Economía de la Compasión: segunda parte

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14.09.2014 05:30 AM Cada hora que un venezolano pierde en una cola tiene para usted y para mí, ciudadanos de a pie, un costo. ¿Cómo medir este costo?

Miguel Aponte

Desde Caracas.- Imposible analizar la crisis económica venezolana, la escasez y su principal consecuencia práctica, las colas, pretendiendo que se trata de “puro análisis técnico-económico”. Hay que entender que el gobierno quiere colas, quiere escasez, porque busca sembrar “para siempre” sobre estas ruinas su modelo de dominación. Ahora bien, este propósito no luce igual sin soporte económico. Sin los recursos petroleros el gobierno está perdido porque la “Economía de la Compasión” pierde su sustento. En estas circunstancias, ¿qué recursos le quedan? Pues la violencia mediática y policial: convencer al país de que no hay opción –argumento ridículo y falso– y anular cualquier intento de pensamiento crítico autónomo, democrático, político y libre.

Paradójicamente, las colas son a la vez una oportunidad y una amenaza. Si se siembra el discurso oficial del gobierno en la mente del venezolano y este es convencido de que “otro” es responsable de la situación, estamos posiblemente ante un momento de asentamiento del régimen autoritario; si, en cambio, vence la perspectiva y el mensaje democrático y el venezolano entiende dónde y quién es el responsable de todo el “dolor” que padece, se abre la perspectiva de la libertad y la democracia. Las colas son pues la punta de la lanza que produce el dolor y la posibilidad de que el venezolano identifique su pesadilla y despierte democráticamente. Por eso nos interesa el tema.

Cada hora que un venezolano pierde en una cola tiene para usted y para mí, ciudadanos de a pie, un costo. ¿Cómo medir este costo? Respuesta: por el valor de todas aquellas cosas que durante esa hora no se produjeron o no se hicieron: usted no produjo o no asistió a su trabajó, no cuidó a su familiar enfermo o a sus hijos, no descansó. Todo, precisamente por estar “cuidando su puesto en la cola”.

Estos son costos objetivos, constatables. Pero luego hay otros costos, más oscuros y peligrosos, mucho más importantes: la cola repetida y admitida por la familia venezolana reduce al ciudadano a la condición de mendigo, lo anula, hace que las energías individuales y sociales se dirijan contra y entre los mismos ciudadanos, confundiéndolo y haciéndole creer que el causante de esta vergonzosa situación es el que “se colea”, “el portugués del abasto”, “el empresario”, el que “llegó antes” o hasta “el sol o la lluvia”; en fin, “usted mismo” es el culpable, como la misma burocracia ha dicho cuando comenta que las colas son “porque la gente tiene con qué comprar”. Paradójicamente, la cola así entendida beneficia al gobierno y esto explica el éxito que por un tiempo tuvo la campaña mediática de la “guerra económica”, reciclada hasta la ridiculez por aquel.

Pero, piénselo, ¿quién sería verdaderamente capaz de hacer guerra económica a un gobierno que hace lo que le da la gana, que controla todas las cadenas de precios y producción y 98% de las divisas, en un país que importa más de 90% de lo que consume? Hay pues que descartar la tesis de “guerra económica” por ridícula e imposible. ¿No cree usted? Continuará.

http://eltiempo.com.ve/opinion/columnistas/economia-de-la-compasion-segunda-parte/154000

Tragedia, caos, hybris…

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“… en un sentido, el caos y la hybris, la transgresión de los límites, están en el propio ser humano. Y la tragedia, por supuesto, se las ve constantemente con la hybris bajo diferentes rostros”.

Cornelius Castoriadis, La ciudad y las leyes. Lo que hace a Grecia, 2. Seminarios 1983 – 1984. La creación humana III, 2012, FCE, Argentina, p. 167

Max Ernst La femme 100 tetes El mono que sera policia, catolico o corredor de bolsa

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Economía de la Compasión: primera parte

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Por Miguel Aponte

El SSXXI es el gobierno de los millones: millones de ciudadanos gastan millones de horas en colas humillantes. Digo bien: millones. En promedio, cada una de las 7,5 millones de familias residentes en Venezuela realiza aproximadamente 10 horas de cola semanales; esto incluye traslados, intentos fallidos, esperas y cola; es decir, caza, pesca y recolección, como se diría para sociedades primitivas: la vida empleada sólo en sobrevivir. Así las cosas, cada familia realiza 520 horas, para un total de 3900 millones de horas de cola por año. ¿Qué le parece? Si lo cree imposible, seguramente usted es de los pocos ricos que quedan o es burócrata o boliburgués, pero le aseguro que alguien hace la cola por su familia y usted paga en forma de mayores precios.

Para quien parezca mucho, aclaramos que esas 10 horas no incluyen las asociadas a trámites de carácter administrativo o burocrático, que deberían considerar las esperas y los “mecanismos de obtención de números o cupos”. Tampoco las asociadas a las medicinas y citas médicas o exámenes de laboratorio o diagnóstico, así como las esperas por una cirugía, que deben contabilizarse no en horas, sino en días, semanas y meses. Pero si, de todas formas cree que exagero, descuente lo que quiera: obtendrá igualmente millones de horas de cola.

Esbocemos, a la espera de un estudio concienzudo, lo que sería una “Teoría Económica de la Compasión”. El fenómeno ocurre cuando se aúna “ignorancia” con “audacia” y unos gobernantes deciden que dominarán un país para siempre en nombre de un proyecto imposible. La ignorancia a la cual nos referimos es la atinente a los mecanismos micro y macroeconómicos elementales que hoy en día nadie discute. Con audacia queremos decir el intento de imponer un proyecto anacrónico de dominación basado en el más fracasado de los modelos conocidos: el castro-cubano. ¿Hará falta recordar que el propio Fidel lo reconoció así? ¿Por qué “Economía de la Compasión”? Porque todo el paquete se vende como un programa justiciero, en realidad indigno de cualquier país adulto y civilizado, capitalista o socialista, moderno.

No es ficción: es la realidad venezolana. Se trata de la experiencia real de “mercados negros” jamás imaginada, aparecida una vez que todo el país ha quedado sometido al “control absoluto”  –comillas para esta frase absurda–  impuesto desde la cima de la burocracia gobernante a todos los actos económicos de los ciudadanos, en nombre de la “protección” de los mismos ciudadanos.

Ponga atención, porque el asunto implica consecuencias en todos los ámbitos de su vida, la de sus hijos y la de los hijos de sus hijos. Los efectos son económicos, políticos, sociales, psicológicos y culturales; y habrá más, porque con la llegada del capta-huellas, nunca antes, más allá de la literatura (Kafka, Orwell, Huxtley), ninguna tentativa real de control social habría aspirado a tanto. La audacia de la burocracia venezolana también da pues para océanos de creación literaria. Repasemos los antecedentes antes de reflexionar este absurdo con más calma. Continuará.

http://eltiempo.com.ve/opinion/columnistas/economia-de-la-compasion-primera-parte/153163

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