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Al contrario de la visión heterónoma, la verdad es que la transformación del individuo, la sociedad, la política, la institución y la historia no solamente son posibles sino que están en manos del ser humano como ser autónomo. La autonomía es un hecho constatable. De esto se trata y no solamente y nada más de filosofía y pensamiento. Es el rescate de la noción de praxis que para Castoriadis también es hacer pensante y acción lúcida que transforma la realidad. La teoría es parte de este hacer y no se entiende sin él. Pero dijimos que la elucidación va en dos planos: individual y colectivo. Así que las preguntas, para comenzar, son: ¿qué es un individuo autónomo? y ¿qué es una sociedad autónoma? Esto es, no alienados. En este papel atenderemos la primera pregunta.

Individuo autónomo

Freud había dicho “Allí donde estaba el Ello, debo devenir yo”. La frase está en “Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis”, lección 31, y dice así:

“Su objeto (el del psicoanálisis) es reforzar el Yo, hacerlo más independiente del Súper-yo, ensanchar su campo de visión y extender su organización del tal manera que pueda apropiarse de nuevas zonas del Ello. Allí donde estaba el Ello, debo devenir yo. Es un trabajo de recuperación,…”

Lacan tradujo la frase así: “Allí donde Ello fue, debo advenir Yo”; y añadía que el fin propuesto por Freud era el de la “reconciliación”. Castoriadis inicia su reflexión sugiriendo que, en principio, este Yo del que habla Freud es el “consciente en general” y el Ello es los “instintos” y las “pulsiones” o el “inconsciente en el sentido más amplio”. De modo que se trataría de que el Yo, el Consciente o la Voluntad tomen el lugar de los Instintos y las Pulsiones, “cuyas fuerzas oscuras” actúan por mí. Pero, atención, no se trata solo y nada más de instintos y pulsiones, líbido, eros o pulsión de vida y pulsión de muerte, que siempre están trabajando, siempre muy activas en el Inconsciente, sino que hay que incluir también entre esas fuerzas “oscuras” al Súper-yo que se forma y combina también en el Inconsciente.

Enseguida Castoriadis aclara que esa “toma de lugar” no puede querer decir desplazamiento, supresión o reabsorción del inconsciente por el consciente; y mucho menos eliminación. No es que el consciente tiene que sustituir al inconsciente o que debemos eliminar este inconsciente. Sino que se trata de “tomar su lugar en tanto que instancia de decisión”. Es decir, “la autonomía sería dominio del consciente sobre el inconsciente” en cuanto y en el momento en que en forma consciente se decide.

Castoriadis como filósofo reconoce el enorme aporte de Freud que con su análisis “revela” una nueva y profunda dimensión del problema; y recuerda que este asunto es tan importante como antiguo y ya venía discutiéndose durante siglos: es el programa de la “reflexión filosófica sobre el individuo” y la ética –Platón, estoicos, Spinoza o Kant. Cuando los griegos en Delfos ya afirmaban el “conócete a ti mismo” y antes quizá, están planteando el mismo problema: ¿quién o qué es “yo? ¿qué debe conocer? ¿qué debe decidir? Y, entonces, ¿quién decide?

Pero en Freud hay una enorme diferencia: el camino de Freud, su propuesta, es eficaz; mientras que los filósofos no pudieron descender de la abstracción. El problema estaba identificado, repetimos, si se quiere, desde el “conócete a ti mismo”; pero el camino de Freud, su método, su vía, es una innovación que hace descender todo el asunto del trascendentalismo, se aleja no solo de la religión sino de todo racionalismo. Como podrá verse, el camino de Freud no apunta al racionalismo platónico, sino a la praxis: saber que se hace en forma activa, hace y le hacen, saber que se produce en la relación de una libertad frente a otra libertad.

Si tomamos los términos del Yo del Consciente y el Ello del Inconsciente de Freud y los colocamos en paralelo a los términos de autonomía y heteronomía de Castoriadis, la metáfora de Freud sugiere que el consciente es el Yo de la autonomía y el inconsciente es el Ello de la heteronomía. La autonomía es “mí” ley, mientras la heteronomía es la ley del “Otro”, es una ley otra. La ley de Otro que no soy Yo.

¿En qué sentido el inconsciente es la ley del Otro? ¿qué Otro es ese? No es Otro “desconocido”, aunque “no lo conozca”. Es Otro en mí. Lacan decía: “el inconsciente es el discurso del Otro”. Se trata de lo que dicen en el Yo los representantes de lo que no es él, es depósito de los puntos de vista y significaciones de quienes lo engendraron y criaron, e incluso desde antes de engendrarlo. Es la herencia atávica.

Dicho esto, entonces la autonomía sería que mi discurso tome el lugar del discurso del Otro: el Otro está en mí, me domina y no me deja ser. Habla por mí. No soy Yo. Se nota, dice enseguida Castoriadis, el componente social de todo el asunto. La dimensión social del problema. Empieza por los padres y termina con toda la sociedad y la historia. Se nota también, añadimos, que ese Yo que no existe desde el comienzo y que no es la herencia, eventualmente “aparece” y solicita su lugar. No es nada pero emerge. Aparece a partir del otro y, por lo tanto, a pesar y gracias al otro. Quizá habría que decir que existe y no existe. Es entelequia en el sentido de Aristóteles.

Entonces, ya vimos de qué Otro se trata. Ahora bien, es necesaria otra pregunta, ¿cuál es este discurso del Otro? ¿puede ser eliminado? ¿hasta qué punto? Castoriadis no se refiere a ser eliminado en su origen –pensemos que esto significaría eliminar el inconsciente y la sociedad, dos absurdos–, sino a que si podría ser eliminado o desplazado cualitativamente. Veamos.

El discurso que el sujeto tiene de sí no es suyo, sino del Otro. No habla él, no se dice, sino que es dicho por Otro. Se cree algo que no es. Es un disfraz que se le ha puesto. Es parte del Otro, de un mundo que no es suyo (y que a su vez está disfrazado, atención). Entonces, se trata de o es un discurso que, cuya cualidad es que, es “imaginario”; esto, mientras a la vez es creído como “más real que lo real”. Es engaño vivido como real. Entonces, la característica del discurso del Otro es su relación con lo imaginario. El sujeto está dominado por ese discurso del Otro y “se toma por algo que no es”.

Ahora bien, continuemos: como el sujeto en principio no “sabe” que es así, que es el Otro quien domina, entonces, ese imaginario está “autonomizado”, alienado: define la realidad del sujeto y su deseo. Entonces, atención, la conclusión para Castoriadis es que la alienación individual no resulta del conflicto entre pulsiones y realidad, sino que resulta del conflicto “que hay entre pulsiones y realidad por un lado y, por otro, la elaboración imaginaria en el seno del sujeto”.

Castoriadis afirma que si el conflicto “importante” fuera solamente entre “principio del placer” y “principio de realidad” y por tanto ésta fuera la causa única o definitiva de la alienación del sujeto, si todo el problema fuera la represión de los instintos y las pulsiones, “si este conflicto fuese suficiente causa patógena, jamás hubiese habido una sola resolución, incluso aproximadamente normal, del Complejo de Edipo, desde los orígenes de los tiempos, y jamás un hombre y una mujer habrían caminado sobre esta tierra”.

Lo anterior sugiere que el complejo de Edipo es un complejo histórico-social y humano, con un apuntalamiento natural, claro está, pero que es consustancial al carácter humano de la sociedad. Se produce porque es parte de la co-determinación hombre-sociedad y se resuelve o puede ser resuelto precisamente gracias a esa codeterminación. No estamos juzgando aquí que pueda no producirse, sino que es inherente: el complejo  de Edipo, otra vez, es a pesar y gracias a la sociedad y somos a pesar y gracias a él simultáneamente.

José Roosevelt 25 Via ggalleryslo

Entonces, el problema es que el Ello, el inconsciente, inviste de realidad lo imaginario, lo autonomiza y le da poder de decisión, siendo que el contenido de este imaginario es el discurso del Otro; por tanto, repetición, y “repetición ampliada”. Añadimos, luego de la llegada del Yo, va a seguir siendo “imaginario”, solo que ya no será discurso del Otro. Pero, atención, lo que queremos decir es que imaginario siempre será. ¿O no?

Entonces, la tarea es que en este lugar del Otro, debo de venir Yo. Mi discurso. Mi discurso debe tomar el lugar del discurso del Otro. Pero entonces, atención, viene la pregunta obligada: ¿Qué es mi discurso? ¿Qué es un discurso que es mío?

El discurso es mío en cuanto lo asumo y para eso tengo que negarlo en tanto discurso del Otro, atención, no necesariamente negando el contenido del discurso del Otro, sino su condición de propietario, por decirlo así, del discurso: hago el discurso mío. En pocas palabras: hay que negar el discurso del Otro. Mi discurso toma el discurso del Otro. Asumo la causa del discurso o lo rechazo. Lo constituyo en verdad propia o lo elimino –hasta donde sea posible–.

Pero Castoriadis propone no tomar la frase de Freud en forma absoluta. Sería imposible que el Yo asuma completamente el discurso del Otro. Sería un objetivo inaccesible: “Jamás el discurso será íntegramente mío”. El sujeto ni siquiera podrá reasumir todo el discurso, evaluarlo completamente. Jamás revisará todo su inconsciente. Veamos la siguiente frase de Castoriadis: “¿Cómo pensar en un sujeto que hubiese totalmente “reabsorbido” su función imaginaria?”

Estaríamos hablando de un sujeto que fue capaz de  “agotar” todo su inconsciente, clarificándolo totalmente, un sujeto con un Yo pleno, completamente suyo, que solo es su propia voluntad y no se deja llevar por sus fantasmas porque ya no tiene inconsciente. Llegó a ser un Yo de una vez por todas. El tipo posee un discurso completamente suyo. Es siempre real y nunca fantasmático. Desvela a sus fantasmas y los domina siempre. Un tipo cuya consciencia tomó el poder para siempre.

Hay que tener cuidado con esto: nos recuerda Castoriadis que allí residen los fantasmas más alienantes y las creaciones libres más verdaderas que la verdad y sugiere que sin el inconsciente “nada tendría fondo”; es la base de lo humano. Fuente de la imaginación radical, quiere decir. Remata entonces con esta afirmación que se va a conectar con el problema filosófico más hondo: “La noción de verdad propia del sujeto es en sí misma más un problema que una solución.” La filosofía tradicional y heredada busca “verdades” como claros en el Ser, pero esta posición reivindica la verdad más bien como una tensión permanente, como búsqueda y no como encuentro. Una aventura sin fin.

Entonces, claro, lo que propone es no mistificar la noción de Freud y darle otro sentido: “No se trata de un estado acabado, sino de una situación activa”. El hombre no podrá llegar nunca a ser totalmente consciente, totalmente autónomo, totalmente “hecho” de una vez por todas, no porque no sea “capaz” o como consecuencia de un “defecto” sino porque aspirar a eso no tiene sentido y es un error desearlo: alcanzar “eso” eliminaría lo humano. El ser humano es movimiento y actividad que se hace haciendo. Parte de ese hacer es pensar y la fuente de todo, el telón de fondo que permite todo, es precisamente el inconsciente, sin el cual no habría hombre y, por tanto, tampoco sociedad. A la vez, sin sociedad no habría ninguna posibilidad de que algún hombre exista. Una sociedad sin hombres con inconsciente no solamente es imposible, sino que no debemos desearla. Es un imposible y un absurdo a la vez.

Castoriadis reivindica el inconsciente y el  Ello y completa la frase de Freud de la siguiente manera: “Donde Yo soy, el Ello debe surgir”. Con lo cual, el postulado completo quedaría de la siguiente manera: “Allí donde estaba el Ello, debo devenir Yo; y allí donde Yo soy, el Ello debe surgir”.

¿Qué nos está diciendo Castoriadis? Que el Yo no puede eliminar al Ello (ni a la sociedad) a menos que se elimine a sí mismo y esto no tiene sentido; y que, por tanto, debe permanente crear y recrear su relación con el Ello, pues el Ello también es Yo y debe manifestarse; por lo demás no puede no manifestarse. No se trata de no tener discurso del Otro, sino de no perder la consciencia de éste discurso y trabajarlo permanentemente. No dejarse alienar por él. Y, atención, esto incluye mis propias reelaboraciones, pues no debo permitir que se  terminen transformando en Otras y me alienen.

Un sujeto así, nos dice Castoriadis, es sujeto autónomo: uno que distingue entre “verdad” y “deseo”. Instaura otra relación entre el discurso del Otro y el suyo, discurso del sujeto. Un individuo que ve la realidad, sabe que no puede con algunas cosas, las identifica, pero no se conforma. Y como todo discurso es fantasma sabe no alienarse tampoco a su discurso, impidiendo que se transforme en discurso Otro, que se aliene y se vuelva Otro. Castoriadis va a dar los ejemplos de Platón y Freud: “jamás se detuvieron en este movimiento”. Jamás, por tanto, se alienaron ni siquiera a sí mismos.

Pero las preguntas continúan, entonces: ¿Qué sujeto es este? O, este sujeto ¿qué es? Respuesta: pues es actividad y no entidad. Es movimiento y no estado. Actividad y movimiento que trabaja sobre sí mismo y cuyo objeto es precisamente el discurso del Otro. No es ni puede ser actividad y movimiento sobre la nada. Y el algo sobre el que trabaja, que también lo constituye, no olvidar, es precisamente el Otro. Sin ese objeto que es el Otro en él, simplemente no es nada. No es. Es pues un sujeto co-determinado por su objeto.

Entonces tenemos para Castoriadis esta primera co-determinación: el sujeto es en la medida en que actúa sobre sí mismo, en un primer sí mismo que es el Otro. No es nada sobre la nada. No es entidad que actúa en un sin fondo.

Pero hay otro nivel de co-determinidad más complejo, advierte. Atención, esto es muy importante: se trata de que en el sujeto está también el no-sujeto. El no-sujeto es el mundo, la exterioridad entera del mundo. Entonces, en el sujeto está también el mundo: “Está penetrado de parte a parte por el mundo y por lo demás”. Esta segunda co-determinidad implica que el Otro es ineliminable totalmente, porque ocurre que “el otro está presente cada vez en la actividad que lo elimina”.

Entonces, en el sujeto se encuentra la materia misma del otro, del mundo y más; y todo lo demás, repetimos. Parafraseando a Castoriadis, la calle entra en el sujeto y lo hace su alcoba. El sujeto no es algo abstracto o  que está más allá del cuerpo o la sociedad y los mira de lejos, como quiere el racionalismo; tampoco hay un Yo trascendental que contempla la naturaleza y la “existencia” desde arriba (ni desde abajo). Sino que en realidad el sujeto es “mirada y soporte de la mirada, pensamiento y soporte del pensamiento, es actividad y cuerpo que actúa –cuerpo material y cuerpo metafórico”. Citemos a Castoriadis:

“Una mirada en la cual ya no hay algo de lo mirado no puede ver nada; un pensamiento en el cual ya no hay algo de lo pensado no puede pensar nada”.

El soporte no es solo soporte biológico, contiene más, y sin ese contenido la actividad del sujeto es imposible. Pero es un contenido que ni es del sujeto ni es del Otro. Atención, “es la unión producida y productora de sí o del otro (o del mundo)”.

Con una sola palabra, incluso no pronunciada, el mundo se infiltra por todas partes”, dice Castoriadis. Y, remata, “no es sino por el mundo como puede pensarse el mundo” (…) “Lo pensado no es solo lo que está por pensarse, sino aquello por lo que es pensado”. Sólo porque el sujeto posee el mundo es por lo que puede llegar más allá de sus fantasmas. Casi terminando:

“Finalmente, no está sino en apariencia ajeno a nuestro tema el recordar que el soporte de esta unión del sujeto y del no-sujeto en el sujeto, el gozne de esta articulación de sí y del otro, es el cuerpo, esa estructura “material” con un sentido virtual en su seno. El cuerpo, que no es alienación –eso no querría decir nada-, sino participación en el mudo y en el sentido, ligazón y movilidad, preconstitución de un universo de significaciones antes de cualquier pensamiento reflejo”.

Entonces, ¿cómo pensar en un sujeto abstracto, ficticio, sin la realidad concreta de su cuerpo, de su historia y de su sociedad?

Terminemos con otra cita de Castoriadis que se relaciona con el problema filosófico de la verdad:

“La verdad propia del sujeto es siempre participación en una verdad que le supera, que crea raíces y que lo arraiga finalmente en la sociedad y en la historia, incluso en el momento en el que el sujeto realiza su autonomía”.

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