Etiquetas

,

Funcionalismo, causalismo, finalismo, pragmatismo, son todos diversos vestidos del positivismo. Maneras de aparecer. Pero nosotros debemos diferenciar una cosa de otra. No es que no hay funciones, causas, fines, práctica, técnica, ajuste de medios a fines; existen y son muy importantes. Pero tienen límites y no son todo. Por ejemplo, una institución cualquiera tiene un funcionamiento y funciona, pero todo lo que es no queda dicho con la función que anuncia, por más completa que quede definida.

En economía todo esto es muy relevante, porque hay todo un despliegue muy dominante: es la visión “económico-funcional” de la institución. Creer que “la institución existe ‘porque’ cumple una ‘función’ y que esto es todo”. Aquí nos encontramos con el positivismo vestido de funcionalismo, otra vez, porque esa supuesta funcionalidad se supone “causal” o “final”.

Sin embargo, atención, una cosa es que la institución tenga funciones -incluso fundamentales- y otra es que se quieran comprender las instituciones sólo por estas. Sobre todo, atención, cuando nos referimos a “instituciones humanas” (¿hay otras?). Hay instituciones, éstas tienen funciones y están ahí para cubrir ciertas necesidades, pero sólo en lo que se refiere a la necesidad-uso; hasta aquí, todo bien, pero, ¿esto es todo? Estamos intentando diferenciar las necesidades funcionales de aquellas otras que en el caso del ser humano “hacen la diferencia”. Por ejemplo, las ardillas comen los frutos secos de la montaña, pero el hombre le asigna “valor” a lo que consume; y luego ese valor parece formar parte de la cosa, parte del producto.

Uno puede decir que el ser humano necesita alimento, vestido, vivienda, etc., pero, una vez que tiene esto, ¿no necesita más nada? Entonces, ¿qué nos diferencia de los caracoles? Castoriadis pregunta: ¿cuáles son las necesidades ´reales´ de una sociedad, cuyas instituciones se supone no están ahí sino para ´servir´?

No estamos hablando tampoco de las necesidades biológicas, atención: éstas las compartimos con todo lo vivo. Cuando ciertos monos bajaron de los árboles, se irguieron y, en fin, se separaron de los otros, ¿no terminaron estableciendo otras necesidades? ¿otras necesidades no funcionales?

Y estas otras necesidades, ¿están definidas por alguien? ¿o en alguna parte? ¿son fijas? El funcionalismo supone una necesidad a la cual apunta la función, pero “¿cómo definir para el ser humano o su sociedad esa necesidad (esencial)?” ¿quién lo va a hacer? ¿cuáles son esas necesidades otras que las biológicas? Respuesta: no sabemos, son indefinibles. ¿Cómo definir el sentido que tiene una vida más allá de lo biológico? Sería como decir: tú naciste para liberal, tú para marxista, tú para santo, tú para tabernero… Reflexionen la siguiente cita de Castoriadis:

“El organismo biológico no es más que la totalidad de las funciones que cumple y que le hacen vivir: un perro come para vivir, pero puede decirse con la misma razón que vive para comer, respirar, reproducirse, etcétera. Pero esto no significa nada para un ser humano y para la sociedad.” La institución imaginaria de la sociedad, pág. 186.

Anka Zhuravleva 34 Distorted Gravity

Entonces, el hombre crea instituciones y éstas tienen funciones, pero no podemos decir que esto las define “completamente”. Sin embargo, ¿no es ésta hoy en día la idea dominante? ¿no terminamos reduciendo todo a su función o finalidad?

Tomemos el ejemplo del mercado y la mercancía: ¿cuál se supone que es la función de estas figuras? Un positivista liberal (es una redundancia) ve en el mercado el espacio -real o simbólico- donde se producen relaciones de intercambio entre mercancías, tangibles o no. Bajo ciertas hipótesis –disponibilidad de información, conocimiento perfecto, flexibilidad de factores, ciertas elasticidades, racionalidad de los agentes– esas relaciones dan lugar a un intercambio entre “iguales” y a un cierto tipo de relaciones de propiedad que, a su vez, presuponen un individuo abstracto y “libre”, etc, etc…

Entonces, se trata de hacer que el mercado “funcione”. Si no funciona, es porque algún elemento o factor interfiere y debe ser corregido: existencia de monopolios o mercados controlados, por ejemplo. Entonces, se corrige la anomalía y todo debe funcionar. A esto es a lo que nos referimos: es funcionalismo, causalismo, finalismo, pragmatismo, en acción. Se cree que la propiedad privada es la institución a la que deben apuntar todas las sociedades si desean organizar la producción de forma óptima y racional. Se cree en el mercado como en la Biblia.

Pero, ¿esto es todo? ¿no hay algo más? ¿no hay en la racionalidad intrínseca y propia del mercado como institución otras implicaciones, incluso no sabidas e inesperadas o indeseables? ¿no hay ahí otras conexiones virtuales, quizá ilimitadas? El mercado queda definido como quieran los liberales, está bien, ¿pero esto va a impedir que surjan otras implicaciones y vinculaciones de allí?

A lo que vamos es a que, atención, la lógica propia de las instituciones y su progresiva captación por parte de quienes se ocupan de ellas o viven de ellas o contra ellas, está más allá de lo que se ve y está sometida a su propia historia, crea su propia historia, ¿no? La “captación positiva” de las instituciones puede ser y generalmente es incompleta y “pesa mucho en su evolución”. ¿Cómo comprender “racionalmente” esta evolución? Imposible. Se trata de algo irracional. Detengámonos aquí, es importante. ¿Qué es lo irracional? Volvamos al mercado y la mercancía.

Marx, que vio más allá que los liberales, denunció el “fetichismo” de la mercancía. Él observó cómo, en la relación capitalista, el producto del trabajo se “enajena”, se “aliena”, del trabajador, de la sociedad y, entonces, se “autonomiza” como “mercancía”. Una categoría que  “pareciera” vivir de su cuenta y por su cuenta; y así la entienden los liberales, por eso para ellos el mercado es una “fuerza ciega”, que debe dejarse operar, etcétera, etcétera.

Pero, frente a qué estamos aquí. Veamos. Cuando la sociedad no reconoce su propio producto en su imaginario, es cuando decimos que surge la alienación: la institución (el mercado, la mercancía) pierde transparencia y, en lo sucesivo, se va a imponer a la sociedad. La va a dominar. Esto es lo que entendemos por enajenación. Imaginario con vida propia: como si existiera de “su” cuenta. Como “real” por sí misma.

Cuando, entonces, Marx observó que “los productos del trabajo humano se le aparecen a la sociedad como relaciones investidas de valor por sí mismos, como mercancías que condicionan relaciones sociales con efectos que se encarnan en la materialidad de la vida social”, estaba desenmascarando el fetichismo de la mercancía y se está divorciando de las posturas  positivistas.

 

Anuncios