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Para Freud la psique está formada por tres instancias: el yo, el super yo y el ello. Esta división es llamada la “segunda tópica”. Estas instancias existen o se manifiestan, a su vez, en tres niveles: consciente, preconsciente e inconsciente, división que se conoce como la “primera tópica”. Puede ilustrarse esto con el siguiente esquema:

 

Modelo estructural del aparato psíquico. Ello, Yo y Superyó se superponen a la primera tópica (consciente, preconsciente, inconsciente).

Los esquemas, recordemos siempre, pueden ser útiles pero también son reductivos y debemos estar atentos pues no quisiéramos darle un uso positivista. Si estamos atentos, no hay problema. Veamos el esquema. Parece un iceberg, ¿no?

El “yo” que solemos asumir como “la” persona que somos, no está sólo, porque lo acompañan el “ello” y el “super yo”, como puede observarse. Agreguemos que tampoco el “yo” es el primero en aparecer y más bien aparece tarde, si es que aparece, diríamos para provocar. Esto se puede constatar, además, al observar a cualquier bebé; o, si empezamos a dialogar con nosotros mismos, si nos observamos: ¿era y siempre he sido el que soy? ¿seré el que soy? ¿soy o voy siendo? ¿quién soy? Vamos con esto.

Imaginen al “iceberg” como una unidad indiferenciada y sin separaciones y esa sería la psique de un bebé: puro “ello”. Puros instintos en acto, receptáculo futuro del “super yo” y entelequia del “yo” por venir. Eso es lo primero que hay. Castoriadis llamó a esto: “mónada psíquica”. Veamos cómo está definida en http://www.magma-net.com.ar/glosario.htm:

“Mónada psíquica: es el primer estrato de la psique, su núcleo. La psique se autorrepresenta, no establece ninguna diferenciación entre ella y el mundo, entre representación y percepción. Más que de narcisismo, se trata de autoerotismo. Paradigma de este estrato es la inclusión totalitaria que la mónada lleva a cabo a partir de su omnipotencia, habiendo un círculo de indiferenciación, en el cual se es en todas partes. El deseo del cual se trata no es a causa de un objeto perdido, sino que es el deseo de un estado: es lo que Castoriadis rescata de Freud como “Soy el pecho”, unidad fusional de piel-calor-leche-olor-sonido, etc., que habla de una protoidentificación. El principio que rige esta fase es el del placer, y hay indiferenciación entre representación-deseo-afecto.  El paso siguiente es el de la alienación en el deseo del otro. Esto se produce por las presiones de lo biológico y de ese otro. La socialización impone la ruptura de la mónada como primer trabajo para la psique.”

La mónada psíquica es un “mundo propio” y, además, un “mundo cerrado”, es lo que hemos llamado un “para-sí”. ¿Cuál es su contacto inicial con la realidad? Ninguno. Sólo busca su propia satisfacción. Esta es buscada, incluso si implicara su propia destrucción. Para ella la exterioridad, lo exterior, el otro, al inicio, no existen ni se perciben como “otro”. Freud escribió la frase “el pecho soy yo”, significando que para el bebé en esa primera fase monádica absoluta, no es que “tiene” el pecho, sino que “es” el pecho.

Pero esta situación, obviamente, es insostenible y eventualmente la realidad tendrá que entrar a la psique y ser reconocida. No se trata sólo de la realidad del mundo exterior (exterioridad) que entra a través del cuerpo, sino también de la “realidad” social, que entra convertida en “lenguaje” y “significaciones”. Veamos cómo lo expone el  propio Castoriadis en su obra “Poder, política y autonomía”, http://www.socioantro5.blogspot.com/2006/07/poder-poltica-y-autonoma.html.

“Desde el punto de vista psíquico la fabricación social del individuo es un proceso histórico a través del cual la psiquis es constreñida (sea de una manera brutal o suave, es siempre por un acto que violenta su propia naturaleza) a abandonar (nunca totalmente, pero lo suficiente en cuanto necesidad/uso social) sus objetos y su mundo inicial y a investir unos objetos, un mundo, unas reglas que están socialmente instituidas. En esto consiste el verdadero sentido del proceso de sublimación. El requisito mínimo para que el proceso pueda desarrollarse es que la institución ofrezca a la psique un sentido -otro tipo de sentido que el protosentido de la mónada psíquica-.”

Como queda claro, para que esto ocurra la unidad monolítica original tendrá que ser “rota”, fracturada, escindida, quebrada. El cuerpo -que es mundo- y la sociedad quebrarán aquella unidad monádica, protosentido originario y original; y, apresurémonos a añadir: menos mal, porque de otra manera el bebecito humano, que es inepto para la vida, moriría. ¿Quién va a instilar la sociedad en “el pequeño ´monstruíto´ chillón”? Pues la madre, embajadora privilegiada de la sociedad y sus instituciones, o quien haga sus veces. Así, el principio de realidad entra a la psique y con él también lo hace la institución social. Observemos cómo la imagen integra ambas “tópicas”. En el consciente se expresan el yo y el super yo; en el preconsciente igualmente; y, por último, en el inconsciente están siempre los tres.

Cuerpo y percepción sensorial generan una relación en la cual el yo gobierna los movimientos voluntarios. El yo se comunica con el exterior y con el ello. Con el exterior (hacia afuera) identifica los estímulos, los asimila y enfrenta, acumula y recuerda, cuando es necesario los evita. Aprende a modificar la realidad según su propia actividad. Con el interior (hacia adentro), se enfrenta al ello, intenta y aprende a dominar a los instintos, sus exigencias y “decide” cuál ha de ser satisfecho, aplazado o suprimido.

Desde afuera recibe necesidades. Desde adentro exigencias. Hay algo más: el yo tiende al placer y rechaza el displacer. Periódicamente se separa del exterior, rompe su comunicación con el exterior y se retrae al sueño, “modificando profundamente su organización”. Con la palabra “organización” Freud se refiere a la distribución de la energía psíquica entre las instancias.

Finalmente, hay una tercera instancia: el super yo. Surge como consecuencia de la larga permanencia en estado de dependencia propia del ser humano, dependencia de los padres y de la sociedad. El super yo es la forma en que se perpetúa la influencia parental. Se separa del yo y se le opone.

El yo actúa “correctamente” cuando satisface a la vez al ello, al superyó y a la realidad ¡casi nada! El yo y el super yo son como la relación del niño con los padres. Aquí debe incluirse a la sociedad toda. El super yo va a ir incorporando figuras a su instancia: educadores, ideales, instituciones, gobiernos, dictadores, dioses.

Bueno, a la sazón decimos que Freud consideraba que los animales superiores deben (deberían) tener la misma estructura psíquica. Todo aquel animal que tenga por necesidad existencial la de dependencia infantil debe (debería) tener un superyó. Suena lógico, ¿no? Pueden consultar esto directamente en Sigmund Freud (2006), Esquema del psicoanálisis, Paidós, Argentina.

 

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