Sobre lo posible y lo imposible

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Miguel Aponte @DoublePlusUT

Todos los dictadores lo saben y todos lo olvidan: nada es imposible para los ciudadanos cuando se trata del país. La democracia es el único régimen que hace posible abordar la disociación entre poder y saber gobernar y esa es la esencia de la alternabilidad. El poder político de la comunidad tiene por eso que ser siempre indelegablemente mayor que el del gobernante de turno. El gobernante es un pasante y tiene que irse. Punto. Porque la democracia no vive en el estado, ni en los edificios, ni en las instituciones, ni las leyes y ni siquiera en las constituciones; sino en los ciudadanos, en la comunidad política, que en todo caso es quien pone el alma a todos esos artefactos y les da sentido.

Alexey Titarenko 00 Vía IdWork

Alexey Titarenko 00 Vía IdWork

Por eso, el poder instituyente de la comunidad política, cada vez que se propone, cambia de hecho aquello que “no se podía cambiar”, porque, aunque para los ciudadanos habrá -seguramente- cosas que no deban hacer, no habrá nada, léase bien, nada que, en cuanto a la sociedad que instituyen, no puedan hacer. Los tribunales, los militares, las ametralladoras y todos los poderes, mientras le duren al déspota, importan cero a la hora de la verdad. Para los ciudadanos, que algo no haya sido hecho es precisamente la condición para que pueda ser hecho; y así lo imposible se hace posible y, al final, se hará. Los chavistas deberían saberlo.

Esto, por supuesto y, en primer lugar, incluye cambiar al gobernante de turno y no sólo porque no haya mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, que, aunque cierto, no es el punto; es que cuando la gente se decide el poder se pulveriza: importa cero, no vale nada, es polvo. La prohibición, la autocensura, toda la represión, todo tiene un límite y ese límite lo ponen los ciudadanos. El poder no coacciona para siempre; y si lo que pretende el dictador es ordenar y ordenarnos a todos como a un rebaño de bípedos descerebrados al precio que sea y sin rendir cuentas, entonces es que se equivocó de país: eso es imposible, así no somos los venezolanos. ¿Se entendió?

La codicia antidemocrática

Miguel Aponte @DoublePlusUT

El populismo se vende como una fórmula política “mágica” disponible de derecha a izquierda porque expresa un doble imaginario sustentado en mitos, a la vez contradictorios y complementarios. Primero, la idea premoderna -feudal, bastarda, antipolítica, fanática- que niega la autonomía individual y social y presume que la comunidad política no existe o siempre será incapaz y no merece respeto. Segundo, el populismo aprovecha el abandono de la política por el ciudadano, complejo que responde al mito liberal -torpe y falso- de que la política es cosa de profesionales y especialistas y que el ciudadano debe “retirarse” a su vida “privada”, mientras aquellos se ocupan de los asuntos públicos.

 

Caracas, 19 de abril de 2017


En vez de ilustrar a los ciudadanos sobre sus metas individuales y colectivas y ofrecerles los instrumentos políticos apropiados, ambos mitos sugieren que una fuerza ajena, dejada de su cuenta, trae la salvación de la sociedad: el “líder eterno” o “el mercado”. Aquí no hay verdadera contradicción, sino pugna por imponer un modelo de dominación u otro; por eso, dadas las circunstancias, se alían en el autoritarismo para aniquilar la libertad. ¿No lo cree? Vea usted el productivismo autoritario chino.


El populismo, por naturaleza, deriva en autoritarismo; ambos expresan el mayor peligro que enfrenta la sociedad hoy. Su alianza no es casual, de allí que importa ver cómo liberalismo y marxismo -o lo que queda de ellos- terminan como parte de la codicia antidemocrática. Los venezolanos vivimos el macabro proceso populista y luchamos por superarlo; pero no habrá aprendizaje completo hasta comprender aquello que lo origina: negar la comunidad política. La verdadera superación pasa por reivindicar la democracia, defenderla por sí misma, sin adjetivos, procurando la mayor participación posible del ciudadano en las decisiones y acciones que en verdad importan, incluyendo elecciones libres y honestas. Solamente así será posible en verdad construir una verdadera cultura de paz, solidaridad y libertad

El sujeto como representación y la constitución de la realidad

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Sesión 12de15: La institución imaginaria de la realidad. LA INSTITUCIÓN HISTÓRICO-SOCIAL: EL INDIVIDUO Y LA COSA, págs. 494 – 528. Línea de trabajo: Límites de la dimensión conjuntante – identificante; lo no identitario.

Miguel Aponte

  1. Privilegio de la cosa

Si se entiende la “cosa” que es el mundo, es decir, el “Ser”, como algo “Uno”, sinónimo de mismo, común, koinos, como ser determinado, que “es”, si -como ha hecho el pensamiento filosófico heredado- hacemos de la cosa el centro, valor, norma de ser, entonces, estaremos concediendo a la cosa un privilegio y dando lugar a una tautología que, a partir de ese momento, dominará toda la reflexión.

LaMiradadeUlises

LaMiradadeUlises

Si así fuera, el ser, no requiere -no requeriría- función lógica, ni significación ni reflexividad: todo estaría en la cosa por la cosa misma, (2010:520); a la vez, estaríamos declarando y, de hecho, fundando una “ciencia de los hechos que no implique una ontología”. Castoriadis llamará a todo este circuito y a la filosofía determinista y unitarista que lo contiene, una “fantasía incoherente”, (2010:522). Fantasía que, por lo demás, es ella misma -paradójicamente- esa metafísica incoherente de la que pretende estar excluida, porque un hecho bruto libre o exento de significado, es imposible.

  1. El prejuicio de la representación

A una “cosa” como esta, tenía necesariamente que seguir una perspectiva filosófica que viera la “representación” como una escoria de la realidad, lo que no es, pensamiento confuso, percepción debilitada, fárrago imitativo, defectuoso, intuición pura o pantalla de percepción, reflejo, copia, imagen de…, pantalla entre la conciencia[2] y la cosa, fuente de error, poquedad de ser, percepción débil, mala foto, señal acústica de no-ser, (2010:515), que separa para siempre el sujeto de la cosa y obliga a definir tal sujeto y tal cosa como entidades diferenciadas. Pero, preguntamos, ¿por qué iba a ser así? Respuesta: porque la misma metafísica que se presupone en todo este encuadre así lo requiere. Punto.

Entonces, evaluemos, la representación tenía que quedar para siempre como “algo” en el medio o, como “cuadro colgado en el interior del sujeto”, (2010:516). A partir de aquí no hay salida; y, a la vez que estamos fundando la filosofía determinista-unitarista, estamos declarando para siempre una sorprendente y frustrante separación entre sujeto y objeto, y, entre estos “algo” más: la representación, que no sabremos nunca qué es y para qué está o la ponemos allí. Tal perspectiva probará con el tiempo no servir para aquello que se propuso, entender el ser, ni tampoco para definir sujeto y cosa o mundo; y, por supuesto, tampoco aquello que será y el papel que juega esa misteriosa representación y el sujeto que la porta. Por si fuera poco, ¿como corolario?, la filosofía de la determinidad no podrá evitar ver la imaginación como “trascendencia inmanente”. Castoriadis afirmará contra todo esto: “somos lo que se inmanentiza”, (2010:516). Los dioses acá no tienen cabida.

  1. La inevitable trascendencia

Para la filosofía de la determinidad, sin embargo, una vez “inmanentizados”, ¿cómo evitar la perspectiva de la necesidad imperiosa de una Naturaleza Suprema, resida ésta en la divinidad o en la propia naturaleza? ¿Cómo evitar la conclusión de una creación que fue por una vez para siempre? ¿Cómo evitar pensar en un ser como ser determinado?

En fin, Castoriadis muestra y demuestra suficientemente cómo la representación jamás -salvo excepciones como en el tratado Del Alma de Aristóteles, según nuestro autor también ha señalado- se ha pensado, reflexionado, trabajado, “por sí misma”, sino siempre como exigiéndole qué sea capaz de servir, aportar a la verdad, (2010:515). Pero, la pregunta central, antes de intentar semejante empresa, sería ¿en qué medida la representación permite acceso real al ser? Si la respuesta fuese afirmativa, entonces, siendo la representación “su toma fotográfica”, la pregunta tendría sentido y con ella lo histórico-social: un sentido “determinado”; en caso contrario, la pregunta es ociosa e inútil y el problema se traslada a la capacidad humana para encarar lo que está implicado aquí: la imaginación radical y la alteridad que supone.

  1. El sujeto como representación y la constitución de la realidad

Castoriadis, replantea el asunto mirando la representación “por sí misma” como presentación perceptual y flujo incesante por el cual se da todo. No es que suministre imágenes, sino que además y sobre todo es creación de imágenes y de mundo: aquello en cuyo seno algunos segmentos se cargan de un índice de realidad (2010:516), estabilizándose en percepciones de cosas. La conclusión de Castoriadis que quisiéramos destacar es que, finalmente, la representación no pertenece al sujeto, sino que “es” el sujeto. Somos ese flujo representativo. Esta, como otras tantas conclusiones de Castoriadis, pulveriza todo el pensamiento heredado. No es idealismo, no es materialismo, no es ideología, no admite regresos religiosos, no es causalismo y menos aún determinismo, unitarismo, racionalismo; obliga a recuperar una perspectiva trágica frente a nosotros mismos y al caos-cosmos; una aprehensión que, no hay que olvidar, una vez fue ya creada por la Grecia Clásica; al mismo tiempo constituye una apertura total y condición de posibilidad de la autonomía como proyecto individual y social. No es poca cosa.

No hay representación como elemento interpuesto entre sujeto y cosa, sino que el sujeto mismo es representación, es el flujo representativo, afectivo e intencionado y deseante. Que este sujeto sea el ser humano y no otro miembro del mundo animal y cómo este estatus no conferiría de regreso algún tipo de conexión ontológica especial o privilegiada, es algo que Castoriadis resuelve respondiendo que precisamente este ser es loco, es la locura en acción que ha sido capaz de crear los mecanismos que harán viable su propia institución y la razón. Esta locura no tendría nada de patético, frustrante, romántico o poético. Se trata de una realidad. Punto. Aunque obviamente nada impida que se lo vea de esa manera e incluso que hayan sido los poetas los primeros en advertirlo.

La salida argumental hacia la locura, no es un recurso evasivo ni mucho menos; nuevamente Castoriadis apela acá al psicoanálisis y a Freud. El ser humano es loco, pues, la razón es (también) “un avatar de la locura unificadora”, (2010:468). Loco desde su primera infancia, sin que pueda haber garantías de que salga en forma completa de este estado para darse lugar en un supuesto estado imposible de “racionalidad total” o como quiera que desee definirse algún tipo de normalidad psíquica total. ¿Qué es un ser humano “normal”? No existe ciencia ni filosofía capaz de responder. La normalidad es también institución social y, por tanto, institución histórica, alteridad y creación; imaginación radical y, en fin, significaciones imaginarias sociales que materializan simbolizando la realidad y creando para los sujetos que fabrica, cada vez y en cada momento, aquello que entenderán por realidad y normalidad.

Tanto desde el estado monádico inicial, estado que para Castoriadis, parafraseando a Freud, constituía la omnipotencia real de la imaginación, pasando por su ruptura inducida por la necesidad y por las significaciones imaginarias sociales cada vez vigentes, hasta la reconstrucción del sentido que la misma sociedad aportará al pequeño bebé (pequeño loco esperanzado y deseante) en su empeño de hacer de él “sujeto social”, el ser humano jamás logrará aquel estado de omnipotencia perdida, sin que por esto tenga que renunciar a su producto más sorprendente: la capacidad que se abre de crear e imputar sentido al mundo, a sí mismo y a su sociedad, esto es, capacidad de hacer posible el proyecto de autonomía, aunque éste nunca esté garantizado. La omnipotencia perdida es, bien vista, un estado de locura; pues bien, todos los estados subsiguientes hasta su muerte, de alguna manera, mantendrán está condición; y la alteridad resultante, a la vez que permitirá su realización, jamás eliminará la enajenación o que, como también ha dicho Castoriadis, pueda asegurarse que alguien salve al mundo de su propio suicidio.

Caracas, 2 de agosto de 2016

Bibliografía y notas:

[1] Castoriadis, Cornelius (2010), La institución imaginaria de la sociedad, Tusquets, Argentina: salvo si se indica, todas las referencias son de este texto.

[2] En todas sus formas: psique, alma, mente

SICA5, Sociedad instituyente y clínica de la alteridad. Un acercamiento a la obra de Cornelius Castoriadis. Resistencia, alteridad y autonomía. Quinta fase, 2015-2016, 17 de agosto de 2016, 12h00m, México. LA INSTITUCIÓN IMAGINARIA DE LA SOCIEDAD: OPUS MAGNUM[1]. Responsable: Dr. Rafael Miranda Redondo. Sesión 12de15: LA INSTITUCIÓN HISTÓRICO-SOCIAL: EL INDIVIDUO Y LA COSA, págs. 494 – 528. Línea de trabajo: Límites de la dimensión de conjuntante identificante; lo no identitario.