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Castoriadis describe lo que para él es “un fenómeno extraordinario”: a fines del imperio romano “subsisten la mayoría de los grandes textos de la filosofía griega”. Sus tradiciones y herencia “continua viva”: escuelas platónica, aristotélica, estoica, epicúrea, escéptica, neoplatónica, etc., y, sin embargo, el cristianismo “representa una ruptura fundamental” contrariamente a lo que se cree de que el cristianismo recupera la herencia griega. Los Padres de la Iglesia retoman ciertos aspectos. Castoriadis agradece que hayan salvado algo, pero reconoce que la responsabilidad del cristianismo en la destrucción “fue capital”.

Sin consideración por los materiales y el espíritu mismo de la filosofía, destruyeron todo lo que no sirvió para mostrar que la misma filosofía griega fue diabólica o perversa, o para “demostrar” los callejones a los que conducía una filosofía no iluminada por la divinidad, o para el mensaje anticipado del Dios cristiano, de la Revelación. Encontrar lo que le sirviera a sus propósitos, más nada. Ruptura y no recuperación es lo que Castoriadis ve en los Padres cristianos respecto a la filosofía griega. Esa ruptura se supera en los siglos XIII y XIV –aparición de las ciudades europeas-. En el siglo XIII, Dante Aligheri, también representa una renovación. Es en siglo XIII cuando las significaciones imaginarias “se alteran” y el magma cristiano que dominó comienza a diluirse. Vamos con calma sobre esto.

Entonces, todo el cristianismo comienza a reinterpretarse entre los siglos XII y XIV y así se marca la diferencia con los ocho siglos anteriores. La modernidad para Castoriadis comienza en el siglo XIII y no en el siglo XV con el descubrimiento de América (1492) o la caída de Roma (1453). Esa reinterpretación incluye categorías que sí están en el cristianismo antiguo, es verdad, pero que se explotaron de la manera más conveniente. Por ejemplo, la categoría de “igualdad”, que en los escritos sagrados tiene un contenido “extramundano” y se le dan (se le terminan dando) implicaciones “intramundanas”: entre otros, los campesinos ingleses en el siglo XIV.

Otro ejemplo es el concepto del tiempo entre griegos y cristianos: se cree que para los primeros el tiempo siempre tuvo un carácter cíclico; mientras que para los cristianos significó “línea de progreso”. Lo primero es “medianamente cierto” para Castoriadis y no tan importante. Lo segundo es mentira, para los cristianos no hubo tiempo lineal de “progreso”. La idea de linealidad estuvo, pero siempre ligada al pasado: creación del mundo, pecado original, primera llegada del Salvador, y habrá la segunda llegada. Es una linealidad que se refiere al “tiempo trascendente”, las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres: no es tiempo lineal de los hombres, intramundano: el pasado siempre está ahí y el presente siempre se compara con los hechos de la Historia Santa.

Para el mundo cristiano el tiempo es más bien repetitivo y, sin duda, no de progreso: Gregorio de Tours en Mundus senescit, siglo VI, nos habla de un mundo que envejece, los antiguos siempre eran considerados como mejores: recuerden la frase “Somos enanos encaramados en los  hombros de gigantes”. Otro aspecto es que la originalidad no tiene valor en la cosmovisión cristiana inicial y durante la edad media hasta los siglos XIII y XIV: todo debía ser referido a algún autor antiguo si se quería hacer aceptable y creíble una idea: Novum y Originale, hasta el siglo XIII son términos peyorativos, Sujeto y verdad en el mundo histórico-social, página 342, ver bibliografía del tema para ésta y las citas que siguen.

El tiempo es tiempo de decadencia y jamás de progreso. El tiempo se considera de corrupción y decadencia.  Toda la esperanza del hombre bajo el Medioevo se reducía a esperar “la segunda llegada del Mesías, la parousía”. Así era para Occidente y para Oriente. Castoriadis sostiene que todas las atribuciones hechas al cristianismo respecto a las ideas de igualdad fueron más bien causadas por el imaginario capitalista protoburgués: las ciudades y su movimiento. Después del siglo XIII el cristianismo se enfrentó a esa creación de manera no crítica y absorbe y se absorbe: “se retroyecta en el cristianismo lo que es obra de la burguesía”, tiempo de desarrollo, de hacer, de emprender; y viceversa.

Todo esto lo hace el cristianismo romano como si el cristianismo oriental no hubiera existido, atención. Pero Castoriadis sostiene que el cristianismo oriental es más cristiano que el occidental “que jamás conoció el Nuevo Testamento más que en la mediocre traducción latina de Jerónmo”, página 343. La sociedad bizantina es un modelo más coherente de cristianismo: búsquese allí las ideas de tiempo lineal, progreso, etc., para encontrar que no encontrará nada.

Pero, advierte Castoriadis, no hay que caer en determinismos respecto a la ciudad y el surguimiento del capitalismo. La ciudad recibe el movimiento y lo insita o permite, pero no lo causa. Ciudades ha habido que lo demuestran: las ciudades imperiales faraónicas o asiáticas no fueron democráticas sino despóticas. Una cosa es lo público constituido como público, propio de la polis; y otro lo público como ámbito privado del déspota, propio de Egipto, mundo asirio-babilonio y China Imperial, por ejemplo. Entre las ciudades europeas de los siglos XII y XIII hay diferencias arquitectónicas y de construcción respecto a las ciudades del despotismo asiático, claro: en estas últimas hay centros cerrados, hay ciudad prohibida, palacios inaccesibles; en las ciudades europeas reaparece el ágora, centro abierto, edificios públicos.

Sigue Castoriadis su análisis discutiendo la idea extendida de que del cristianismo se extrajeron los valores del individualismo y consecuentemente de la democracia. No es así. Él los ve como significaciones nuevas que “se han apoderado de ´elementos´ existentes en el corpus cristiano, interpretados de manera diferente si no opuesta”, página 344. Hay efectivamente idea de igualdad en el cristianismo: no hay esclavos, ni hombres libres, ni judíos, ni griegos, etc., pues “todos somos hijos de Dios” (Pablo, Primera epístola a los Corintios, año 60 de nuestra era). Pero lo que Castoriadis dice es que luego “jamás de los jamáses la iglesia cuestionó la esclavitud”.

Muy al contrario, la apoyó en los siglos XV y XVI porque el “tráfico favorecía la evangelización”. Si la esclavitud desaparece esto se debe agradecer a otras evoluciones. Cuando el apostol Pablo hablaba no hablaba del siglo, no hablaba de este mundo. Pues el siglo no le interesa: todo viene de Dios. Jesús dijo: Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Es todo. Para Dios todos somos iguales, pero en el Cielo. No aquí. Al contrario, aquí hay “sacralización” de la jerarquía social. Dios puso a cada uno en su sitio. Cita Castoriadis a la Epistola a los Romanos, 13, I:

Que cada uno se someta a las autoridades que están en el poder, porque no hay  autoridad que no esté puesta por Dios; y las que existen, por Dios han sido puestas

Es el capitalismo que retoma todo el imaginario social y lo metaboliza, inviertiendo su sentido cuando hizo falta y le convino: la igualdad en la eternidad se aplica al mundo – y esto es herejía-. Pero también se toma el mito bíblico de la igualdad como prueba del origen común de todos y se argumenta esto contra lo existente en esa sociedad. La Iglesia y Lutero, cada uno, quemaron gente, pero jamás reconocerían que fue por rebeldes, sino que en ambos casos fue por “herejes”.

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