, citamos:

“No puede ser ni acertada ni errónea, desde la óptica de la técnica administrativa… Sería el peor de los errores confundir la cuestión de la autoridad del proletariado con la de los equipos obreros que gestionen las fábricas. La dictadura del proletariado se expresa mediante la abolición de la propiedad privada de los medios de productivos, mediante la dominación sobre el entero mecanismo soviético por parte de la voluntad de las masas, y no mediante la forma de dirección de las diversas empresas”, páginas 23/24.

Como quiera que a nivel político quien asumió completamente el gobierno fue el Partido Bolchevique, estaba claro que esa “voluntad de las masas” que menciona Trotsky es la que decida el Partido; entonces, si la clase obrera no manejaba el Partido, sino que era representado por él; y tampoco las empresas, que terminaron entregándose a la burocracia designada por el Partido, ¿qué manejaban? Respuesta: nada. Y esto desde 1918 ó 1919, al menos.

La visión de Lenin y Trotsky se basó en dos supuestos: primero, “los comunistas expresan los intereses fundamentales de la clase obrera”, página 24; y, segundo, la administración de las fábricas es un asunto ´técnico´, ´neutro´, ´independiente´, por tanto, tampoco debe manejarlo directamente el trabajador. Luego vendría la exigencia que “pedía una subordinación completa de los sindicatos al Estado”, ¿por  qué? Porque “el Estado y los obreros son la misma cosa y, por lo tanto, los obreros no necesitan un órgano separado que les defienda contra “su” Estado”, página 25.

Esta fue pues la posición de la ´ortodoxia´ representada nada menos que en Lenin y Trotsky entre 1917 y 1920; pero qué pedían los trabajadores ¿acaso estaban callados? No. Los obreros, cuya vocera fue puntualmente Alejandra Kolontai, Comisaria de Asuntos Sociales para esa fecha, pedían que:

“La gestión de la producción y la economía fuese confiada gradualmente a los “colectivos obreros” de las fábricas, con arreglo al modo en que tales colectivos estaban organizados en los sindicatos; que la “dirección de uno solo” fuese reemplazada por la dirección colegiada; que el papel de los especialistas y los técnicos fuese reducido.”, página 25.

Lenin y Trotsky veían el problema como un asunto ´técnico´ mientras los obreros lo observaban como un problema político y social. Lenin creía y defendía que para salir del atraso “y del caos”, había que adoptar los métodos capitalistas de dirección y racionalización en la producción. Y, si recordamos bien, en realidad, nada de esto contradice las tesis fundamentales de Marx que había predicho que para que la revolución proletaria fuera posible era necesario el desarrollo técnico de las fuerzas productivas que entrarían en contradicción con las relaciones jurídicas de producción, etcétera, etcétera.

Entonces, la pregunta acerca de si el problema de la burocratización y del imperio de los especialistas en los socialismos reales no está en origen en la propia teoría marxista es completamente válida. Decir con Marx que el desarrollo histórico-social está fundamentado y depende del desarrollo técnico de las fuerzas productivas es a la vez decretar la autonomización absoluta de la técnica y someter todo a ella: es la alienación total.

Por este camino, por ejemplo, aplicar las teorías de Taylor y Fayol, las técnicas de producción en serie y de estudio de movimiento y la organización ´científica´ de las empresas –técnicas todas capitalistas–: si es en nombre del capitalismo está mal; pero si lo hacemos en nombre del socialismo, estaría bien. Pero, preguntamos, ¿estaría bien?

De pasada solamente, no olvidemos que desde el comienzo el propio Adam Smith advirtió que estos procesos repetitivos embrutecían al hombre, pero eso no importó al capitalismo en ebullición, se impusieron estos métodos en nombre de la eficiencia. Punto. Todo puesto al servicio del sistema capitalista. Lo trágico es que se pusieran sin más también ´al servicio´ del socialismo: parece obvio que el fracaso tenía que sobrevenir.

¿Por qué? porque la técnica no es neutra, es social-histórica y la alienación potencial que es capaz de generar no va a cambiar simplemente porque se obligue al obrero en un sistema o en otro. No es así. Lo único que de verdad va a eliminar la alienación será que el trabajador se haga cargo de sí mismo, sin representantes, punto. Que se equivoque y acierte por sí mismo, que genere y se adueñe de su propia praxis. Que convenga con sus iguales cómo se van a hacer las cosas.

Nos preguntamos, para terminar, tomar la técnica capitalista y ponerla al servicio del socialismo, ¿es suficiente? ¿se justifica en nombre de los nuevos fines de la nueva sociedad? ¿quién debe decidir tal cosa? ¿el partido? ¿cómo es eso? ¿y los obreros? ¿deben trabajar como simple fuerza de trabajo, antes para el capitalista y ahora para el partido y la burocracia? ¿a dónde va a conducir todo esto?

La realidad es que la técnica está ligada a los contenidos social-históricos del momento en que ha sido formulada y, por lo tanto, es un problema es mucho más complejo que lo que la ´racionalidad positiva´ permitió a Lenin y Trotsky ver en su momento. La teoría marxista puesta en práctica por Lenin y Trotsky fracasa rotundamente en este sentido. Ese fracaso está en la base de la teoría desde Marx y el desafío sigue allí: sigue pendiente la transformación de la sociedad. Sigue pendiente superar la alienación.

 

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