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Cuando Platón en su diálogo “El Político” se debate con la definición apropiada para este hombre que se ocupa de los asuntos generales de la ciudad, primero, propone que éste político es un “Pastor”, pastor de hombres, se refiere. Luego de un largo desarrollo, sin embargo, concluye que, ésa definición es inapropiada. Enseguida, se dedica a otra metáfora y propone que el político, más bien, es como un “Tejedor”, y se dedica entonces a demostrar por qué es así.

No es nuestro asunto en este momento, entrar en los detalles del diálogo, sino solamente tomar nota de que Platón se pregunta y entra a definir –muy detalladamente– lo que es este Tejedor y lo que es ésta actividad. El tejido: ¿qué es? ¿en qué consiste? ¿cómo se clasifica entre las actividades humanas? Y es aquí que empieza a interesarnos, pues Platón hace lo que Castoriadis califica como “una extraordinaria y notable división universal de las actividades humanas”: divide y organiza todo lo que “creamos, fabricamos y adquirimos”. Establece las causas por las que los hombres hacen o adquieren las cosas.

Habla entonces de siete artes: dice no saber cuál es la primera (289a-b), curioso ¿no?, pero sí conoce y menciona las otras seis, dice: “Tenemos la especie primitiva, luego tenemos el instrumento, el recipiente, el vehículo, el abrigo, el entretenimiento y el alimento.” Está mencionando los ´objetos´ de cada arte. Luego, atención, va a distinguir entre las “artes que apuntan a la cosa misma y las que son artes auxiliares y subalternas (289c y 291ª, el subrayado es nuestro).

¿Qué está haciendo Platón? Pues se está planteando la pregunta que hace nacer la economía política; nacimiento que, por cierto, deberá esperar hasta el siglo XVIII, esta pregunta es: “¿cuáles son las actividades realmente productivas y cuáles no lo son?”. Después de él, sólo Aristóteles se ocupará del asunto y desde allí: veintidós siglos. Debe resultar claro, entonces, que la economía está entre las actividades humanas que crean y producen; pero, atención de aquí no se sigue que todas las actividades humanas que crean y producen sean o tengan que ser de carácter económico o que ese carácter sea dominante, porque, ¿por qué iba a tener que ser así? ¿acaso no podemos crear y producir algo por razones no económicas, aunque para hacerlo tengamos que cumplir requisitos económicos? Hay que distinguir. La economía no es un arte de la totalidad. Sigamos…

Arunas Rutkus Moment of Glory Vía SaatchiOnline

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Pasemos a preguntar nosotros: ¿Qué es lo productivo y qué no? ¿qué es lo necesario y qué no? ¿qué tiene valor y qué no? E, inmediatamente, la pregunta directa: ¿qué vale? ¿qué es valer? ¿qué es el valor? Estas son las preguntas centrales de la economía política que, como es fácil notar, en el fondo son la misma pregunta. Por eso, desde el comienzo de la reflexión, el asunto central que debe dilucidar la economía política es qué vale y por qué: desde el punto de vista de la actividad y desde el punto de vista del objeto de esa actividad. Enseguida se sigue la tercera cuestión: la distribución ¿Cuáles deben ser los criterios para distribuir el valor producido representado en los objetos de esa actividad? Entonces, tenemos tres preguntas: ¿qué vale? ¿cómo se produce eso que vale? ¿cómo se distribuye?

Resulta claro que estamos frente a un típico problema de conocimiento: queremos saber qué es una vez que advertimos que la intuición y el sentido común no son suficientes para determinarlo. Todas las teorías cognitivas –desde Platón hasta Francisco Varela, por mencionar dos autores– se plantean eso: ¿cómo es que se conoce? No entraremos en ese tema, pero es sano recordar que estamos también ahí; vamos a lo nuestro. Frente a esa pregunta podemos adoptar dos actitudes posibles: la primera, querer captar y establecer lo que es para siempre, como verdad absoluta y universal; y la segunda, saber que, aunque lo deseemos y busquemos, eso no es posible y no perder el cable a tierra, por decirlo así.

Volvamos a la economía política y sus orígenes “¿cuáles son las artes necesarias para la vida y cuáles no lo son?” Esta sería la pregunta primigenia y luego viene la pregunta que situa a la economía: “¿cuáles son las actividades realmente productivas y cuáles no lo son?”; y, entonces, preguntamos nosotros ¿qué crea valor?

La respuesta que había dado Platón en La República es sustancialista y, además, materialista: las cosas que valen son las cosas materiales. Punto. En el diálogo El Político, es mucho más flexible pues notemos que incluye entre esas artes al “entretenimiento”, es decir a los servicios, diríamos modernamente. Para los fisiócratas, en el siglo XVIII, lo productivo era solamente las actividades primarias, la tierra y lo que se extrae directamente de la naturaleza: agricultura y minería. No la industria, atención, porque ésta sólo transformaba. Para Adam Smith, era productivo todo lo que tenía que ver con un objeto material, ´aunque´ sólo lo transforme; y excluía los servicios.

Marx, en lo esencial, es igual y se apoya en la misma distinción. Por eso, en las contabilidades nacionales de las economías socialistas soviéticas no se incluían los servicios, porque no creaban valor: así el arte del comerciante, del cocinero o del perfumero o del brujo o el médico o del economista mismo, no crean valor. El trabajo de los historiadores, por ejemplo, los educadores, los músicos, por esa misma razón, no valen… pero, no, dice uno en el acto, ¿cómo va a ser posible que el trabajo de un historiador o un educador no valga? Sin ellas, nada de lo otro se hace posible, ¿entonces? Respuesta: valen, pero no tienen precio. Como el aire, su valor es innegable, pero precio no tiene. Pero, ¿cómo articular esto? Son algunos de los callejones sin salida de la economía materialista y sustancialista: pura herencia platónica. Sigamos…

Pequeña digresión y pregunta: la economía de la República Popular China hoy, obviamente, no es así y tampoco su contabilidad social, pero ¿eso es una economía socialista? ¿qué es? Volvamos…

Entonces, en las primeras aproximaciones a la noción de valor se intentó sostener una visión esencialista, sustancialista: solo valen las cosas materiales y las actividades que las producen o las transforman. Pura visión aristotélica: la sustancia y sus atributos, eso es lo importante. Entre los atributos de una cosa está el ocupar un espacio, “ser en un lugar determinado”: dos cosas idénticas que están en lugares distintos, son distintas; en consecuencia, el traslado, el transporte, se va a considerar dentro de la noción de valor. Pero no el comercio, como dijimos arriba, porque no es atributo de la cosa ni la modifica.

La riqueza vale, obviamente, es valor. Pero decir esto es una tautología. Es no decir nada. La pregunta es ¿por qué vale lo que vale? Hay cosas que valen y la pregunta es por qué. Por eso, Adam Smith tituló su obra “Una investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones” (http://es.wikipedia.org/wiki/La_riqueza_de_las_naciones), que nosotros podríamos parafrasear diciendo que se trata de un estudio sobre la naturaleza y las causas del valor. Hay otro elemento en el título de la obra dado por Smith y es el hecho de que los primeros economistas clásicos, como señala Marx en la Contribución a la crítica de la economía política, “comienzan siempre por el todo viviente, la población, la nación, el estado, varios estados, etc.”, pág. 301, ver la referencia abajo y en la bibliografía; pero siempre, dice, van a terminar por descubrir que lo concreto “es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo tanto, unidad de lo diverso.”

Por favor, lean el apartado 3, “El método de la economía política”, páginas 300 a 310; y “El arte griego y la sociedad moderna”, páginas 311 a 313; ambos en la obra Contribución a la crítica de la economía política de Carlos Marx, 1980, Siglo Veintiuno Editores, Madrid. Hay edición disponible en la red: http://www.moviments.net/espaimarx/docs/8d9a0adb7c204239c9635426f35c9522.pdf

 

 

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