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Cuando se dice que el mundo psíquico es un mundo de representaciones, estamos diciendo y, en realidad “decidiendo”, que no lo determina ni la biología ni la física ni la química. El mundo psíquico humano es capaz de ir más allá de su propia biología: se apuntala en ella, claro, pero la biología no lo causa. La imaginación humana emana libre y no es solamente funcional, sino que puede no serlo y esto es lo fundamental en ella. Es indeterminada por definición.

Ahora bien, esas representaciones se llevan a cabo en el “aparato psíquico; queremos decir que no es que la psique sea puro “sentido” en el vacío. Además, ese aparato tiene un funcionamiento. Freud estudió todo esto y luego el psicoanálisis ha evolucionado. Nosotros no entraremos en estos detalles, importantísimos todos, sino en el impacto que toda esta creación tuvo en la vida de la sociedad, la filosofía y en las ciencias sociales, que son enormes.

¿Cuáles son las implicaciones del psicoanálisis para la política? No para el arte de ganar elecciones o mantenerse en el poder, como vulgarmente se asume hoy a la política; sino para los procesos de institución de la sociedad, para los proyectos de transformación social y política. Castoriadis realiza la pregunta del siguiente modo: ¿El conocimiento del inconsciente nada puede enseñarnos en relación con la socialización de los individuos, y, por ende, con las instituciones sociales?, página 115, El mundo Fragmentado, ver la bibliografía.

Vamos directo a la respuesta: el psicoanálisis trabaja para cambiar al ser humano; pero no se trata de un cambio según lo que piense o decida el analista que “debe” ser el analizado, no. No se trata de un agente que trabaja racionalmente para “cambiar” al otro individuo de una manera prevista o ideal o querida por otro.

Andreas N. Fische, Procedural drawings and digital renderings 2 Vía IdWork.org

Tampoco se trata de que el psicoanálisis se proponga lograr que el sujeto analizado “elimine” su inconsciente para que el consciente ocupe el 100% de la psique; porque resulta que en el inconsciente habitan fuerzas sin las cuales el hombre ya no sería ser humano, la más importante de las cuales es la imaginación radical. Por último, pero no menos importante, tampoco se trata de que el propósito del psicoanálisis va a ser “fabricar santos”, “hombres buenos” o “ideales”: el análisis no puede ser una ética “perfeccionista”, fundada en la condena del deseo, como quisieran seguramente las religiones. Notemos que condenar el deseo es el reverso de la culpa y que la culpa es la consecuencia del pecado.

Para Freud era claro que no era posible ni conveniente eliminar el deseo –una lobotomía deja a un autómata, pero no es ya  un ser humano–, pero para ilustrar las diferencias, veamos lo que nos dice Mateo 5, 27, 18, citado por Castoriadis:

“Ustedes saben lo que se ha dicho: No cometerás adulterio. Pero yo os digo: quienquiera mire a una mujer para desearla ya ha cometido en su corazón adulterio con ella”, EMF, pág. 118.

Entonces, como dijimos arriba, el psicoanálisis no va a buscar eliminar el inconsciente sino modificar, alterar la relación previa entre las “instancias” consciente e inconsciente: dar paso a la reflexión sobre los contenidos inconscientes buscando que la compulsión de paso a la deliberación.

Nunca se eliminará el conflicto psíquico entre instancias (esto equivaldría a estar muerto): para el ser humano no habrá jamás una vida “libre de conflictos”. Se trata más bien de reflexionar y deliberar, dejar de ser un sujeto “socialmente adaptado” y liberar la imaginación radical que se “encuentra en el núcleo de la psique”. Desarrollar la subjetividad, diría Freud. Pero esta subjetividad no es un “estado” que se alcanza para siempre alguna vez. El ser humano no llega a “ser”, sino que siempre es un “siendo”.

¿Qué es este proceso? ¿De qué se trata? El paciente es el agente de su propia actividad, descubre en él y modifica en él lo que sólo él puede descubrir y modificar. Por lo tanto, es una práctica de auto-creación: es auto-alteración. Auto-alteración que da lugar permanentemente a un nuevo ser que depende de él mismo y, por lo tanto, esto es idéntico al proyecto de autonomía y libertad humana.

El psicoanálisis no está sólo en este proyecto de autonomía humana: la educación y la política son actividades “muy semejantes”. La educación comienza en la edad cero (a antes) y nunca termina. Lo que se busca y de verdad la justifica es que el sujeto aprenda a aprender, descubrir e inventar, a gestionarse a sí mismo. Si no hace eso, no es educación sino vulgar instrucción: usted aprende a obedecer, otra vez.

Ahora bien, ¿cómo se va a educar a alguien de esta manera sin la sociedad y las instituciones que lo permitan? Y, al revés, si lo van a permitir, ¿cómo deben ser? Así llegamos a la política.

Si, como creemos, ser humano es idéntico a ser autónomo, entonces hay que concluir que para que exista un individuo autónomo es indispensable una sociedad autónoma, ¿cómo si no? La educación autónoma de ese ser se tiene que topar, igual que el Quijote, con esa cosa que es la institución social; y no solamente la institución educativa, sino la institución social en su totalidad.

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