El rey desnudo

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Miguel Aponte

La brutalidad económica del régimen chavista es sideral; y esto sin excepciones, desde Chávez -que no tenía por qué saber nada del asunto-, pasando por todos sus  carísimos asesores venezolanos y extranjeros, hasta Maduro -que tampoco tiene razón alguna para saber nada-. Este aspecto, cuando se piensa con calma el problema, es lo de menos: sería absurdo pretender que todo presidente fuese experto y hasta mejor es que no lo sea. Si la arrogancia en el poder es tan común, imagine usted su tamaño si el poderoso llega a creer que “sabe”.

El rey desnudo

El desconocimiento, por tanto y al menos desde Sócrates, no es por sí mismo ignorancia cuando usted sabe que no sabe y actúa racionalmente en consecuencia. Como siempre, todo tiene su parte paradójica pues se requiere siempre que cuanto más se comprenda, mientras más se “sepa” -en realidad, se crea saber- más cauto se sea para admitir que nunca se sabe pues este saber es parcial o lo aplico mal o, en fin, puede caducar.

Como puede notarse fácilmente, el asunto en el fondo no es racional, sino actitudinal; cuando se tiende a creer ciegamente que se sabe -que se tiene “la” razón- en realidad es justo cuando ésta se pierde para siempre: es la tragedia del conocimiento. No hay remedio definitivo para este peligro, sólo estar atento. Quizá, al final, la única posibilidad de ser inteligente: estar atento.

Pero hay otro nivel del problema que ya no es trágico, sino vulgaridad y desgracia: cuando es demasiado obvio que todo puede evitarse y, sin embargo, se es estúpido y se insiste en el error, se ignora lo obvio y se pretenden lujosos vestidos cuando en realidad anda uno desnudo hasta de vergüenza, cuando se da risa y pena ajena y hasta los más adulantes voltean para no llorar: juzgue usted cual sea el caso chavista. Cuando esta gente habla de guerra económica mientras, en realidad, contando hasta con lo inimaginable fracasó, cabe preguntar: ¿por qué habrá tenido que tocar a Venezuela tanto brutalismo? ¿Qué fuerzas hacen sostenible tanta idiotez?

Tsunami democrático

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Miguel Aponte

La democracia, sostenemos, es el proyecto de autonomía en acción, la noción no es nueva. Es la forma política que asume la idea de libertad individual y social, cuando se desciende del romanticismo y la abstracción y se quiere hacer algo con ella. Subrayamos la necesidad indispensable de verla tanto a nivel individual como social porque es imposible separada: no hay individuo libre sin una sociedad libre y viceversa, sencillamente no son posibles sino a la vez. Por eso mismo y como consecuencia, la autonomía es la única forma que supera la ingenuidad de creer que la libertad sea la “realización del deseo” o, como algunas veces se afirma equivocadamente “hacer lo que uno quiera”. La autonomía es pues el único operador político y concreto de la libertad y se realiza justo cuando se ejerce; es una praxis, se aprende haciéndose: se trata de poder hacer la ley que nos gobierna y decir cómo.

Como consecuencia, la política es y tiene que ser el territorio de la reflexión colectiva, cualquier otra cosa es degradación: no es política, no es democracia, no será libertad y apuntará siempre al sometimiento. Evalúe usted y verá que se trata de un axioma, casi la única ley universal que puede aplicarse a la sociedad, a la familia y al ciudadano. Por tanto, las instituciones democráticas deben provocar la más amplia participación de todos en los asuntos públicos.

Lo contrario a la autonomía es la heteronomía, propia de toda dictadura y adonde nos trajo la tragedia venezolana; un sistema en el cual la ley siempre la pone a su antojo “otro” y nunca el ciudadano, en el caso chavista cuatro o cinco burócratas: es narcosis e instrumento de control. Por eso buscan -cada vez con menos éxito- seguidores zombis, acríticos, sumisos, que aplaudan sin pensar ni preguntar. Fracasaron. El tsunami democrático se les viene encima y por eso como quien voltea en la noche solitaria frente a sus propios fantasmas, buscan atemorizar: que nadie les crea, son los manotazos ciegos de estafadores desesperados.

Una revolución walking dead

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Miguel Aponte

La revolución quedó en manos de los peores, no sólo en Venezuela. ¿Cómo es que una teoría de la “transformación social” terminó en el chavismo, el podemismo, en fin, en estas vulgares justificaciones del populismo como estrategia que permitiría alcanzar la supuesta “revolución”? ¿Es que la autonomía individual y social se iba a lograr empleando mecanismos esclavizantes? ¿Los pobres dejarán de serlo porque una “banda” de tipos carismáticos los sacará de ese estado? ¿La dependencia los hará independientes? ¿Están conscientes estos “izquierdistas” de que sus políticas sólo apuntan a disolver toda ciudadanía y a imponer el sometimiento y la ignorancia? ¿Y no van ni siquiera a preguntarse por qué? ¿Qué creen que les diría Marx si tuviera la posibilidad de ver el desastre material y espiritual que han sido capaces de fomentar en tan poco tiempo?

¿Cómo es que se dejaron absorber en forma aún más radical que los teóricos “burgueses” por el “todo vale” posmoderno para quedar reducidos a oportunistas ansiosos de poder y dinero: todo lo que criticaron siempre? Sobre el marxismo, como filosofía y doctrina, ¿qué era y qué queda? Apartando alguna idea aislada, nada a ningún nivel: ni teórico, ni político, ni -lo que es su verdadero tormento- a nivel de reflexión económica, que ni es marxista -una teoría económica marxista no existe hoy- ni es liberal y, a la vez, recoge lo peor de ambas ideologías. ¿Es que no sienten la menor vergüenza de su incapacidad a todo nivel?

El chavismo/podemismo ignoró la teoría económica creyéndose capaz de navegar por siempre en la supuesta riqueza petrolera mientras acababa precisamente con la riqueza venezolana de la manera más descarada y sinvergüenza; permitiendo que capitalistas de todas partes del mundo se aprovecharan de “su” revolución, mientras aquí arruinaban a todos. Ahora ni siquiera tienen la dignidad de reconocer y renunciar, sino que, como zombis a la moda walking dead, pretenden lo imposible: vivir para siempre de la sangre de los venezolanos.

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