Smith

Crítica a las teorías sustancialistas del valor-trabajo: Smith, Ricardo y Marx

Las teorías clásicas del valor quedaron resumidas para siempre en la teoría del valor-trabajo de Adam Smith: las cosas valen porque contienen ‘eso’ que vale, lo contienen y tienen que contenerlo; y ‘eso’ que vale es o tiene que ser su ‘sustancia’. Sustancia constitutiva y material. Forma parte de la cosa valorada.

La decisión de Adam Smith fue que esa sustancia era el ‘trabajo’ acumulado. Pero, preguntamos, ¿por qué el trabajo y no otra cosa? ¿por qué no decir que valen porque contienen una dosis de imaginación materializada, por ejemplo; advirtiendo que ese ‘valor’ es únicamente antropológico y no tiene carácter universal, sino histórico-social?

Es indispensable notar aquí el carácter platónico y estrictamente ‘racional’ de las categorías smithianas de trabajo y mercancía; lo que se quiere es de-finir, de-limitar, de-terminar, para después calcular y manipular la realidad con tales conceptos. Smith está buscando conceptos que expresen la realidad ‘tal cual ella es’. No quiere menos. Es, por tanto, racionalista, determinista y positivista. Está haciendo ciencia positivista.

Carlos Marx y antes David Ricardo copian este concepto de valor trabajo. Ricardo lo radicaliza y convierte el trabajo en la sustancia soberana del valor, porque como vimos en el aporte “La teoría del valor en Smith y Ricardo: la paradoja del valor”, (http://economiapoliticaehucv.wordpress.com/?s=La+teor%C3%ADa+del+valor+en+Smith+y+Ricardo%3A+la+paradoja+del+valor), Smith reconocía otros factores. La postura ricardiana es, por lo tanto, aún más positivista que la de su predecesor. Marx luego ‘afina’ todo y prepara los conceptos para a partir de ellos justificar sus teorías de la plusvalía y la explotación. Nos interesa Marx por su ambivalencia paradójica.

Al tomar la noción de valor-trabajo de Smith y Ricardo, Marx está igualmente asumiendo una postura positivista. Que use la categoría del valor trabajo para ir contra el sistema capitalista no es suficiente para dejar de ser positivista; muy al contrario es precisamente por eso que es positivista. Paradójico, a la vez, puesto que por otro lado Marx postula el fetichismo de la mercancía, dejando claro que entiende la enajenación histórico-social de esta categoría. Es un salto cuántico de muchas maneras. La paradoja está en que, si se piensa bien, ambas categorías son excluyentes y no pueden convivir para articularse en un cuerpo teoría integrada tal como hace Marx. Veamos.

Volvamos al valor de cambio y a la teoría del valor trabajo: ¿por qué tiene que ser así? ¿por que ‘eso’ que es el valor no puede estar afuera de la mercancía o, simplemente, no formar una sustancia? Ni Smith, ni Ricardo, ni Marx concibieron esta posibilidad. Marx, repetimos, llega más lejos con su teoría del fetichismo de la mercancía, pero continúa adherido a la teoría smithiana ¿Por qué?

Si el valor (de cambio) es fetichismo y mistificación de la mercancía, como dijo Marx, la conclusión directa debió ser que el valor es asignación alienada imputada desde afuera del producto, símbolo o representación de relaciones sociales de un sistema que se imponen desde afuera y que en verdad son ‘extraños’ a la cosa, por eso lo enajenan. Y es eso precisamente lo que advierte Marx en su teoría del fetichismo de la mercancía; pero entonces se sigue necesariamente la pregunta: ¿por qué Marx insiste con la teoría del valor como sustancia?

El fetichismo de la mercancía no solo desvela la alienación que se produce en la relación social, sino que en verdad hace estallar la noción de valor trabajo. Pues muestra que el valor no es inmanente a las mercancías sino que es, en realidad, el resultado de una determinada relación social que lo hace ‘aparecer’ y nada más. Es emergencia subjetiva de la sociedad, trama simbólica, existe en el terreno del imaginario social e individual y en realidad es ‘inmaterial’ y no ‘material’, lo que no significa que no tenga efectos muy reales sobre la sociedad. Lo que no significa que no constituya el problema central de la alienación social que debemos cambiar.

Pero, nuevamente, ¿por qué ese empeño en que la definición exprese la sustancia de la cosa? ¿acaso la explotación burguesa deja de existir sin esta noción de valor-trabajo? ¿por qué? De hecho no es así. Entonces, preguntamos: ¿no es evidente el dominio del puño platónico en estos tres autores?

La teoría del valor-trabajo va a encontrar aporías insalvables en el recorrido de su racionalidad positiva. Al no captar la diferencia entre causalidad final y comitente va a ignorar los acompañantes indispensables que requiere la categoría valor de cambio para materializarse como precio de las mercancías. El trabajo puede ser considerada sustancia del valor, sí, pero lo que pasa es que no basta si no se acompaña de sus comitentes, ¿entonces?

La indispensable transformación de los valores en precios, paso necesario para ir de lo abstracto a lo concreto, se hará imposible y con ella queda sin basamento tanto la teoría de la plusvalía como la teoría de la explotación de Marx. A partir de este momento la teoría económica de Marx se hace completamente inútil. No explica nada de lo que se propone explicar.

Pasemos a otro punto. Hay otra complejidad relativa a una mercancía particular, se trata de la mercancía “fuerza de trabajo”. Para Smith, Ricardo y para Marx, bajo el régimen capitalista el trabajo asume la forma “mercancía”. Como tal mercancía debe reflejar la dualidad entre valor de uso y valor de cambio que, como sabemos, para todas las mercancías pueden ser definidos. La fuerza de trabajo debería pues contener ambas formas del valor. Es decir, que como valor de uso y valor de cambio, la fuerza de trabajo estaría sometida a las mismas condiciones y especificidades de cualquier mercancía. Ahora bien, resulta que la fuerza de trabajo no se comporta como el resto de las mercancías. Veamos.

Cuando un consumidor compra una mercancía recibe con ella la satisfacción que promete su valor de uso, el consumidor entonces consume y se cumple el ciclo. Igualmente, cuando un capitalista compra un producto intermedio –materia prima– con el fin de someterlo al proceso productivo, sabe qué compra: una tonelada de abono, mil litros de combustible, 500 horas de tal máquina o la máquina, etc. En todos estos casos, con las variaciones que se quiera, el capitalista sabe qué compra y qué esperar de su uso. Con el trabajo, sin embargo, no ocurre del mismo modo.

El capitalista paga el valor de cambio equivalente al salario de subsistencia, digamos, pero, ¿qué recibe? Smith, Ricardo y Marx habían supuesto que ”la cantidad total de trabajo disponible por la sociedad es (una) constante”. Esta constancia les permitió articular la teoría del valor –en forma artificial, obviamente, como toda teoría–, pero ¿cómo sostener que quien compra una hora de trabajo compra siempre lo mismo, en el mismo grado en que lo promete cualquier otra mercancía? Decir esto equivaldría a afirmar que el trabajo está cosificado y simplemente se consume; el obrero sería un objeto pasivo del capital. Nada más.

Andie Clay, Rhythmscape 3 Vía IdWork.org

Andie Clay, Rhythmscape 3 Vía IdWork.org

Si así fuera, si de verdad la clase obrera quedara reducida a mercancía en el proceso de trabajo ¿cómo va a ser posible la lucha de clases en el interior de la fábrica capitalista? ¿cómo trasmitir la consciencia revolucionaria al trabajador, si él mismo no la alcanza y la desarrolla como consecuencia de su posición en la fábrica y como posibilidad autónoma de creación? Si en la fábrica el trabajador es mera mercancía cosificada, la única posibilidad sería trasmitir esta consciencia desde afuera del circuito productivo, desde fuera de la esfera de la producción.

Este reduccionismo de la teoría va a constituirse en la puerta de entrada de asuntos muy problemáticos, entre otros, las teorías acerca de las vanguardias intelectuales vistas como ´rectoras´ de las luchas obreras; y, finalmente, es el justificativo de que será el partido y sus jefes quienes deben ejercer la dirección de los trabajadores primero y de la sociedad después. Es Lenin quien en el siglo XX va a constituir la teoría del partido revolucionario que será por fin el instrumento de castración del movimiento obrero en su totalidad. En manos de Stalin luego será el instrumento que hará realidad el totalitarismo.

Pero, recapacitemos, en una hora de trabajo desplegada por un trabajador pueden ocurrir infinitas cosas que van desde la máxima producción hasta la producción cero. Pueden ocurrir sabotajes o huelgas. Ocurren instrucciones torpes de la gerencia que sabotean la producción y aunque no sean responsabilidad del trabajador afectan el resultado. El gobierno interviene. En fin, toda la sociedad entra en una hora de trabajo comprada y no es posible saber a priori con certeza qué resultara. Por aquí va a entrar también la posibilidad de que el trabajador ejerciendo su libertad sea capaz de configurar un trabajo que lo prodigue y no que lo aliene, porque si no, ¿cómo sería esto? ¿cómo hablar de una autonomía posible?

La implicación no es, pues, meramente económico-funcional, sino que entra completa en el ámbito de la economía política, porque supone de entrada que dentro de la fábrica el obrero no está en capacidad de ´crear su propia historia´, sino que es repetición permanente de lo mismo ¿Cómo va a ser posible la transformación de las relaciones de producción y en definitiva la revolución si el trabajador no es capaz de alterar su propia ejecución de la labor? Sería peor que un esclavo. Sería una cosa.

Sin embargo, es en el contexto concreto del trabajo -8 horas al día, 60 minutos por hora, 60 segundos por minuto- donde tiene que estar muy concretamente la posibilidad de cambiar la sociedad, la posibilidad de que los trabajadores creen su propia realidad, que creen su propia historia. Si se dice que la fuerza de trabajo es mercancía y más nada, se anula la capacidad creativa que no entra en la ecuación científica de la teoría y esto no es praxis sino dogma, otra vez. Es alienación justificada.

Así, se anula al sujeto y se anula la historia en nombre de la “Ley social”. Si la ley se va a cumplir porque sí, ¿dónde queda la acción humana? Esto, además, es lo que abre la puerta franca a la noción de “ortodoxia”, con la que se va a armar el “partido de los trabajadores” para entregar todo el poder de la acción a los jefes, especialistas y, finalmente, a la burocracia del partido.

Esta burocracia no es simplemente una casta parasitaria, sino que se erige en verdadera clase social dominante del resto de la sociedad, porque, ¿quién va a interpretar la ortodoxia? La Academia de Ciencias de la URSS va a terminar siendo la única autorizada para hablar de Marx y del marxismo, todo lo demás es revisionismo burgués; y el jefe de esta Academia terminará siendo el líder absoluto: Lenin primero y, luego, en una línea que sólo puede descender, Stalin. El proyecto revolucionario así está muerto al nacer la teoría.

Sin embargo y por el contrario, el valor de cambio de la fuerza de trabajo no va a depender solamente de su precio de mercado, sino que además también va a depender de la capacidad de la lucha obrera, de la acción libre y trágica de los trabajadores; entonces, su valor de cambio no es determinable y no puede serlo: hay un ingrediente de subjetividad individual y social innegable y que termina siendo el más importante; si no se reconoce esto no habrá salida a la transformación de la sociedad heterónoma hacia una sociedad autónoma, sino que la alienación será para siempre.

Todo esto se pierde de la vista de Marx. Además, ¿cómo es que se va a cambiar la sociedad sin imaginarse la nueva sociedad? ¿cómo ser autónomos sin imaginación? ¿la libertad va a estar escrita en la Ley Social? ¿no habíamos dicho que la autonomía era praxis, ¿entonces? ¿cómo es que la praxis está escrita y dicha por ninguna Ley? ¿cómo es que el reino de la libertad va a poder surgir del reino de la necesidad?

La conclusión directa de esto es que la ´fuerza de trabajo´ no es ´mercancía´. No puede serlo. El sistema intenta tratarla como tal, pero nunca lo logra. Punto. Esta contradicción en Marx es crucial –no así en Smith y Ricardo– porque desarticula toda su teoría de la lucha de clases; y, siendo ésta el “motor de la historia”, ¿cómo queda la teoría de la historia en Marx? El valor de cambio va a depender también de la resistencia y las luchas de los trabajadores y este es el punto. Ninguna otra mercancía lucha por su valor de cambio y esto lo que significa es que el trabajo no es mercancía.

La crítica anterior no es nueva, se sostuvo en la década de 1960´s y posteriormente: Henri Lefevre, Herbert Marcuse, George Lapassade y Rene Lourau. Giles Deleuze, Felix Guatari, Edgar Morin, Kostas Axelos y Cornelius Castoriadis, que aún para esas fechas actuaba bajo pseudónimo, entre otros; y fue en paralelo con la llamada Internacional Situacionista, Guy Debord, que inspiró a lo que se conoció como “critica de la vida cotidiana”, coadyuvó a los sucesos del 68 francés y a la llamada crítica institucionalista.

Pero, más importante aún, se discutió desde el principio en el propio seno del movimiento obrero y dentro de la dirección de la URSS y del partido comunista soviético. Ahí están las actuaciones de Alejandra Kolontai, Comisario de Asuntos Sociales, que desde el inicio de la Revolución Bolchevique y ya desde 1922 –apenas cinco años después de la revolución– expone todos los peligros que la separación de los trabajadores del gobierno soviético traería para el futuro. Kolontai discutía su tesis contra el liderazgo representado nada menos que por Lenin y Trotski. Tenemos este material y lo copiaremos para que forme parte de la bibliografía del tema: “La oposición obrera”, Alejandra Kolontai, Castellote Editor, 1976, Madrid.

En realidad, para ir finalizando, visto el análisis del fetichismo de la mercancía de Marx con ojos despiertos de hoy, encontramos aquí el típico caso en que se nota la diferencia entre la racionalidad propia de las instituciones versus la racionalidad positiva que alcanzan en un momento dado quienes viven de ellas, a favor de ellas o contra ellas. En economía hay innumerables ejemplos en que las ortodoxias –de derecha y de izquierda– por su empeño en no querer ejercer la crítica y la auto-crítica limitan su propia ´racionalidad positiva´ y terminan no comprendiendo el mismo fenómeno que defienden.

Por ejemplo, en la primera parte del siglo XX los mismos capitalistas no entendían que, en realidad, les convenía que los obreros obtuvieran beneficios del sistema de explotación y se oponían a ello con todas sus fuerzas, actuaban con base en su ´racionalidad positiva´ que resultaba muy inferior a la racionalidad potencial de la institución; luego, gracias precisamente a las luchas obreras y sindicales, primero lo aceptaron y luego lo han ido entendiendo, siempre parcialmente, pero no es el caso.

Otro ejemplo lo constituye el mismo Marx: al postular el fetichismo de la mercancía Marx advierte solo parcialmente sus efectos y deja afuera las contradicciones que iba a contener respecto a otras categorías de su propio modelo. Esto no es una deficiencia de Marx, sino un problema de toda institución porque el potencial de las significaciones de una institución supera toda significación canónica y la supera en forma infinita y para siempre.

Finalmente, una exposición de otros aspectos problemáticos de la teoría del valor trabajo no marxista se encuentra en el aporte “La teoría del valor en Smith y Ricardo: la paradoja del valor”, mismo que referimos arriba. Un análisis de los aspectos técnico-económicos de las categorías marxistas será hecho en un aporte aparte: la plusvalía, la tasa de explotación, la composición orgánica del capital, el factor tecnológico y el progreso; entre otros.

Recordemos que el marxismo constituye una filosofía, una teoría de la historia y una teoría económica y que toca a ésta última sustentar todo. Entonces, la inviabilidad de la teoría del valor-trabajo es especialmente problemática para el marxismo, porque ¿cómo queda todo el sistema sin una teoría económica, siendo que entre sus meta-supuestos se encuentra la idea de la determinación de la superestructura a partir de la infraestructura?

Adam Smith y la riqueza de las naciones

“Una investigación sobre las causas de la riqueza de las naciones”, 1776, es la obra más reconocida y por la que recibirá más méritos sociales su autor, Adam Smith. Se plantea problemas que están directamente sugeridos en el título. A Smith le va a importar reflexionar sobre lo que es la riqueza, cuál es su naturaleza, cómo se crea o produce, cómo puede ser que esta aumente desde la perspectiva de la categoría de nación –una figura históricamente consolidada para su momento– o país. De esta preocupación va a surgir la problemática de las ´teorías del valor´, asunto central de la economía política, que Smith va a encuadrar desde la perspectiva de las ideas de ´prosperidad´ o ´progreso´.

¿De qué asuntos concretos se va a ocupar Smith en su obra? Son los siguientes: la división del trabajo, el mercado, dinero y moneda, el problema de los precios, el trabajo, los salarios, los beneficios, la renta, la acumulación del capital; por otro lado, va a dedicarse también a examinar los diferentes sistemas de organización del asunto económico: el mercantilismo y las teorías fisiocráticas, aún vigentes para ese momento y que él va a superar. Se ocupa de la participación del Estado en la economía y de ver las políticas públicas que protegerían a la sociedad en su conjunto de los intereses parciales de la misma sociedad, refiriéndose particularmente a los capitalistas.

Ahora bien, no olvidemos, desarrolla todo su modelaje desde la perspectiva o idea de un ´orden natural´: de acá va a derivar todo y más: el orden natural va a estar en la base del conjunto de meta-supuestos que le van a servir para levantar su teoría. Al ´orden natural´ va a responder un ´individuo natural´, este va a tener ´derechos naturales´ que estarán sustentados en una ´libertad natural´.  Esta libertad se va a asentar en la ´tendencia´ del individuo a buscar su beneficio, su propio bienestar.

Curiosamente, cuando el individuo se dedica a esto –a su propio beneficio– va a terminar beneficiando a toda la sociedad. Bueno, finalmente y como corolario, este individuo tiene necesariamente que “ser” definible de alguna manera, tiene que “ser” y ser además invariable en todas partes y en todo momento histórico: estamos, como se ve, bajo dominio platónico. Smith es un hijo de la Ilustración y el positivismo. Por otra parte, Smith creía en el progreso humano como un asunto inherente a su condición racional. El hombre y la sociedad debían pasar por unas etapas bien definidas y es por eso que ambos son modelables bajo una teoría del desarrollo. Él construirá su propio etapismo.

Todavía Smith no es meramente un economista-funcionalista. Su obra está sellada por una visión compleja de la sociedad y contiene aspectos de política, derecho, moral, psicología, historia, que además plantea en forma interdependiente. Es por esto que a la economía se le llamaba entonces ´Economía Política´. No se reducía a lo económico, aunque desde el principio mantuvo la pretensión de someter todo a lo económico, según la moda positivista de la época.  Esta obra junto con la “Teoría de los sentimientos morales”, 1759, formaría parte de un proyecto más general que se terminaría con otro tratado sobre jurisprudencia que no concluyó.

La riqueza de las naciones, como más popularmente se le refiere a esta obra, está formada por cinco libros que, descritos en forma breve, dedicó a: primero, causas que originan la riqueza; segundo, la naturaleza del capital; tercero, desarrollo económico en distintas naciones, él trabajó particularmente con Inglaterra y los Países Bajos; cuarto, sistemas económicos y comercio internacional; y, quinto, el gobierno.

Smith parte de la idea de que es el trabajo el que proporciona lo que necesita el hombre y la sociedad. Es la fuerza de construcción primigenia de la sociedad. Este énfasis en el trabajo es un cambio respecto a las consideraciones que antes habían realizado los fisiócratas y mercantilistas que le precedieron. Así, para Smith el fondo anual de trabajo proporciona lo que se consume anualmente en cualquier país y también lo que se compra a otros países. Ahora bien, el trabajo es factor ´originario´, pero no es el único factor de la producción; después de una fase social primitiva, Smith ve aparecer a la división del trabajo.

El trabajo dará lugar donde quiera que se permita su desarrollo a la división del trabajo y esta división incrementa la producción y prepara a la industria para el cambio tecnológico que él mismo suscita. Todos ganan, en teoría, incluso el obrero. Un detalle importante es que ésta división del trabajo no es el resultado de alguna “sabiduría humana” o  “plan” maestro, sino que deviene más bien de forma espontánea gracias a cierta inclinación natural y humana a traficar e intercambiar. Y lo que motiva todo es, se dijo antes, el interés personal.

Andrew Salgado 2

Andrew Salgado 2

Así las cosas, es fácil entender la articulación que sigue, veamos: el interés personal –cualidad natural– apuntala el trabajo, éste origina de forma espontánea la división y especialización de o sobre las tareas y procesos y esto promueve y desarrolla aún más el intercambio, primero de bienes y servicios; eventualmente, aparece el dinero –la moneda– que, como medio de cambio y pago, viene a facilitar los intercambios mercantiles. Su participación hace aparecer en forma patente los precios y con ellos el valor de cambio mercantilizado. Este desarrollo da lugar a una economía o circuito financiero que viene a ser sustento transaccional y contracara, por decir así, del circuito real de la economía.

Dado que el elemento o variable que hace posible todo este entramado económico es el trabajo: el que acumula trabajo lo traduce en bienes y/o en capacidad de compra de otros bienes, entonces, ese trabajo es el gran concentrador de energías productivas, el gran creador de valor. Entonces, por consecuencia, el trabajo es (tiene que ser) la medida efectiva del valor de todas las mercancías. Todo esto no puede sonar más lógico, porque, sin trabajo ¿qué tendríamos? Sin trabajo solo tendríamos la naturaleza en estado bruto, es decir, exactamente lo mismo que el jabalí, el buey, el león o el caracol. El trabajo es pues esencial, causa esencial, diría Aristóteles o Platón.

Ahora bien, ese trabajo que es medida esencial y definitiva de la riqueza para Smith, para llevar a cabo esta función requiere de una condición particular que es exigencia o deriva de la necesidad-uso que le está asignando: requiere que el valor de ese trabajo sea constante, ¿de qué manera? Veamos:

“Las cantidades iguales de trabajo deben ser en cualquier tiempo y en cualquier lugar de un valor igual para el trabajador”, así “el trabajo no variante nunca de su propio valor es la única medida real  y definitiva que puede servir en cualquier tiempo y en cualquier lugar para valorar y comparar el valor de todas las mercancías. Es su precio real; el dinero no es más que su precio nominal.”

Nótese que esta teoría no tiene para nada en cuenta la demanda del bien para explicar su valor; se basa únicamente en los costos de producción. Entonces, digamos de paso, que es por aquí que van a intervenir los teóricos de la economía marginalista, que hará su aparición dentro de cien años, alrededor de los años 1870´s.

La división del trabajo, además, daría origen a los medios de cambio requeridos para la realización de intercambios sobre una base estable y entonces aparece la moneda, el dinero. Todo esto, notemos, da vueltas otra vez sobre la noción de valor porque ¿adónde nos va a llevar la idea de trabajo, división del trabajo y la existencia de medios de cambio? Respuesta: al valor de cambio, otra vez. A la teoría del valor, otra vez. Bueno, y todo está montado sobre el valor de uso, que se presume allí. La moneda no es el valor en sí. Es solo referente de medida y medio de cambio. Esto para Smith. Inmediatamente Smith va a sugerir la creación de papel moneda y sobre este entramado se montaría el sistema bancario.

Entonces, tenemos que al comienzo el trabajo medido por su cantidad es el único elemento del valor de cambio, pero con el desarrollo económico y sus complejidades la formación de los precios debe considerar tres elementos: el salario, el beneficio y la renta o arrendamiento. Estos no son más que las remuneraciones de los tres factores de producción: el trabajo, el capital y la tierra. Estos factores se despliegan entre tres sectores: la industria, la agricultura y el comercio.

Smith identifica las clases sociales detrás de estos factores: los trabajadores, los capitalistas y los latifundistas o rentistas. Y nota que sus motivaciones nunca podrían ser las mismas de modo que habría contradicciones. De paso, notó que tampoco esas motivaciones van a coincidir con el interés general.

El salario compensa al trabajo. El beneficio resulta del uso del capital acumulado en la producción. La renta aparece con la privatización de la tierra. Para Smith estos rentistas prediales “recogen donde no han sembrado”. El pago a esos factores de producción daría lugar a remuneraciones promedio para cada uno de ellos en cada país. Esas tasas medias fueron entendidas por este autor como ´naturales´. Así que el ´precio natural´ de un bien debe ser suficiente para pagar el trabajo, la renta y el beneficio que esconde el mismo, que se han necesitado para su producción. Los precios reales van a tender todos a sus precios naturales por obra de la competencia.

¿Cómo operaría esto? Si un capitalista quisiera cobrar un precio superior o pagar un salario inferior, perdería clientes o trabajadores, o ambos. Esto es la competencia cuando no se oligopoliza o monopoliza o interviene. Cuando lo predominante no es la competencia, los precios serán los más altos que se puede conseguir. Para Smith los salarios se van a formar en el conflicto entre trabajadores y capitalistas y los empresarios van a tener ventajas en esta transacción. Va a existir lo que se conoce como “salario de subsistencia”, el que permite mantener a raya la capacidad de existir y mantenerse productivo, junto con su familia.

Como los beneficios registran porcentajes que pueden diferir de una rama a otra de la producción con mucha volatilidad, Smith propuso que se midiera a partir de la tasa de interés; así la “tasa de beneficio” debería tender a aquella. Los capitales se moverán de acuerdo con la tasa de beneficio y, a largo plazo, deberían tender a igualarse, de no haber otros cambios en la estructura del mercado y la demanda. El Estado va a intervenir y restringir la competencia, siempre para Smith protegiendo a los empresarios en perjuicio de los consumidores.

Smith daría lugar a los conceptos de “ingreso bruto” e “ingreso neto”. El primero incluye la suma de la producción del país y el segundo deduce los gastos de mantenimiento del capital fijo y de lo que corresponde del capital circulante a la moneda. Notemos cómo se igualan en la contabilidad social del país el valor de la producción con la remuneración de los factores que intervienen en esa producción. De esta manera se iguala producto e ingresos. Otra ecuación derivada de las teorías de Smith es que el ahorro se iguala a la inversión, pues constituye el fondo a partir del cual será provista la demanda de fondos para ese fin. Todo esto dará lugar a la moderna contabilidad social.

Para Smith había etapas del desarrollo económico para todo país, estas se calificarían por el modo de subsistencia dominante: pueblos cazadores, pueblos pastores, pueblos agrícolas o feudales y naciones comerciantes. Está muy clara aquí la creencia en la línea de progreso dominante en toda sociedad humana. Etapas aquí significa que necesariamente se pasa de una  a otra o se desaparece.

 

La teoría del valor en Smith y Ricardo: la paradoja del valor

Para los economistas clásicos, Adam Smith y David Ricardo, desde el mismo comienzo de la reflexión, el valor se erige en el problema que debe ser dilucidado. Esta intuición no es original en ellos, porque ya desde los griegos -Platón y Aristóteles- se planteó la pregunta: ¿qué vale y que no y por qué? La pregunta queda suspendida, por así decir, hasta que en el siglo XVIII es retomada.

Si la cosa vale, pues se presume que debe provenir de una actividad que encarna ese valor. Este valor, sin embargo, no tenía una manifestación unívoca, sino paradójicamente dual: hay un ´valor de cambio´ y un ´valor de uso´ y estos son separados o, de cierta manera, separables. Esta separación dio lugar a la llamada paradoja del valor: el agua –que no puede ser más útil– tiene (tenía) nulo valor de cambio; por el contrario, un diamante –que no podría ser más inútil– tiene un gran valor de cambio; entonces, ¿cómo explicar esto?

Otro aspecto de esta paradoja se expresa en el hecho de que si aumenta la oferta del bien –caeteris paribus– el comportamiento de su ´valor de cambio´ total respecto al resto de la riqueza social no aumenta sino que, paradójicamente, se mantiene o disminuye; y ninguna de estas posibilidades va a depender del pan ´en sí mismo´: se duplica la oferta de pan, por ejemplo, pero no se va a duplicar su valor de cambio total, sino que ahora tenemos más pan que ´vale´ lo mismo, si se demanda completamente; o, menos, si su demanda estaba satisfecha: obviamente, el precio unitario –por kilo, por unidad, como quieran– va a disminuir. Son paradojas que Adam Smith notó, pero no explicó. Después de Smith vendría David Ricardo y, para irnos a la sustancia, llegó Carlos Marx. Nos va a interesar saber qué hicieron con este problema.

Entonces, “la palabra valor expresa dos significados diferentes”: uno, utilidad particular y concreta que se expresa en una capacidad de uso: ´valor de uso´; y, dos, capacidad de comprar otros bienes: ´valor de cambio´. Estas capacidades estarían potencialmente en todo bien y luego, claro, el valor de cambio daría lugar a la forma dinero que consigo traería otras implicaciones y fenómenos que no consideraremos en este momento.

Quedémonos con la doble noción de valor. Nótese que los bienes en cuanto valores de uso serán inigualables, pues responderán siempre cada uno a su propiedad específica. Pero, en cuanto valores de cambio, hay que reconocer que si se intercambian, en ese acto de cambio, se “reconocen” como comparables y, si son comparables, son igualables. Así que el valor de cambio, por consecuencia, iguala. La pregunta a continuación fue, ¿cómo es posible que dos bienes de por sí heterogéneos puedan igualarse en el valor de cambio? ¿qué sustancia los iguala?

Alexandru Crisan Sealed (La cámara de Dánae)

Alexandru Crisan Sealed (La cámara de Dánae)

No es la utilidad porque en tal caso el valor de uso y el valor de cambio serían el mismo valor y no habría paradoja. Smith y Ricardo que no podían imaginar hasta dónde llegarían las implicaciones de la institución capitalista creían y así sostuvieron que “Si un bien no fuera, de ningún modo, útil –en otras palabras, si no puede contribuir de ninguna manera a nuestras satisfacciones–, no tendría ningún valor en cambio, por escaso que pudiera ser, sea cual fuere la cantidad de trabajo necesaria para obtenerlo.” Principios de Economía Política y Tributación, Vol. 1, pág. 9, ver referencia al final. Hoy diríamos que sobreestimaron la inteligencia humana, a la vez que subestimaron la “racionalidad” intrínseca del sistema. El problema en esta afirmación está en ¿qué es útil? Subestimaron la manera cómo el sistema es capaz de ´crear´ necesidades y, en el fondo, la capacidad humana para trascender la noción de necesidad y verla como producto histórico-social y, en última instancia, como ´creación pura´: en efecto, ¿cómo definir la ´necesidad humana´ de una vez, en todas partes y para siempre? Es un detalle importante, porque, para que sea posible tal definición, es necesario un ser humano ´dado´, terminado y ´a-histórico´. Para Smith y Ricardo, esto no tendría problemas dado que ambos tributan en el positivismo como cosmovisión de respaldo; pero, ¿qué haría Marx con esto? Veremos.

En todo caso, ya para Ricardo, dado el valor de uso, el valor de cambio de un bien se alimentaría en dos fuentes: la escasez y la cantidad de trabajo “requerida para obtenerlo”. Reconoció de esta manera que algunos bienes estarían gobernados sólo por la ´escasez´; por ejemplo, cuando ningún trabajo es capaz de aumentar la oferta: objetos de arte, libros y monedas raras, etc. Pero, para Smith y Ricardo, todos estos casos serían raros siendo lo dominante que los bienes deseados se produzcan a través del trabajo. Entonces, el razonamiento acerca del ´valor´ sustentado en la idea de ´sustancia´ puede continuar. Pero, atención, nótese la vacilación en este punto.

Su conclusión fue que el valor de cambio de los bienes que la sociedad desea y busca y sus precios relativos, es decir, lo que se entrega de uno por otro, va a depender de la cantidad de trabajo relativa o comparativa empleada en uno y otro. Eso sí, esto operaría en “las etapas iniciales de la sociedad”. Así, para Smith: “El trabajo fue, pues, el precio primitivo, la moneda originaria que sirvió para comprar y pagar todas las cosas”. Y, añade que, en ese “estado primitivo y rudo de la sociedad, que precede a la acumulación del capital y a la apropiación de la tierra, la única circunstancia que puede servir de norma para el cambio recíproco de diferentes objetos parece ser la proporción entre las distintas clases de trabajo que se necesitan para adquirirlos.”

Hay aquí otra dualidad que debe observarse desde el principio: una cosa es la cantidad de trabajo incorporada a la producción de un bien, esto es, lo que cuesta producirlo; y otra, la capacidad de compra o cambio que ese mismo bien una vez producido es capaz de pagar. Lo primero habla de la producción y la oferta, lo segundo de su comparabilidad en el mercado y, por tanto, habla de la demanda. Es claro que ambas no tienen por qué ser iguales.

Entonces, aún asumiendo que el trabajo fuese la base del valor, la única fuente de valor, hay un largo camino de análisis que recorrer y varias preguntas que responder: ¿cómo ocurre en las sociedades más complejas? ¿cómo explicar la paradoja del valor? ¿cuáles son las fuerzas o variables que determinan la oferta? ¿cuáles determinan la demanda? ¿cómo se articulan?

El trabajo es pues el “precio primitivo”. Estamos, recordemos, frente a la doctrina primordial de la economía política y ya Ricardo reconocía que “de ninguna otra fuente brotan tantos errores ni tanta divergencia de opiniones en esta ciencia como de las vagas ideas que van unidas a la palabra valor.” Vamos por algunas consideraciones problemáticas.

Para que cualquier incremento en la cantidad de trabajo requerida en la producción de un bien se traduzca en aumento de su valor de cambio, así como el inverso, para que una disminución de aquella cantidad conlleve una disminución del valor, es necesario suponer que la cantidad total de trabajo disponible por la sociedad es constante –esto introduce ipso-facto el problema del tiempo, pero no es el caso–, pues solo así aquel incremento de cantidad de trabajo supone necesariamente una sustracción equivalente a la producción de otro bien o del resto de los bienes disponibles. La consecuencia sería que la oferta global no se altera, entonces, ahora los bienes que contienen más trabajo, verán aumentado su valor de cambio. Son restricciones muy fuertes y, si se mira, bien, casi imposibles en la práctica, donde tales “fijezas” no ocurren. Modifiquemos cualquiera de estos caeteris paribus y las conclusiones no se sostienen.

Modifiquemos el supuesto más simple: digamos que con el cambio la oferta del bien que ahora absorbe más trabajo incrementa su producción en un porcentaje idéntico a la nueva distribución del tiempo de trabajo total de la sociedad; entonces ahora habrá más bienes de este tipo,  cuyo valor total, atención, sería el mismo que antes por lo que automáticamente su valor de cambio unitario seria menor. Representan más trabajo como conjunto, pero su precio unitario habría disminuido. Habría más riqueza social de este bien y estaríamos entrando en la paradoja del valor.

Pregunta, ¿cómo afectaría esta situación a los resultados finales de esa industria? ¿cuál sería la nueva situación del mercado? ¿la sociedad estaría mejor o peor? ¿cómo se comportarán los precios? No podríamos saberlo y no solamente porque estamos en supuestos tan restrictivos que jamás serían factibles, sino porque estamos dejando de lado aspectos cualitativos no cuantificables casi infinitos en sus posibilidades. Y todavía no entramos a considerar el hecho cierto de que nada tiene que ver la cantidad de trabajo empleada en producir un bien con la cantidad que es capaz de comprar como capacidad adquisitiva. Es decir, la racionalidad del sistema supera con creces la ´racionalidad positiva´ de las exposiciones tanto de Smith como de Ricardo. Es importante advertir esto.

Ricardo observó estas inconsistencias y las dejó claras: “Si esto fuera cierto (…) la cantidad de trabajo empleado en un bien, y la cantidad de trabajo que este mismo bien adquiriría serían iguales,…: pero no son iguales”, pág. 11. Una lectura detallada de todas las implicaciones que dejan sin base la aspiración que a este respecto se hizo Smith, puede verse en la lectura de las páginas 11 y 12 de la obra de Ricardo que puede encontrarse fácilmente en http://books.google.es/books?id=EyFzJ-Zl24IC&printsec=frontcover&hl=es#v=onepage&q&f=false.