​Autocrítica y Democracia

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Miguel Aponte @DoublePlusUT

¿Por qué la autocrítica? Respuesta: porque hay que tomar consciencia de que aquello que nos trajo hasta aquí, no es lo que nos sacará de aquí. Esa “crisis de gobernanza de la democracia representativa”, de la que ya abiertamente se habla, tiene mucho que ver.

Cuando los partidos liberales y conservadores británicos, frente al brexit, proponen lo mismo y fracasan; y los británicos votan contra aquello que les conviene y por los peores motivos, está faltando autocrítica; cuando en países tan distintos como España y EE.UU un Iglesias y un Trump emplean conscientemente similares estrategias -mentiras y manipulación del discurso- y aún así reciben apoyo, está faltando autocrítica.

Cuando lo que interesa en la política no es traer propuestas claras y distintas y luchar democraticamente por ellas, sino “componerlas” parcialmente a partir de encuestas y estudios de “lo que la gente quiere”, aunque eso que quiera sea el suicidio colectivo, está faltando autocrítica, si frente a los problemas tanto la derecha como la izquierda proponen por igual el populismo, el reformismo vulgar, la fascinación carismática y la irresponsabilidad vestida de “compromiso social”, sin visión ni valores positivos y verdaderamente democráticos, sino con un mediocre discurso de chivos expiatorios y el mismo “quítate tú…”, para, atención, ¡hacer lo mismo!, entonces está haciendo falta autocrítica.

Cuando, como en Venezuela, la política se vuelve pura corrupción y afán de dominio, convirtiendo toda la sociedad en zombis hambrientos, la hora de la autocrítica llegó. Hasta aquí nos trajo esta democracia con adjetivos, que comenzó prometiendo ser “representativa” y “liberal”, para seguir en su lógica degradante hasta convertirse en “participativa” y “protagónica” o cualquier cosa. Vemos que la misma falta de imaginación invadió a liberales y marxistas, que ambos engañan al ciudadano y caen víctimas de su propia antiestrategia: el “todo vale”, la falta de autocrítica y, por tanto, de verdadero pensamiento.

La trampa de las ideologías

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Miguel Aponte, @DoublePlusUT

Fue Marx quien llevó la tesis liberal hasta sus últimas consecuencias lógicas y, desde él, liberales y marxistas resultan paradojicamente similares -¿iguales?- en su contradicción. Expliquemos. El liberalismo asume que, en la sociedad, todo depende de la tasa privada de ganancia, siendo que ésta, en realidad, es sólo un momento de lo económico que, a su vez, apenas es un momento de lo social; el marxismo responde que tal tasa debe suprimirse, porque en ella se expresa la esencia de la explotación, punto final de una sociedad dividida en clases.

trampa

La polémica alcanza su grado máximo en la idea de “propiedad”, que las ideologías asumen como causa suficiente de sus respectivas cadenas argumentativas. Si así fuera, la propiedad sería explicación eficiente de todo: suma felicidad, según el liberalismo; o suma desgracia, para el marxismo. Son, pues, causalistas -una sola causa-; deterministas -la propiedad determina todo-; positivistas -una ley inapelable-; y reduccionistas, pues ambas ideologías creen ciegamente en una receta “todo o nada”. He aquí cómo nos llevan a la guerra a muerte entre las clases. Es la trampa liberal-marxista en la que cayó la sociedad por imposición del pensamiento positivista y reduccionista “moderno”.

La verdad es que, en este caso, la contradicción no funciona como ellas proponen, pues ni la propiedad resuelve todo, ni es eliminable: no es causa única, sino condición “acompañante” del asunto, condición necesaria, más no suficiente: la libertad es siempre más. Si usted deja la propiedad de su cuenta y se sienta a esperar que la sociedad “sea feliz”, hará el ridículo; y si, al contrario, la suprime, verá cómo se corrompe hasta quedar secuestrada por un déspota y su clan de bandidos. Desde los antiguos se sabe algo que las ideologías buscan ignorar para desgracia de la humanidad: que las antítesis no siempre se contradicen. Así pues, el reto es salir de la trampa de las ideologías y entender que el uso lógico de la lógica exige algo más que la lógica.

 

 

Comunismo del siglo XXI

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Miguel Aponte

Los chavistas -los jefes y su burocracia, se entiende- han privatizado todo. El país hoy, aunque ya por poco tiempo, les pertenece con la excusa de que así, en virtud del mito comunista de la eliminación de la propiedad privada, “pertenece a todos”. En realidad, abusan de los bienes comunes de la sociedad venezolana, usándolos en su muy privado provecho, sin autorización de sus legítimos dueños, los ciudadanos, usted y yo. Han usurpado lo privado y lo público; confundiendo y diluyendo su enorme irresponsabilidad e ignorancia tras consignas fracasadas, necrófilas e incluso completamente cursis y estúpidas.

Lo que el régimen quisiera, su sueño eterno, es lograr que usted y yo, que todos los venezolanos, “voluntariamente” matemos en nosotros mismos nuestro propio “yo opositor”, ese elemento de la imaginación radical que no se suprime y que se manifiesta para siempre: el derecho inalienable de estar en desacuerdo y querer cambiar, sobre todo, a quien sea que detente el poder. Eso pretenden.

El método chavo-comunista que emplean para lograrlo es tan viejo como inútil, pero como es el único que tienen, los comunistas lo usan psicóticamente cada vez que acceden al poder: la alternancia entre la caricia y la amenaza y, cuando usted reclama, entre el desprecio y el engatusamiento y, cuando esto ya no les funciona: el terror generalizado. Los que se someten, terminan por perder la visión de su propio destino. La secuencia comunista consiste en generar en usted y yo indiferencia, cansancio, escepticismo y entrega, aquel estado miserable de “servidumbre voluntaria”.

Los comunistas jamás comprendieron que la libertad no es un estado, sino un afán constante, quieren algo imposible: que muera ese afán, la disconformidad indispensable para vivir y progresar. Son mezquinos y crueles y a la vez superfluos y estúpidos. Olvidan que, aunque haya fanáticos y tontos útiles, habrá siempre mucha más voluntad opositora, germen de la libertad; y, contra este germen, que se olviden, nunca podrán.

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